Por trece razones de Jay Asher y Un beso de Ivan Cotroneo. El acoso escolar mata. Por Sebastián Fontana (Arden)






En nuestra infancia y adolescencia el mundo es mucho más reducido de lo que es cuando crecemos y nos convertimos en adultos. En aquel momento normalmente se reduce, sobre todo en los primeros años, a la familia y la escuela, y eso incluye a los amigos, que suelen circunscribirse al ámbito escolar o a la cercanía del barrio o club deportivo que es donde empezamos a socializar y a formar parte de una comunidad. Sentirse querido y seguro es una de las premisas fundamentales para crecer fuerte desde un punto de vista personal y emocional. Ese crecimiento personal se puede ver entorpecido por muchos factores, tanto familiares como personales, siendo uno de los más importantes el acoso escolar, conocido también como “bullying”, el cual afecta a muchos de los niños y adolescentes por diferentes motivos: raciales, religiosos, por orientación sexual o identidad de género, por sexo, etc... En este artículo me voy a centrar en estos dos últimos a través de dos novelas muy diferentes: Un beso de Ivan Cotroneo y Por trece razones de Jay Asher.

La muerte en la literatura - Montse Gallardo

  

 Podría presentarme como es debido pero, la verdad, no es necesario. Pronto me conocerás bien, todo depende de una compleja combinación de variables. Por ahora basta con decir que, tarde o temprano, apareceré ante ti con la mayor cordialidad. Tomaré tu alma en mis manos, un color se posará sobre mi hombro y te llevaré conmigo con suma delicadeza. (La ladrona de libros, Markus Zusak)



La muerte es parte de la vida, queramos verlo o no. Y vivimos en una sociedad en la que, normalmente, no se nos prepara para aceptar esa realidad. No obstante, está presente en nuestro día a día; con suerte, en la distancia que nos permiten las noticias, las guerras lejanas, las crónicas de sucesos o –incluso- la prensa rosa. Si no somos tan afortunados, la tenemos más cercana, más presente, y la pérdida de seres queridos nos golpea y nos duele como nunca hubiéramos deseado. O enfermamos y no nos queda más remedio que mirar de frente a la parca, aunque sólo sea para decirle hoy no.

Obviamente, las creencias en la trascendencia espiritual –sea cual sea la forma religiosa que adopten- suponen un alivio ante este desenlace, que no es sino un tránsito hacia otra esfera del ser. Quienes no comparten dichas creencias, se ven abocados a un final que sí es definitivo, y el ser humano, tan diverso, tan racional e irracional a un tiempo, fluctúa entre el miedo, la negación y la huida. Cuales Orfeos empeñados en salvar a Eurídice del inframundo, nos negamos a mirar a la muerte, salvo que se nos aparezca en negro sobre blanco, y sea la de otros.

La literatura nos ha narrado muertes de muy diversas maneras. Muertes por amor como las de Romeo y Julieta, o desamor, en el caso de Anna Karenina. Por vejez o cansancio; tristes como las de Fantine o Jean Valjean en Los Miserables, o Madame de Tourvel, en Las amistades peligrosas; o placenteras y bien merecidas como la de Andrew Martin, El hombre bicentenario. Por supuesto, muertes violentas: guerras, duelos, asesinatos, atentados, la literatura está llena de fallecimientos cruentos, anunciados o no. Y en no pocas ocasiones la ha convertido en personaje, principal o secundario, de la narración.

Por otra parte, pareciera que la literatura, como con muchos otros temas, nos permite conjurar nuestros miedos o dudas ante lo que ocurrirá en el último momento de nuestra vida. E, incluso, nos puede dar una esperanza de que más allá hay algo, pues podemos visitar infiernos, cielos, paraísos o –simplemente- otros mundos después de la vida que nos permiten jugar con la idea de que realmente, la muerte no es tan definitiva.

Y si esas visiones del más allá no fueran suficientes, siempre nos queda la no muerte sin vida. Zombies, vampiros, fantasmas, son creaciones que nos conectan con lo desconocido, con lo temido; nos traen historias que nos hacen apreciar la vida con más ansia, que nos escalofrían ante la muy remota posibilidad de que la muerte, a pesar de todo, no sea tan definitiva.

Con este número afrontamos ese momento del que tan poco nos gusta hablar, que no queremos que llegue, pero que está a nuestro alrededor. Entremos, sin necesidad de abandonar ninguna esperanza, y disfrutemos de sus artículos.

Veniss Soterrada. El cielo y el Infierno de Jeff Vandermeer - Ciro



“Veniss soterrada” es el título de una novela de Jeff Vandermeer, a medio camino entre la ciencia ficción y la fantasía, lo que los cultos llaman “new weird”. Veniss es también el nombre que le da el autor a la ciudad que sirve de marco a la acción de la novela. Veniss no se llama Veniss, sino Dayton Central, pero el susurro de una serpiente o su parecido con Venecia, determinan su nombre.

Las ciudades invisibles. Italo Calvino - Cuscurro


“No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores.” [1]

Con este comienzo ya se pueden intuir los lugares por donde va a transitar la aventura a la que se enfrenta el lector, que sabe además que toda lectura es un viaje, una aventura. La obra se estructura como un diálogo a dos: Marco Polo y Kublai Kan. Este diálogo encorcheta diversos bloques de ciudades, sin nexo de unión entre ellas, donde el mercader de Venecia va describiendo para su señor la infinidad de lugares por los que va viajando en sus diversas embajadas, a lo ancho de todo el imperio. Para el Gran Kan conocer cada una de estas ciudades también es un viaje, imaginario. Viaja a través de las acertadas descripciones de Marco Polo:

"Sólo en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapaba a la mordedura de las termitas.” [1]

Y a lo largo de este viaje compartimos la narración. Vamos descubriendo cada una de estas perlas dispersas a lo largo y ancho del territorio. Unas veces se dibujan ciudades, otras la forma de relacionarse entre sus habitantes, sus pensamientos, sus manera de ver la vida.

¿Podría pensarse que se establece un diálogo entre Oriente y Occidente? Es muy posible que así sea ya que con cada narración de Marco Polo de cada nueva ciudad no podemos mas que imaginarnos maravillosas ciudades del Oriente salidas de los cuentos de “Las mil y una noches” trufadas con toques, costumbres y formas de ser occidentales.


Según Italo Calvino “En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general.” [2]

Ciertamente. Según vamos avanzando en la lectura nos daremos cuenta de que ninguna de las ciudades que se describe es una ciudad real que pueda visitarse. Sin embargo todas y cada una de ellas pueden ser reconocidas en alguna de las inventadas ciudades en las que vivimos: las ciudades son puros artificios y las nuestras no lo van a ser menos.

Todas son imaginarias que toman forma en el preciso instante en que son descritas por Marco a Kublai, o tal vez son ciudades reales cuyas maravillas llegan a los oídos del Gran Kan gracias a la sagaz palabrería del veneciano. Unas construidas de retazos de memorias, otras de deseos forjados por cada uno de sus habitantes proyectando su ciudad ideal, algunas simbólicas para sus lugareños y sus visitantes, aquellas otras en cambio perpetuo pero todas reales, todas inventadas. Todas soñadas, todas recordadas. Al fin y al cabo todas posibles.


“Así —dice alguien— se confirma la hipótesis de que cada hombre lleva en la mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan.” [1]


Ciudades como Despina, la deseada, que adquiere forma de barco para el camellero que se acerca con su caravana tras cruzar el desierto o por el contrario, se asemeja a las dunas del desierto para el navegante que la otea mientras arriba a puerto. Isaura, la de los mil pozos, autocontenida sobre el perímetro del lago subterráneo del que liba el preciado líquido. Sofronia, partida en dos mitades: edificios, palacios, viviendas, sólidas construcciones de piedra en una de sus mitades y tómbolas, atracciones, puestos de golosinas en la otra, y que tras acabar la temporada ve recoger estas pétreas construcciones dejando la feria atrás, marchándose a tomar asiento en la siguiente ciudad feriada. Eutropia, ciudad de cambios, donde sus ciudadanos cada vez que se descubren cansados de sus trabajos, casas, vidas lo dejan todos a una cambiando juntos de trabajo, casa y vida para recomenzar de nuevo hasta el siguiente hartazgo. Eusapia, ciudad para gozar de la vida, donde sus moradores para hacer mas llevadero el tránsito a la muerte eligen la profesión que tendrán una vez fallecidos en una Eusapia subterránea copia de la vital. Con tanta elección y cambio en la ciudad subterránea ya no se sabe si la ciudad inanimada es la copia de viva o al revés.

Todas misteriosas como las mujeres de las que han recogido su nombre, de tal manera que el viajero siente al abandonarlas que deja una amante. Y en el oyente brotan deseos y envidias nada mas escuchar las maravillas. Desdichados todos: el que escucha y el que narra.


“ … un libro (creo yo) es algo con un principio y un fin (aunque no sea una novela en sentido estricto), es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino para salir” [2]

Desde luego éste tiene una puerta de entrada, una visita guiada de la mano del famoso mercader y una, varias o ninguna salida. Cada uno puede diseñar su propio itinerario: saltando de una ciudad a otra al azar, yendo adelante y atrás o de atrás hacia delante a lo largo de sus páginas o siendo mas clásico: de principio a fin. Como dice el autor “debe leerse como se leen los libros de poemas o de ensayos o, como mucho, de cuentos.” [2]

“… a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí.” [1]

Además de que una ciudad no se conozca a si misma, desgraciadamente nos encontramos cada vez con más frecuencia que las ciudades se están volviendo invisibles para sus propios moradores. Invisibles no porque no se miran sino porque no se admiran y deben ser los visitantes que llegan quienes nos hacen descubrir toda su riqueza. El continuo ajetreo de la vida cotidiana, el ir y venir, las continuas prisas nos ocultan lo que tenemos delante y no vemos.


“—¿Viajas para revivir tu pasado? —era en ese momento la pregunta del Kan, que podía también formularse así: ¿Viajas para encontrar tu futuro? Y la respuesta de Marco: —El allá es un espejo en negativo. El viajero reconoce lo poco que es suyo al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá.” [1]

Debemos empezar a convertirnos en verdaderos viajeros de nuestras vidas e ir exprimiendo cada momento para separar lo interesante de lo vacuo, el grano de la paja, lo que nos eleva de lo que nos destruye, tal como se lee en el último párrafo:

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.” [1]



[1] Las ciudades invisibles – Italo Calvino

[2] Conferencia pronunciada por Calvino en inglés, el 29 de marzo de 1983, para los estudiantes de la Graduate Writing División de la Columbio University de Nueva York

Las voces de Marrakech - Elias Canetti por Sebastián Fontana Soler (Arden)






Durante siglos Marruecos ha producido fascinación en Occidente ya que representaba un mundo diferente y exótico que de repente comenzó a abrirse al mundo, lo que llevó a despertar la curiosidad de grandes hombres y mujeres de las letras y las artes. Sobre todo desde que en 1832 el pintor francés romántico por excelencia, Eugene Delacroix, que integraba la embajada de Charles de Mornay ante el sultán de Marruecos, nos diera una visión del exotismo del Magreb que se dio en llamar “orientalismo”. Este consistía no tanto en mostrar la realidad del país sino en dar una imagen de este tamizada e influida por el romanticismo exótico orientalizante. A partir de ese momento en Francia y en Europa se despierta un interés y una pasión por Marruecos que llevará aún en el siglo XIX a escritores de la talla de Alexandre Dumas, que visitó Tánger en 1874, o de Pierre Loti a explorar el país y escribir sobre él. Pero es a partir del establecimiento en 1912 del protectorado francés en la mayor parte del país y del español al norte del país, cuando Marruecos, y en especial las ciudades de Tánger, Protectorado internacional a partir de 1923, y Marrakech se ven inundadas por escritores occidentales, en busca cada uno de diferentes objetivos. Unos se ven atraídos por el Islam, otros por la diferencia, el desierto, el espacio, la libertad, incluída la sexual. Van para descubrir, olvidar, ser olvidados, vivir..., a veces para visitar en peregrinación a los que llegaron antes que ellos, como Paul y Jane Bowles en Tánger o Juan Goytisolo en Marrakech.