El padre de Frankenstein, de Christopher Bram - Sebastián Fontana Soler (Arden)




Desde su nacimiento el cine se ha nutrido de la literatura siendo numerosas las adaptaciones al cine de novelas y obras de teatro, tantas que en los premios de las academias cinematográficas siempre hay uno al mejor guión adaptado. También el cine, con su éxito de masas, ha influido enormemente en la literatura, en la forma de escribir y concebir las novelas, e incluso se ha convertido en parte de aquella a través de libros cuyo argumento gira en torno al cine, los cineastas o los actores. El cine, además, ha convertido algunos personajes literarios en mitos contemporáneos, llevándolos más allá de sus orígenes literarios, hasta el punto de generar una impronta indeleble en el imaginario popular. Este es el caso del monstruo de Frankenstein, cuya silueta es tan característica y reconocible como la de Charlot, el vagabundo que encarnaba Charles Chaplin, y que, en ocasiones, ha pasado a representar al cine mismo, dando lugar a numerosas obras, tanto literarias como cinematográficas, entre las que se encuentra la novela El padre de Frankenstein de Christopher Bram, adaptada al cine por Bill Condon con el nombre de Dioses y monstruos (Gods and monsters, 1988), la cual fabula sobre los últimos días de James Whale, el director de dos películas míticas: El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931) y La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935).

Literatura en fotogramas


Diseño de portada: Isabel Palacio


  
Cualquier cosa que se diga sobre la relación entre cine y literatura, resulta a estas alturas un tópico. Siempre han estado íntimamente unidos.

En la literatura se encontraba fuente de inspiración para guiones y en el cine, los lectores podían ver a sus personajes favoritos adquirir un imagen sólida, un físico que hasta ese momento solo vivía de forma neblinosa en la imaginación del lector. Los clásicos más populares pronto fueron llevados al cine, las historias de amor más pasionales, las aventuras más admiradas, los terrores más ocultos, tomaron vida en la pantalla..

Fue un recurso fácil durante los primeros pasos de la historia del cine, antes era frecuente que una novela, con un formato o con otro, se trasladara a los teatros. Pero el cine llegaba mucho más lejos, a más público. Los grandes protagonistas de la literatura tenían ya un rostro con el que poder soñar, aunque se pervirtiera un poco su concepción literaria; incluso a veces, la película ha llegado a perdurar por encima del libro que la inspiró, es el caso, por ejemplo, de The Sheik (El jeque), novela de Edith Maude Hull, que consagró a un mito cinematográfico Rodolfo Valentino. Hoy recordamos la película, no unas novelas que fueron inmensamente populares durante un breve espacio de tiempo, aunque su huella permanezca en un subgénero de novela romántica. Luego llegó la televisión y de las novelas salieron series que expandieron los universos literarios.

Conforme el nuevo arte fue haciéndose adulto, el trasvase de influencias adquirió una doble dirección, las técnicas cinematográficas tiñeron la literatura. En ocasiones es la película quien da lugar posteriormente a la novela. Tal es el caso por ejemplo de 2001, odisea en el espacio, que aunque inspirado en el universo de Arthur C. Clarke (en concreto en el cuento "El centinela" de 1951), fue posterior a la película de Kubrick, o El tercer hombre, que tuvo como origen el encargo de un guión cinematográfico a Graham Greene, y que este plasmó en formato de novela primero para dar solvencia a la historia, pero que se publicó con posterioridad.

Los mundos  cinematográficos y televisivos se han plasmado en novelas de todos los géneros, porque con frecuencia los formatos audiovisuales y literarios se mezclan y se confunden en la imaginación.

Cine, televisión y literatura caminan de la mano y el lector-espectador es feliz con esta simbiosis.

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry - Raquel Sáez (Eyre)


“Érase una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo...”

Entre los libros más vendidos de la historia de la literatura figura un título tan estimado como es El Principito, del autor galo Antoine de Saint-Exupéry. Una deliciosa novela corta que ha conquistado los corazones de generaciones de lectores. Traducida a unas 260 lenguas y dialectos, se certifican 150 millones de copias vendidas en todo el mundo desde su publicación original en 1943. Rápidamente se convirtió en un fenómeno universal y hasta la fecha no ha perdido popularidad, siendo reeditado desde entonces de manera regular con gran éxito, alcanzando así la prestigiosa categoría de long-seller. Para resaltar más su trascendencia, podemos añadir que cuenta con admiradores entusiastas a lo largo y ancho del globo (algunos de los cuales son coleccionistas que atesoran multitud de ediciones diferentes). Así mismo, se han realizado numerosas adaptaciones cinematográficas, televisivas y teatrales, y se han construido museos y parques temáticos dedicados a libro.

Matar a un ruiseñor, de Harper Lee: uno de los best-sellers más queridos de todos los tiempos - happykent




“Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence.” – Harper Lee

Lecciones como ésta pueden encontrarse a raudales cuando nos sumergimos en las páginas del inolvidable best-seller objeto de este artículo: Matar a un ruiseñor. El mismo puede clasificarse como tal por el gran éxito de ventas que ha cosechado desde su primera publicación hasta el presente. Sin embargo, no es un best-seller más: es uno de los libros más hermosos que he leído, con una historia y personajes inolvidables y que, además, ha inspirado e influenciado a muchas generaciones gracias a su protagonista Atticus Finch, un ejemplo de moralidad e integridad. El propósito de este texto es no sólo analizar el porqué del continuo éxito de la historia, sino también el de intentar que quienes aún no hayan leído este libro le den una oportunidad. Desde el momento en que lo leí pasó a formar parte de mi lista de “lecturas obligadas”.