Samudaripen. El Holocausto ignorado - Montse Gallardo

Ciudadanos gitanos en Asperg, Alemania, esperando a ser deportados el 22 de mayo de 1940

Auschwitz
No olviden
Boca seca
Ojos oscuros
Labios helados.
Silencio.
Corazón roto
Sin aliento
Sin palabras
Sin lágrimas.
Santino Spinelli “Alexian” (1)

En nuestra conciencia colectiva, uno de los acontecimientos más abominables de la Historia, el que nos enfrenta al mal en todas sus formas, es el Holocausto nazi. Sobre el mismo se han escrito cientos de libros –tanto de ficción como de no ficción-, realizado múltiples películas, organizado congresos, seminarios, inaugurado monumentos conmemorativos. Y la inmensa mayoría de ellos tienen un nexo común: hablar del exterminio del Pueblo Judío, al que el Gobierno alemán nacionalsocialista fue despojando de sus derechos ciudadanos de manera inclemente e impasible, ante la mirada –entre atónita e indiferente- de los alemanes, hasta llegar a la Solución Final.




De tal manera, la Shoá (2) se ha convertido en el paradigma del genocidio nazi. Y siendo absolutamente real y terrible el sufrimiento de millones de judíos durante el nazismo, esa asociación -en cierta medida- ha contribuido a silenciar o invisibilizar el genocidio del Pueblo Gitano (3),la segunda etnia en número de víctimas del Holocausto, por el mero hecho ser considerados por el Gobierno alemán –al igual que los judíos, aunque por diferentes motivos- como subhumanos.

Este artículo no trata de indagar en los motivos por los que se ha silenciado el Samudaripen o por qué apenas es referenciado fuera de la comunidad académica (en la que tampoco hay demasiados estudios) o de la propia comunidad gitana (que es la que está realizando el esfuerzo mayor por mantener su memoria). Ni de reflexionar acerca de en qué medida los estereotipos y prejuicios que acompañan a las gitanas y gitanos –y que aún siguen existiendo-, que los vinculan al nomadismo, la enfermedad, el analfabetismo, la vagancia, o a costumbres más o menos exóticas, pueden haber mantenido el velo sobre lo que ocurrió en los años previos a la 2ª GM y durante la guerra en los diferentes campos de concentración en los que se confinó a los gitanos de Alemania, Polonia, Hungría, Rusia, Checoslovaquia, etc.

Con este artículo pretendemos dar a conocer algunas de las obras literarias que sí relatan acontecimientos vinculados al Samudaripen. Las experiencias de Johann Trollman, conocido como Rukeli (árbol en romaní) (4) y de Otto Rosenberg (5), gitanos sinti que fueron confinados en campos de concentración, y de Helene Hanneman (6) alemana casada con un músico gitano, y madre de cinco hijos (a los que el Gobierno alemán considera gitanos), que fue internada junto a sus hijos en el campamento gitano de Auschwitz-Birkenau


Desde la llegada a Europa de las primeras personas gitanas en el siglo XV hasta la actualidad, han sido perseguidos y excluidos en todos los países en los que se han asentado.
“Marcharse o ser perseguidos a muerte. Tal es la alternativa a la que constantemente se vieron sometidos los Gitanos en la mayor parte de Europa. Relegados a la posición de minoría proscrita, tuvieron que afrontar el destierro de un país tras otro. Fue tal la avalancha legislativa surgida de gobiernos y parlamentos que no nos es posible siquiera ofrecer un bosquejo general de todos los decretos dictados contra ellos” (Kenrick y Puxon, 1997, p.17)



Zigeunerfrage (la cuestión gitana). 1870 - 1933

Las políticas antigitanas no comenzaron en Alemania con la llegada del nazismo; de hecho, la Zigeunerffrage (la “cuestión gitana”) se engendra desde el siglo XIX con la connivencia de políticos, prensa y policía, que reproducen la hostilidad social hacia los gitanos nómadas, no diferenciándolos de otras familias gitanas asentadas en diferentes ciudades alemanas, con trabajos no muy distintos de los que podían ocupar otros ciudadanos alemanes (artesanos, comerciantes, músicos…), pero a quienes se veía con la misma desconfianza que a los gitanos y gitanas más pobres y –por tanto- más cercanos a la marginalidad (pobreza y marginalidad no exclusiva, por cierto, del Pueblo Gitano, sino condición compartida por multitud de campesinos, obreros, proletarios de la época… independientemente de su etnia)

Alemania se constituye como Imperio (Reich) en 1871, tras la unificación de diversos territorios que pertenecían a la Pequeña Alemania, Prusia, o el Imperio Austrohúngaro. Hasta ese momento, Alemania era un país de emigración y tras las diversas contiendas que desembocaron en su nueva configuración territorial, pasó a demandar mano de obra para reconstruir el país, que pasó rápidamente de una economía eminentemente agraria a una industrialización potente.

La unificación nacional trajo consigo dos movimientos diferentes, aunque relacionados. Por un lado, la anexión de diversos territorios convirtió a Alemania en un país plurinacional en el que diversas minorías nacionales convivían en su territorio; unido a ello, la afluencia de emigración planteó la necesidad de establecer límites entre qué personas eran deseables como alemanes y cuáles no. Por otro lado, las teorías eugenésicas y las raciales tenían gran vigencia en Europa y Estados Unidos en la época, llevando a clasificaciones diversas de las diferentes razas (7) A nivel mundial, negros y asiáticos quedaron en los niveles inferiores de las clasificaciones; en Europa ese discutible y no deseado privilegio se reservó para judíos y gitanos. Ambos procesos son esenciales en el concepto de nación del nuevo país.

En este contexto político y científico (hoy diríamos pseudocientífico), en 1886 Bismarck dirige una primera circular a todos los territorios alemanes (los Länder) con el fin de unificar todos los decretos ya existentes sobre la cuestión gitana. Recomienda “liberar el territorio federado de semejante plaga, a fondo y para siempre” (cit. en Fings, Heuss y Sparin, 1999, p. 22). Parece olvidar Bismarck que esos gitanos de los que pretende librarse eran, en su mayoría, residentes en Alemania desde varias generaciones atrás, ciudadanos por tanto del país.

Johann W. Trollmann. Rukeli
 En su novela El campeón prohibido, Darío Fo pone en palabras de Johann Trollman Rukeli el sentir de los y las gitanas de la época (habla en 1923):

Mi padre, que forma parte de los sabios de nuestra congregación, dice que, por lo que se refiere al futuro de nosotros los gitanos, la mejor señal de lo que puede suceder ya nos la han dado con la última negativa.

—¿Qué negativa?

—Los gitanos hace tiempo que intentamos obtener del Gobierno el reconocimiento de la nacionalidad. En otras palabras, queremos ser aceptados como ciudadanos alemanes.

—Es más que comprensible.

—Pues la respuesta ha sido no. Nosotros hemos insistido: «Disculpen, pero nuestra comunidad lleva aquí siglos ya. Nunca hemos provocado problemas ni desórdenes. Además, somos un grupo étnico que no aparece casi nunca como huésped en sus cárceles. Tan pronto como ganamos algo pagamos impuestos, creemos en Dios, tanto es así que entre nosotros hay cristianos, protestantes e incluso musulmanes. Y, por último, mantenemos buenas relaciones con todas las otras comunidades que viven en estas tierras». No ha habido nada que hacer, ni siquiera cuando hemos aportado una lista de todos nuestros parientes, padres e hijos, que murieron en la pasada guerra defendiendo el Reich que, se quiera o no, es nuestra nación.

En 1926 Baviera promulgó la Ley para la lucha contra los gitanos, vagos e itinerantes, que se convirtió en modelo legislativo para el resto de los Länder y el propio Gobierno central. Con esta ley (y las que la siguieron) “se pasaba en el razonamiento, de combatir un comportamiento [el nomadismo] a combatir a las personas, y las personas a las que se hacía referencia ya no se definían en términos jurídicos, sino en términos raciales” (Fings, Heuss y Sparin, 1999, p. 23)

De tal manera que todos los gitanos –fuesen o no itinerantes- se convierten en sospechosos para para las autoridades. Si bien, y tal y como lo narra Otto Rosenberg, para muchos gitanos, el vivir en carromatos no significaba que fuesen nómadas.

Otto Rosenberg (el más pequeño de la imagen) junto a su madre y sus hermanos en 1930
Muchos de los nuestros viajaban continuamente en sus carros, algo que a mi abuela no le gustaba. Es cierto que en Berlín nos mudamos de lugar en varias ocasiones —Weissensee, Rennbahnstrasse, Feldtmannstrasse, Müllerstrasse, Pankow-Heinersdorf y finalmente Alt-Glienecke—, pero en realidad nunca hacíamos viajes.

Vivíamos de manera sencilla y modesta en solares privados que solíamos alquilar. En la Feldtmannstrasse, una calle que estaba cerrada con una cancela, había por lo menos diez carros. Cuando el lugar en el que estábamos dejaba de gustarnos, los parientes o los amigos nos prestaban caballos, los enganchábamos a los carros y nos marchábamos. La noche antes de partir nos reuníamos todos por última vez junto al fuego a comer y beber alguna cerveza. Luego, con las primeras luces del alba, los niños escuchábamos el ruido de los caballos sobre los adoquines del lugar y nos levantábamos para echar una mano a amarrar las cuerdas y a montar los arreos. Cuando todo estaba listo, se enganchaba el carro.

(…)

Una vez llegados al nuevo destino, desenganchábamos los caballos y les dábamos paja bien mezclada con algún otro forraje machacado, cebada y una gavilla de heno. Luego comíamos y al final maniobrábamos con los carros y los sujetábamos al terreno. Al caer la noche regresaban en sus carros los que nos habían ayudado, y encendíamos un farol, una lámpara de petróleo.

Por tanto, ya antes de que llegasen los nazis al poder existían leyes antigitanas en Alemania, estaba normalizada la discriminación de Sinti y Roma (8) entre la población y su consideración como raza inferior estaba extendida por todo el territorio, si bien no había aún una política racial oficial y clara de catalogación y persecución de los “no arios”. La eliminación de las personas gitanas no se hizo sistemática hasta el traspaso del poder a los nacionalsocialistas en 1933.

Hitler llega al poder

En enero de 1933 Hitler es nombrado Canciller de Alemania. Entre sus prioridades –ya anunciadas en Mein Kampf- estaba crear una “comunidad del pueblo ario”, en la que no podían admitirse a pueblos considerados como “subhumanos”, entre los que se encontraban los Sinti y los Roma

A pesar del origen indoeuropeo del Pueblo Gitano, los nazis jamás los reconocieron como arios. Sí admitían ese origen común, pero consideraban que era tan lejano y que el Pueblo Gitano se había mezclado tanto con diferentes pueblos asiáticos y de Europa Oriental, que ya no había pureza en su sangre, lo que los convertía en “extraños” y, por tanto, carentes de derechos.

Como ejemplo de lo rápidas que fueron las medidas raciales del Gobierno de Hitler, podemos ver cómo -apenas tres meses después del cambio de Gobierno- ya Johann Trollmann Rukeli es víctima de su política racial. El 31 de marzo de 1933 se celebraba el combate por el Campeonato del Peso Medio de Alemania, entre Hans Seifried y Erich Seelig (alemán judío). A Seelig no le permitieron combatir, pues el mismo 30 de marzo se dictó una orden prohibiendo a los judíos participar en cualquier exhibición deportiva; fue sustituido por Trollman pero, al mismo tiempo, se establece que el combate no será válido para elegir al Campeón alemán del Peso Medio, lo que convierte el combate en una mera exhibición.

Meses después, Rukeli tiene una nueva oportunidad. El 9 de junio se enfrenta a Adolf Witt por el título campeón del Peso Semipesado de Alemania. Rukeli gana el combate, declarándose campeón (no sin muchas resistencias por parte de los miembros del jurado que formaban parte del Partido Nacionalsocialista, que no tuvieron más remedio que aceptar la derrota evidente de Witt). Ocho días después se le despoja de su título de manera oficial. Aunque no es su último combate, sí es el principio del fin de su carrera deportiva, pues en 1934 se le da de baja oficialmente de la Federación Alemana de Boxeo. Darío Fo incluye el Comunicado en su novela
“Comunicado de la Comisión de Control de la Federación Alemana de Boxeo. El Sturmbannführer de las SA, el abogado Dr. Hans-Joachim Heyl, dice: “El veredicto del encuentro entre Johann Trollmann y Adolf Witt del 9 de junio en Bockbierbrauerei por el título de campeón de Alemania de los pesos semipesados queda suspendido y el combate se declara no evaluable a causa del insuficiente rendimiento de ambos boxeadores. El título de campeón de Alemania de los pesos semipesados se le retira al boxeador Johann Trollmann de Hannover y como consecuencia, se declara vacante. La comisión deportiva anunciará el próximo encuentro"

En 1935 se proclama la Ley para la Protección de la Sangre Alemana, que establecía que no podían celebrarse matrimonios cuya posible descendencia pudiera suponer una merma para la sangre alemana. Esta ley señalaba directamente a judíos y gitanos. A consecuencia de ella, Johann Trollmann se divorcia de su mujer Olga para evitarle perjuicios tanto a ella como a su pequeña hija en común. Helene Hanneman sigue casada con su marido Johann –gitano roma-, violinista de la Orquesta Filarmónica de Berlín hasta 1936, cuando los músicos gitanos fueron despedidos. Mantener el matrimonio, desembocó en su internamiento –años después- en el Campo gitano de Auschwitz (Zigeunerlager)

En 1936 se inicia el censo de los Gitanos, liderado por el doctor Robert Ritter director del Centro para la Higiene y la Raza y su ayudante Eva Justin. La finalidad de sus estudios no sólo eran saber cuántos gitanos (itinerantes o asentados) había en Alemania, o quiénes eran gitanos (9) sino proponer medidas para combatir la plaga gitana (Zigeunerplage)

Entre las propuestas que se llevaron a cabo estaban la esterilización y el confinamiento en campamentos vigilados

Eva Justin realizando el censo de mujeres gitanas en uno de los campos de vigilancia


“Todos los gitanos educados y los parcialmente Gitanos en los que predomine la sangre gitana, tanto si están asimilados socialmente como si son asociales y criminales, deberían ser esterilizados como regla general. Los parcialmente Gitanos que estén integrados en la sociedad y tengan menos de la mitad de sangre gitana pueden ser considerados alemanes… Los Gitanos parciales asociales con menos de la mitad de la sangre gitana deberían ser esterilizados” (Eva Justin citada en Fings, Heuss y Sparin, 1999, p. 31)

Respecto a las esterilizaciones, Albert, uno de los primos de Johann Trollmann, narra así su experiencia en el Centro para la Higiene y la Raza:

—El otro día vinieron a buscarme. Me llevaron al hospital donde está la sede del Centro para la Higiene y la Raza. Me metieron en un despacho donde había dos médicos. Uno de ellos, al que ya conocía, me dijo sin más preámbulos: «Aquí tienes, lee, por favor, y luego firma, si estás de acuerdo».

—¿Y qué era?

—Verás. En una hoja estaba escrito: «Yo, el abajo firmante de este documento, acepto ser sometido a una intervención de esterilización». Inmediatamente les interpelé: «¡Pero eso significa que vais a castrarme!». «¡No, la castración es algo que se hace a los animales! Aquí se trata más bien de una sencilla operación en la que, mediante una pequeña incisión en el escroto, se practica una sección en los conductos deferentes a través de los que el esperma de los testículos alcanza las vesículas seminales. De esta manera, el sujeto queda impedido para la procreación». Y el otro médico agregó: «Le conviene firmar inmediatamente. Como puede ver, nos atenemos a la legalidad... Y gracias a esta operación se convertirá en un hombre libre. Ya no podrá preñar a una hembra, pero como compensación evitará el encarcelamiento en un campo de concentración del que es muy difícil salir indemne». Y el primero dijo: «Para su consuelo, he de decirle que son ya miles los rom y los sinti como usted que han aceptado esta intervención, y le aseguro que están muy satisfechos». Y, casi sin poder respirar, exclamé: «¿Pero es que tenéis realmente la intención de esterilizarnos a todos? ¿Un pueblo entero de castrados?». «Esta es la oferta. Usted solo tiene que decir sí o no, y si está de acuerdo en diez minutos tendrá la oportunidad de someterse a esa operación».

—¿Y tú qué hiciste?

—¿Qué podía hacer? Acepté.

La otra medida que facilitaba el censo de los gitanos y su control fueron los campamentos vigilados, en los que se internó a Gitanos nómadas, o sin una residencia estable. El primer campo gitano se estableció en 1934 en Bahrenfeld, en el que se confinó a un grupo de Gitanos escandinavos que no contaban con visado de tránsito para llegar a Dinamarca. Posteriormente se crearon otros campos gitanos en Colonia y Gelsenkirchen (1935), y en Marzhan (1936), en el que fueron ubicados tanto Otto Rosenberg como algunos parientes cercanos de Johann Trollmann (éste se libró de ir al campo gitano porque se fue de la ciudad a visitar a unos parientes). En 1937 y 1938 se organizaron algunos más de estos campos.

Otto Rosenberg (en ese momento con 9 años) recuerda así la visita de Ritter y Justin al campo de vigilancia de Marzhan, al que fue llevado con otros muchos gitanos poco antes de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936:

Querían saber todo: preguntaban de dónde veníamos, quiénes eran nuestros padres, quiénes nuestros abuelos y cosas por el estilo. Algunos estaban en condiciones de responder a las preguntas, pero otros, ya más mayores, no eran capaces de contestar así sin más, de golpe y porrazo. Aún recuerdo que a una vieja, que tendría más de ochenta años, pero que todavía era una mujerona alta y fuerte, le raparon el pelo por ese motivo. Algo terrible, pensándolo bien. Tal vez no había dicho la verdad o puede que no hubiera respondido a lo que Eva Justin y el doctor Ritter querían saber; el hecho es que se escapó y se escondió en el camino de Falkenberg. Entre los dos la encontraron, con ayuda de la policía desde luego, y fue entonces cuando la raparon. ¡Y todo eso a una mujer de ochenta años! Al final parecía un puerco espín, con esos pelos que le dejaron en la cabeza. Pero eso no fue todo, porque luego la obligaron a estar de pie mientras le echaban agua helada encima, y recuerdo que en ese tiempo hacía ya mucho frío. Creo que murió al cabo de tres días. ¡Este es el tipo de cosas que hacían! Yo no presencié los hechos, pero vi el cadáver de la mujer, vi su cabeza con pelos blancos como pinchos. La enterraron en el cementerio de Marzahn, en una especie de caja de hojalata, ni siquiera en un ataúd.

Estos campos gitanos, en los que había vigilancia policial, se obligaba a todos los hombres sanos a realizar trabajos para el Estado y no había libertad de movimientos, son el germen de las deportaciones de judíos a los campos de concentración, que comenzarían en 1940.
Eva Justin realizando mediciones en el Centro para la Higiene y la Raza
La Solución Final  (10)

El 17 de octubre de 1939 se promulga el Decreto de Asentamiento, por el que se prohibía a los Gitanos abandonar sus lugares de residencia (bien fueran campos gitanos, bien sus casas) y se los obligaba a asentarse en lugares determinados. Se hizo un recuento entre el 25 y el 27 de octubre y se reunió a todos los Gitanos (en torno a 30.000) en campamentos especiales como paso previo a su envío a Polonia.

Esta primera fase se centraba en la deportación, de manera que se dejaba a las autoridades de Polonia el control de la población gitana que llegase a su territorio. Los gitanos y gitanas deportados fueron obligados a firmar un documento en el que se les comunicaba que si volvían a Alemania, serían enviados a campos de concentración. Quedaban excluidos de la deportación aquellos que estuviesen en el ejército o tuviesen a su padre o a algún hijo en el frente; personas gitanas con cónyuge alemán, y quienes tuvieran nacionalidad extranjera.

En octubre de 1940 se decidió detener las deportaciones de gitanos a Polonia, porque se priorizó el transporte de judíos y porque se consideró que era más necesario en ese momento utilizar los trenes para el transporte bélico. Supuso un breve e ilusorio respiro, porque la máquina de matar nazi ya estaba en marcha, y no iba a parar en su objetivo de limpiar Alemania de indeseables.

Sorprendentemente, y a pesar de todas estas medidas en contra de los gitanos, en el ejército alemán (en sus tres cuerpos) había gitanos enrolados. Algunos de ellos iban a filas de manera voluntaria, esperando conseguir una especie de salvoconducto para ellos mismos y para sus familias; otros –que habían luchado ya en la 1ª Guerra Mundial en las filas alemanas, fueron nuevamente movilizados. Ese fue el caso de Johann Trollmann Rukeli

Johann está realmente fuera de sí:

—¡Estos nazis son unos auténticos locos criminales! Primero me excluyen de los Juegos Olímpicos porque un gitano no puede representar a Alemania, después me quitan el título de campeón porque un gitano no puede convertirse en un campeón alemán, luego van y me obligan a divorciarme para salvar a mi esposa y a mi hija, porque una mujer alemana no puede estar casada con un gitano, ¡pero para ir a la guerra a defender a Alemania un gitano vale perfectamente!

(…)

Johann tiene que regresar al frente después de unos días y ponerse a disposición del ejército, que cuenta con nada menos que treinta mil gitanos enrolados. Un dato sorprendente, que no es del agrado de las altas jerarquías nazis. De modo que el Führer decide que, para no ensuciar el nombre del glorioso ejército alemán, es necesario mandar de vuelta a casa a todos los rom y sinti, el Reich no tiene necesidad de ellos.

No obstante, y ante la obvia contradicción que suponía este hecho para el Partido Nacionalsocialista, a principios de 1941 las autoridades militares decidieron no enrolar a más Gitanos en sus filas, no se condecoraría a quienes ya formaban parte del ejército y se los licenciaría cuanto antes, además de no permitirles trabajar en las fábricas de armamento ni en otras instalaciones de alta seguridad.

De repente, las madres y las esposas ven cómo sus hombres vuelven a sus hogares. La alegría es inmediata, aunque no dura mucho, pues la angustia no tarda en prevalecer. La pregunta es inevitable: «¿Cuál será el destino de nuestros hombres?». Por desgracia, las previsiones más pesimistas se hacen realidad: muchos de ellos son convocados por la policía para interrogarlos y luego les envían a distintos campos de concentración.

En 1942 Himmler firma un decreto que ordena el envío de Gitanos de Alemania a Auschwitz. “Tres días después de promulgarse el Decreto de Confiscación, Himmler dio a conocer instrucciones para la ejecución de las órdenes relativas a Auschwitz. A ese campo de concentración serían enviados todos los Gitanos Roma y los Gitanos parciales que en marzo de 1943 pertenecieran a la tribu Sint. Los Sints puros y los Lalleri, eximidos del Decreto junto con los clasificados como Gitanos Sinti Parciales, podían unirse a las tribus nómadas [deportadas a Polonia]. En teoría, pero no en la práctica, se excluía también a otras categorías” (Kenrick y Puxon, 1997, p. 50), entre las que se encontraban personas gitanas con cónyuge alemán (el caso de Helene Hanneman, que a pesar de la exclusión, fue enviada a Auschwitz en mayo de 1943)

El símbolo que identificaba a los gitanos en los campos de concentración era un triángulo invertido de color marrón

En octubre de 1942 (antes de proclamarse el Decreto de Confiscación) Johann Trollmann es recluido en el campo de concentración de Neuengamme, en el norte de Alemania.

Los detenidos son conducidos a la zona de vestuarios, donde a cada prisionero se le apremia a quitarse la ropa y a dejar en un lugar determinado sus efectos personales, incluyendo objetos de valor tales como collares y anillos de boda. Luego se ven obligados a permanecer bastante tiempo al aire libre, desnudos, esperando el jabón, empujados por los guardias hacia las duchas, a menudo demasiado calientes o demasiado frías. A continuación, todos deben salir, sin secarse. Después se sitúan en fila para el corte de pelo. Treinta barberos para treinta detenidos. Naturalmente, también los peluqueros son presos. Para simplificar el trabajo, los prisioneros se colocan con las piernas separadas y la cabeza hacia abajo sobre caballetes de madera. Les afeitan las piernas y el bajo vientre. Donde estaba el pelo se les unta una crema contra los piojos.

Los recién llegados, todavía desnudos, son llevados al local adyacente, a las duchas. Allí está su nuevo vestuario: ropa interior, chaqueta y pantalones, zapatos y cubrecabezas. Sobre la marcha, uno les lanza al vuelo una camisa, el siguiente un par de calzoncillos, un tercero una chaqueta, el cuarto un par de pantalones, el quinto unos zapatos hechos de madera, el sexto un gorro. Todo está viejo, usado y marcado con pintura al óleo.

Los presos se prueban la ropa. Les queda demasiado grande o demasiado pequeña. Algunos se la intercambian. Alguien comenta:

—Son todas prendas ya usadas.

—¿Usadas por quién?

—Por quien ya no está.

Unos meses después, en abril de 1943 Otto Rosenberg llega a Auschwitz

El tren en el que nos llevaron al campo principal de Auschwitz estaba compuesto por varios convoyes. Nada más llegar hicieron una selección de los prisioneros: los judíos por una parte, los gitanos por otra, los polacos allá y así con los demás. Todo seguía un orden muy meticuloso. Nos ponían delante de un médico que, después de echarnos un vistazo, hacía una señal con una campanilla y nos indicaba con un ademán nuestro destino. Tú por aquí, tú por allá. La lista que tenía era enorme.

El proceso era automático; en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron todos los niños. Yo me encontré en un grupo de muchachos más o menos de mi edad.

Teníamos que arremangarnos la camisa y un polaco llamado Bogdan nos tatuaba en el brazo con una especie de pluma un número.

Me tocó el Z 6084

Rosenberg, con 16 años cuando llegó a Auschwitz, formó parte del destacamento que construyó el campo gitano dentro de Birkenau, pensado para retener a las familias gitanas y en el que las condiciones –a pesar de ser durísimas- no eran tan terribles como en la zona judía.

En mayo de 1943, también llega a Auschwitz Helene Hanneman, junto con su marido (gitano) y sus 5 hijos.

Mientras avanzábamos en fila a lo largo de la inmensa alambrada, mis temores tomaban formas fantasmagóricas. Únicamente interrumpidos por terraplenes de un metro, donde el césped crecía entre el barro y las barracas, se abría ante nosotros una sucesión interminable de barracones de madera, como barcos naufragados en una costa infinita. En medio de ellos, como náufragos desorientados, había personas vestidas con harapos que nos miraban con indiferencia.

(…)

Caminamos durante un buen rato hasta alcanzar una verja movible. Nos hicieron entrar por ella; los niños estaban agotados y hambrientos, pero no nos permitían romper la formación ni darles nada de comer. Nos tuvieron casi dos horas frente a un edificio pequeño de madera tosca sobre el que estaba puesto un cartel en alemán con la palabra «registro».

(…)

Allí, cuatro mujeres vestidas de presas, pero con mejor aspecto que las que habíamos visto al bordear el campo, nos entregaron un papel verde para que pusiésemos nuestros datos y una hoja blanca con la orden de la Oficina Central del Reich en la que se mandaba nuestro ingreso inmediato en el campamento. Estuve un rato rellenando los papeles de mis hijos.

(…)

Una larga fila esperaba detrás de mí. Avanzamos un poco y nos acercamos a una segunda mesa. Allí, unos hombres tatuaban a gran velocidad el número que nos habían asignado en el papel verde. Extendí el brazo y noté unos fuertes pinchazos, pero el preso me tatuó con mucha rapidez.

—Los niños también —dijo el prisionero de forma inexpresiva.

—¿Los niños? —pregunté horrorizada.

—Sí, son las órdenes —contestó el hombre mirándome a través de sus gafas redondas. Parecía más un autómata que una persona, no expresaba la más mínima emoción.

A diferencia de otros Campos gitanos, en Aushwitz – Birkenau se recluyó a familias enteras, niños incluidos. En este campo nacieron 370 bebes de familias gitanas. Ninguno sobrevivió, aunque algunos sí vivieron lo suficiente como para ser registrados y “marcados” con su número de preso.

Interior de uno de los barracones de Auschwitz-Birkenau
Helene Hanneman, por ser alemana no gitana, fue la encargada de crear y dirigir una guardería y una escuela infantil en dicho campo, llevando un poco de alegría a los niños y niñas allí retenidos, y manteniendo la esperanza de que al finalizar la guerra podrían volver a sus vidas de antes.

A partir de este momento, sus vidas (11) son una sucesión de horrores, miseria y vejaciones. Pero también con breves destellos de humanidad, de solidaridad, de ayuda mutua y de esperanza. La de todos aquellos que esperaban que el horror finalizara y que, ese día, les encontrara con vida.

No fue así para Johann Trollman Rukeli, fallecido en febrero de 1943, probablemente alcanzado por una bala, aunque también puede ser por un combate de boxeo desigual contra un guardián del campo.

Ni para Helene Hanneman, enviada a la cámara de gas, junto a sus cinco hijos, la noche del 2 al 3 de agosto de 1944, la Zigeunernacht (la noche de los gitanos), en la que –siguiendo órdenes de Himmler- se eliminó a todos los Gitanos que seguían internados en Auschwitz. A ella se le dio la oportunidad de salvarse, por el hecho de ser alemana, pero prefirió acompañar a sus hijos a la cámara de gas.

El hombre permaneció en silencio unos segundos y después dejó una hoja sobre la mesa.

—¿Qué es ese documento? —le pregunté confusa.

—Es un salvoconducto. Usted no es prisionera del Tercer Reich, con esa carta podrá regresar a casa —dijo el hombre muy serio, con el rostro apagado.

—¿Podemos regresar a casa? —le pregunté más extrañada que alegre.

—No, usted puede regresar a casa. Sus hijos tienen que quedarse —contestó escueto.

—Mi familia está aquí. No puedo irme sin ellos. Soy una madre, Herr Doktor. Ustedes hacen la guerra por ideales, defienden sus creencias fanáticas de libertad, nación o raza, pero las madres únicamente tenemos una patria, un ideal y una raza: nuestra familia. Acompañaré a mis hijos a dondequiera que les lleve el destino.

Otto Rosenberg, que se libró de ser enviado a la cámara de gas la “noche de los gitanos” porque había sido trasladado a Buchenwald y posteriormente a Bergen-Belsen, sobrevivió al exterminio y a la guerra, pudiendo volver a su hogar tras su liberación en abril de 1945.

¿Y después, qué?

Es difícil cuantificar cuántos gitanos (sinti, alleri y roma) fueron asesinados tanto por las SS como por el ejército alemán durante la Guerra. Al ser comunidades menos organizadas que la población judía, vivir dispersa en un amplio territorio (toda Europa, desde Rusia hasta Francia) y –en muchos países- no estar censados, se desconoce el número de víctimas del Samudaripen; además en algunos poblados oponían resistencia al ejército o a las SS y eran asesinados allí mismo, sin llegar a los campos de concentración.

Algunos estudiosos cifran el número de víctimas gitanas de los nazis entre 250.000 y 500.000, y hay consenso en que al menos el 50% de la población gitana de Europa fue masacrada durante los años del nazismo, tanto en Alemania como en sus territorios ocupados.

Tarjeta de identificación como "Víctima del fascismo" de Otto Rosenberg

El fin de la guerra, la liberación de los campos por parte de los aliados debió dar esperanzas a tantas y tantas personas que habían sufrido los horrores de los campos. Sin embargo, para los gitanos y gitanas supervivientes del Samudaripen -tal y como relata Otto Rosenberg- las compensaciones después de la guerra llegaron con dificultades, si es que llegaron, y sigue siendo una reivindicación del Pueblo Gitano.

En aquel entonces no se hablaba todavía de reparaciones o indemnizaciones. Para esto hubimos de esperar hasta los años cincuenta. Y además no fue tan fácil obtenerlas. Yo tuve que ir a un tribunal porque sostenían que no era un alemán auténtico y que no tenía ningún vínculo con la ciudad de Berlín.

—Gitano. Nómada. Sin ningún vínculo.

Me habrían correspondido veinte o treinta mil marcos. Al final me ofrecieron nueve de un fondo de asistencia social. Además, de esos nueve mil marcos me descontaron cinco mil en concepto de la asistencia recibida durante mi enfermedad. Por mis hermanos y hermanas muertos en Birkenau, por mi hermano Max, por mi hermano Waldemar muerto en el campo de concentración de Bialystok, por mi padre que estuvo en el mismo campo y de cuya muerte escuché varias versiones, y por mi madre, que murió como consecuencia de la enfermedad que contrajo durante el tiempo que estuvo prisionera en el campo, no recibí un solo penique.

—Demuestre que los que fallecieron eran de verdad familiares suyos —me exigían.

¡Y cómo, si ni siquiera tenía mis propios documentos de identidad! ¡Me habían quitado hasta la partida de nacimiento!

Además, en el caso de algunos de los hijos nacidos del segundo matrimonio de mi madre ignoraba incluso sus nombres oficiales.

El caso es que conseguí juntar algunos documentos y cuando se los llevé, dijeron:

—Sí, tal vez podamos hacer algo. Presente una solicitud de herencia y díganos dónde está sepultada. Tendremos que exhumar el cuerpo.

No recuerdo bien lo que pasó a continuación. Sólo sé que armé un cirio de mucho cuidado. Volqué el escritorio y varias personas tuvieron que sujetarme por los brazos.

—¡Asquerosos! —les grité—. No sois más que una partida de nazis. ¡Mi madre sufrió para sacarnos adelante, por vuestra culpa perdió a todos sus hijos!, ¿y ahora voy a exhumarla para que me deis vuestro cochino dinero manchado de sangre?

Al final renuncié a todo con tal de no tener que soportar de nuevo semejantes situaciones.

Y como yo, hubo muchos a los que les pasó algo parecido, casi siempre porque no sabían leer ni escribir y no conocían sus derechos.

Hasta 1982, el Gobierno alemán no reconoció el genocidio gitano y ordenó la restitución de sus víctimas. Demasiado tarde incluso para los supervivientes del Samudaripen, que 40 años después ya habían fallecido en su mayoría.

El 8 de abril de 1971 se celebró en Londres (Reino Unido) el I Congreso Mundial Romaní, en el que se instituyeron la bandera y el himno gitanos (12) En el 4º Congreso Internacional Gitano en Serok, Polonia se designó el 8 de abril como Día Internacional del Pueblo Gitano en recuerdo de aquel Congreso de Londres, con la finalidad de dar a conocer la historia, lengua y cultura del pueblo gitano, así como de rendir homenaje a las víctimas gitanas del genocidio nazi y de distintas persecuciones a lo largo de los siglos.

En 2015 el Parlamento Europeo estableció el 2 de agosto como Día Europeo en Memoria del Holocausto Romaní, en recuerdo de las víctimas gitanas del régimen nazi y, en especial, de la mayor de las matanzas, que tuvo lugar en Auschwitz, la noche del 2 al 3 de agosto de 1944, la “noche de los gitanos”

El 6 de abril de 2018 el  Consejo de Ministros español ha aprobado reconocer el día 8 de abril como el Día del Pueblo Gitano. Mediante este acuerdo se reconoce también el uso de la bandera gitana azul y verde con una rueda roja de 16 radios y el himno "Gelem Gelem" para que pueda ser utilizado en actos y eventos institucionales.

Bandera del Pueblo Gitano

Estos reconocimientos son un paso importante para reivindicar el sufrimiento del Pueblo Gitano y para llamar la atención sobre todo el camino que aún (nos) queda por recorrer para que los gitanos y gitanas sean sujetos de pleno derecho en nuestras sociedades -no sólo desde la ley, también desde los usos y comportamientos sociales-.



Bibliografía

Fings, Karola; Heuss, Herbert; Sparing, Franck (1999): De la “ciencia de las razas” a los campos de exterminio. Sinti y Romá bajo el Régimen Nazi. Editorial Presencia Gitana / Centre de Rechreches Tsiganes. Madrid, España

Kenrick, Donald; Puxo, Grattan (1997): Gitanos bajo la Cruz Gamada. Editorial Presencia Gitana / Centro de Investigaciones Gitanas. Madrid, España




(1) Poema elegido para formar parte del Monumento en Memoria del Samudaripen, inaugurado en Berlín en octubre de 2012
En algunos países se utiliza el término Prrajmos, que en romaní significa “Devorador o devoración”, para referirse al Holocausto gitano; dado que en algunas lenguas de los Balcanes esta palabra es sinónimo de la que se utiliza para “violación”, se prefiere utilizar el término Samudaripen, creado por el lingüista Marcel Courthiade a partir de las palabras romanís “sa” (todos) y “mudaripen” (asesinato, matanza)

(2) En hebreo “La Catástrofe”

(3) La política racial nazi diferenciaba a los gitanos según su “pureza”, lo que llevó a que las medidas de exterminio fueran diferentes y por etapas, según se perteneciera a un grupo o a otro. La división con la que se trabajaba es Sinti: gitanos alemanes llegados en el siglo XV, y que se consideraban nativos del país; Lalleri, considerados gitanos puros, pero extranjeros; y Roma, el resto de gitanos, por lo general nómadas

(4) Johann Wilhem Trollmann (1907-1943) fue un boxeador alemán sinti al que se desposeyó del título de Campeón del Peso Semipesado de Alemania por el Gobierno nazi; murió en el Campo de Neuengamme; su historia se cuenta en el libro de Darío Fo El campeón prohibido

(5) Otto Rosenberg (1927 – 2001) fue un alemán sinti que fue confinado siendo un adolescente en Birkenau –Auschwitz, formando parte del primer contingente de gitanos del campo, encargado de construir los barracones que conformaron el Campamento Gitano. Su historia se cuenta en el libro Un gitano en Auschwitz, en el que recoge su testimonio

(6) La historia de Helene Hanneman se recoge novelada en el libro de Mario Escobar Canción de cuna de Auschwitz

(7) Hoy en día el concepto de raza –referido a la especie humana- está cada vez más cuestionado desde las diferentes disciplinas científicas, que lo consideran arbitrario y acientífico, proponiendo el uso de etnia o población para referirse a diferentes grupos humanos

(8) La grafía correcta en romaní es rroma; en este artículo utilizamos la castellanización del término (roma) por ser la utilizada en las fuentes consultadas

(9) Según el equipo de Ritter, se consideraba gitana a cualquier persona que tuviese entre sus abuelos a uno o dos gitanos, o 2 gitanos parciales.

(10) Este apartado está desarrollado en su integridad (salvo los extractos de las novelas) basado en el capítulo Camino de Auschwitz, de Kenrick y Puxon, 1997, pp.39-56

(11) Todos los fragmentos de las novelas mencionadas han sido extraídos de las siguientes ediciones: 

- Otto Rosenberg. Un gitano en Auschwitz (transcripción y notas de Ulrich Etzenberg). Amaranto Editores. 2003 
- Mario Escobar. Canción de cuna de Auschwitz. Harper Collins. 2016 
- Dario Fo. El campeón prohibido. Siruela. 2017

(12) Gelem, gelem (Anduve, anduve), compuesto por Jarko Jovanovic, recuerda a los gitanos y gitanas víctimas del nazismo

2 comentarios:

  1. Un articulo excelente. Conocía muy de oídas el sufrimiento del pueblo gitano durante la época nazi, y desconocía la palabra samudaripen para referir a lo que yo me he referido siempre como holocausto judío. Espero no olvidarla nunca.

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  2. El artículo es muy bueno, apoyado certeramente con un excelente aparato crítico que, al lector, le puede servir para investigar esta parte tan horrenda de la Historia.

    Mi más sincera enhorabuena.

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