La soledad del detective. Archer, Marlowe y otros caballeros - Raoul




Al principio de los tiempos y en el Libro de los libros hallamos el origen de la cosa. Un hombre abrió sus ojos y durante un instante creyó ver su propio cadáver arrojado en el suelo. La misma estatura, la misma piel tostada por el sol, los mismos rasgos en el rostro donde la Muerte extendía sus amargas veladuras. El corazón golpeaba con fuerza en el pecho, y la ira y el éxtasis del combate comenzaban a mezclarse con algo turbio que subía desde el vientre. Un cordero apareció de pronto para lamer con mansedumbre el charco oscuro que crecía sobre la tierra y sólo entonces Caín empezó a comprender la enormidad de su acto. Siguió comprendiéndola cuando le cegó una luz y escuchó una voz poderosa que le preguntaba por su hermano. La comprendió todavía mejor al recibir la terrible sentencia y persistió en ese aprendizaje a lo largo del resto de su vida fugitiva y errante; durante las interminables y frías noches en que su mano maldita reconocía la marca de fuego impuesta por Yahvé.

Crimen, víctima, investigación, criminal y detective. En el asesinato de Abel ya están las bases y los personajes paradigmáticos del género policíaco. No obstante, la pugna de los antagonistas se reveló demasiado desigual. No existía por aquel entonces cultura criminal en el mundo y Caín, desprovisto de maestros y de referencias, ignoraba reglas tan elementales como que debía borrar sus huellas, deshacerse del arma, procurarse una coartada y no adoptar actitudes sospechosas. Se hubiera necesitado un pionero con el talento del genio y Caín demostró ser, por el contrario, un asesino inexperto y bastante chapucero al que no le se le ocurrió otra cosa que ponerse flamenco con la policía. Realmente uno no se extrañaría de que, días después de su delito, fuera todavía por ahí con la ropa manchada de sangre, con señales de lucha en la cara y hasta llevando bien visible la quijada del asno. Por el contrario, Yahvé era un detective avezado, extraordinario en penetración y agudeza, dominador absoluto del arte del interrogatorio y dueño de una perspicacia apabullante como ya había tenido ocasión de demostrar en el misterioso caso de las manzanas robadas. Así, con una sola pregunta y una sencilla prueba sanguínea vino a desenmascarar al tosco fratricida.

Pero a la estirpe de Caín no debía oponerse una estirpe de raíz divina sino otra tan dolorosamente humana como aquélla. En una ciudad devastada por la peste, un rey que había huido de su futuro emprendió la investigación de la muerte de un hombre llamado Layo. Llegaré a todos los medios tratando de capturar al autor del crimen, aseguró. Y proclamas públicas, informaciones de confidentes e interrogatorios a testigos fueron los medios de los que se valió el desdichado Edipo para al final descubrir, en una de las vueltas de tuerca más geniales de toda la historia de la literatura, que él mismo era el culpable que buscaba.


Frente a la raza de Caín, el Asesino, la raza de Edipo, el Detective. O trasladado al universo shakespeariano en el que todo lo humano se contiene: frente a los hijos de Macbeth, los hijos de Hamlet. Con estos presupuestos ¿qué de pacífico y de bueno cabría esperar de la vida familiar de los epígonos de un rey tebano que se casó con su madre, que tuvo hijas que eran sus hermanas y que acabó desesperado y ciego, y de un príncipe danés de incierta salud mental, obsesivo, abrumado por el peso de su corazón, cuyo ímpetu destructor se llevó por delante hasta la más inocente criatura de la corte? Un buen detective no se casa jamás reza el título de una novela que en la actualidad podemos ver en los escaparates. Pero es que, en sus camas infantiles, las mujeres recibían en sueños el consejo de sus ángeles de la guarda: Niña, por tu bien, ni se te ocurra mirar a esos seres inquietos de fondo desolado, a esos rebuscadores de verdad que todo lo envenenan.


En una gloriosa y memorable mañana de octubre uno de esos tipos pulsó el timbre de la fastuosa mansión Sternwood. Mientras aguardaba la respuesta contempló la vidriera situada sobre la puerta principal: un caballero de oscura armadura rescataba a una dama desnuda atada a un árbol. Podemos preguntarnos si la dama simbolizaba algo bastante evidente (la ayuda a los menesterosos, a los débiles) o algo más profundo (la verdad), pero enlazar la figura del Detective (sin duda uno de los grandes mitos literarios construidos entre los siglos XIX y XX) con la del Caballero Andante no es ningún disparate. Por el contrario y por lo que respecta al menos a los dos grandes detectives clásicos de serie negra, Philip Marlowe y Lew Archer, eso resulta algo absolutamente justo e inevitable. Cabrera Infante, por ejemplo, no dudó en calificar a Marlowe de Don Quijote. Sustituyamos la espada por el revólver, el caballo por el automóvil, hasta el bálsamo de Fierabrás por la botella de whisky. La fundamental entereza del código caballeresco y su modo de vida reaparecen en el moderno detective. Estos Amadís y Esplandián de California son pobres, son valientes, son sensibles y son generosos. Pero -esto los diferencia de los antiguos paladines- carecen de una visión ilusionada y optimista del mundo, de este mundo frío y en penumbras donde siempre sucede lo que no debería suceder. Les acompaña un espíritu incorregiblemente romántico pero también un hondo desengaño que raya en el escepticismo. Se sienten a menudo vacíos como el bolsillo de un espantapájaros, sirven a una pasión aún más compleja que la justicia: la compasión; y están solos. Solos en sus tristes apartamentos, solos en sus oscuros despachos, solos en sus aventuras contra el Mal que se yergue desde sus raíces hechas de sexo y dinero. Sin mujer, sin hijos, sin escudero que los asista. Archer arrastra un divorcio como un segundo corazón (sabemos que su esposa le abandonó por entregarse demasiado a los demás y poco a ella) y al fin de un largo pasillo de relaciones fugaces habrá quizás de atisbar el brillo de una esperanza duradera; Marlowe apuntará a un matrimonio que es la consunción del propio Marlowe. Pero, por encima de circunstancias y de estados civiles, ambos son siempre dos solitarios. Lo que a veces, al mirar el lado vacío de sus camas, representa el alivio de saber que no tienen que explicar a nadie lo que han hecho y lo que han visto en el día que termina.


Pasando de los héroes de Chandler y MacDonald a los de su precursor y tercer grande de la novela negra americana, Dashiell Hammett, nada sabemos acerca de la vida personal del anónimo agente de La Continental y a Sam Spade lo conocemos lo suficiente para apreciar que, si comparte con Archer y Marlowe la dureza exterior y el desencanto interior, éste último le ha llevado a un lugar distinto: el cinismo. Marlowe pisó la cárcel por no traicionar a un amigo. Spade, atento primero a sus propios intereses, entrega a una mujer, a quien quizás ama, por evitarla. Apostamos a que esa merma de halo romántico redundará para Spade en una salud confortable y, a la postre, en una vida razonablemente insatisfactoria.


Precisamente sobre el romanticismo y los detectives trata James Ellroy, convertido en investigador/arqueólogo del crimen de su madre, en esa singular y bella obra que es “Mis rincones oscuros”. Lo hace hablando de lo que él viene a denominar síndrome de Laura: A los detectives de homicidios les gustaba mucho la película Laura. Un poli se obsesiona con la víctima de un asesinato y descubre que está viva. Es muy bella y misteriosa. La mujer se enamora del poli. Casi todos los detectives de Homicidios son unos románticos. Irrumpen en vidas destrozadas por el asesinato y dan consuelo y consejos. Se ocupan de familias enteras. Conocen a las hermanas y a las amigas de sus víctimas y sucumben a una tensión sexual relacionada con la aflicción. Tras cada drama encuentran una válvula de escape a sus matrimonios.


Uno de los cambios fundamentales que supuso la aparición en la literatura criminal del subgénero negro fue la nueva mirada dirigida a la víctima (el vértice relegado del triángulo). Investigar delitos dejó de ser un mero problema de lógica, una prueba de laboratorio, una exhibición de superiores habilidades donde la víctima era una pieza de ajedrez en la más o menos complicada y necesaria partida, para convertirse en eso y algo y mucho más. Algo que era y es un descenso a unos infiernos en cuyo pórtico, sobre el Abandonad toda esperanza dantesco, se ha escrito este desafío a personajes y lectores: Atrévete a mirar a través de un cristal sucio las vidas sucias de personas en un mundo sucio. Los errores y las malas decisiones se pagan en un lugar lleno de bestias. La angustia y el sufrimiento se palpan. Es famoso un pasaje en el que Lew Archer, contemplando las luces de la ciudad, siente de pronto un puñetazo que le llega en forma de verso al corazón: la noche está llena de voces de muchachas que dilapidan su juventud y se despiertan aterrorizadas de madrugada. O inolvidable también, por ejemplo, es ese episodio en que Philip Marlowe recoge a uno de esos cervatillos heridos, restaña sus heridas, lo cuida y acaricia con delicadeza elegante y conmovedora, para al final asistir impotente a cómo el cervatillo se levanta y se dispone a regresar a la jungla en busca de los tigres.


Moverse entre cadáveres ensangrentados, mujeres violadas, padres y madres destrozados por los hijos perdidos no es barro que se adhiera a los zapatos y que uno pueda quitarse al regresar a casa pisando un felpudo. Convivir diariamente con el sufrimiento deja posos en el alma y el dolor pide anestésicos. Casi no puede imaginarse una novela negra sin la anestesia del alcohol, que a veces es reactivo, atmósfera y ambiente. Ciertamente cada caso resulta diferente. Leyendo Adiós, muñeca uno llega a la conclusión de que no es que Marlowe tenga un problema con la bebida; es la bebida la que tiene un problema con Marlowe. Nick Charles, el protagonista de El hombre delgado de Hammett, detective retirado tras su feliz matrimonio con una mujer rica, bebe porque su vida es una fiesta y en las fiestas se bebe. Otros detectives americanos de los años 30 y 40, como Bill Crane, hallan en el whisky la verdad de todos los misterios porque es medio borrachos como mejor discurren (y nadie amó jamás tanto la verdad como Bill Crane); y aún así, el bueno de Bill es casi un abstemio comparado con Lemmy Caution, que en su mano ya tiene el trío de ases que, en mayor o menor grado, exhibirá toda una escuela de detectives: la violencia, el whisky y las mujeres. Mike Hammer, un auténtico esquizoide, no es que cuente con ese trío de ases sino que ha arramblado con todas las barajas de Nueva York. Mike Shayne, tras el asesinato de su esposa, escupe su agresividad y su cinismo henchido de furia. Max Thursday inicia su andadura alcoholizado, recién divorciado, sumido en la suciedad y la depresión de una habitación de hotel…


Alguno de ellos formará una familia y encauzará su destino. El enamoradizo Bill Crane desaparecerá en 1939 tras prometerse en matrimonio, Mike Shayne contratará a una secretaria por su parecido físico con su esposa muerta y volverá a ser feliz; Max Thursday, por amor a su hijo, superará su derrota moral y se reinsertará en un mundo corrupto, brutal y lleno de mentiras. Pero, en general, la soledad sigue al detective como un perro fiel. Soledad que atraviesan con frecuencia, entre Scilla y Caribdis, criaturas fascinantes de ojos alimentados de su propia belleza, cabelleras con el color de un atardecer de los buenos y pechos exactos como dilemas. Es la sirena contra la nereida. Perdición contra Laura. Barbara Stanwyck contra Gene Tierney. Jugarse la vida a riesgo de arrojarla por la borda o abrazar un sueño imposible a riesgo de volverse loco. ¿Qué eligen los mejores de estos últimos románticos, de esta raza de tipos duros y tiernos puestos en la encrucijada? Cada cual a su manera, seguramente. Pero pocas expresiones más significativas hay en la historia del cine negro como la del rostro del teniente MacPherson cuando, al despertar en el apartamento de la muchacha muerta, descubre que su sueño se ha hecho realidad y que ella, embutida en un abrigo, le mira interrogante.


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La mirada anglosajona sobre Latinoamérica: Graham Greene y sus precursores - Sue Storm



El contacto con el continente latinoamericano supuso en la biografía del británico Graham Greene (Berkhamsted, Reino Unido, 1904 - Vevey, Suiza, 1991) el inicio de su camino de maduración literaria y personal. Poco podía imaginar Greene que el accidentado recorrido que emprendió a finales de los años 30 por los convulsos estados mexicanos de Tabasco y Chiapas, sería el primer paso hacia una historia de amor incondicional con Latinoamérica, donde viajaría repetidamente durante su larga vida y donde situaría algunas de sus ficciones más aclamadas. Su visión de la realidad latinoamericana irá evolucionando con los años, desde la mezcla inicial de fascinación y repulsión que compartió con otros grandes de las letras sajonas, hasta llegar a mostrar una solidaridad y un compromiso excepcionales en un miembro de la siempre aislacionista raza británica.

México fue la puerta de entrada en Latinoamérica para Graham Greene. Junto a su nombre, suelen citarse los de otros dos escritores británicos fascinados por la realidad mexicana del siglo XX: D. H. Lawrence (1885-1930) y Malcolm Lowry (1909-1957). El primero de ellos dejó sus torturadas impresiones en una novela, La serpiente emplumada, que vio la luz en el año 1926 y que muchos críticos colocan por encima del resto de su producción literaria en cuanto a calidad; sin embargo, Lawrence, que ingenuamente había apostado por tesis indigenistas, pronto se vio desilusionado por la dureza del país y por la apatía de las gentes que en principio tanto le entusiasmaron. Como observa Douglas W. Veitch en su ensayo Lawrence, Greene and Lowry: the fictional landscape of Mexico (Wilfrid Laurier University Press, Canadá, 1978) “el contacto con los indios y con el fiero sol mexicano le expusieron a un abismo espiritual que no tenía fuerzas para afrontar.” El muy sensible Lawrence tendría que volver a Europa y curarse las heridas del primitivismo antes de poder escribir de nuevo, iniciando entonces el período final de su producción literaria, entre su Inglaterra natal e Italia.


Más profunda es la visión de Malcolm Lowry, que utilizó las tradiciones y los paisajes de México, la herencia colonial y la continua presencia de la muerte en la cultura mexicana como telón de fondo de su obra maestra: Bajo el volcán, finalmente publicada en 1947 después de haber sido reescrita innumerables veces. Narra allí el tan comentado “descenso a los infiernos” del ex cónsul británico en Cuernavaca, que, en el Día de Difuntos de 1938, se emborracha de mezcal y de recuerdos, mientras a su alrededor hierve el país y el presidente Cárdenas nacionaliza el petróleo arrebatándoselo a las compañías británicas y norteamericanas. México es para Geoffrey Firmin, el desgraciado protagonista, “un paraíso infernal” y este es también sin duda el pensamiento del autor, que emplea a este personaje a modo de alter ego. En otra obra posterior, Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, inédita a la muerte de Lowry y que se publicará póstumamente en 1968, reaparece el escenario mexicano para ser recorrido por un nuevo personaje: Sigbjørn Wilderness, otro escritor alcohólico y alucinado que va de Cuernavaca a Oaxaca en pos de sí mismo, de sus personajes y sobre todo de su único amigo ya difunto, en un viaje de reencuentro con el pasado, donde nada es ya como en su recuerdo.



La experiencia mexicana inicial de Graham Greene, y el reflejo literario de la misma, guarda más puntos de contacto con el caso de D. H. Lawrence que con Malcolm Lowry. Cuando en enero de 1938 Greene sale de Inglaterra con destino a México, en un viaje financiado por sus editores, tiene treinta y tres años de edad, se define como escritor católico y ya ha publicado varias novelas y crónicas de viajes con considerable éxito. En esos momentos, Europa no es ningún remanso de paz: España se desangra en la guerra civil; en Inglaterra se hacen preparativos para la defensa de la población civil en un conflicto bélico que muchos creen inminente; fascismo y comunismo se desafían en todo el continente con creciente violencia. Pero Greene no pretende con su viaje alejarse de ese ambiente enrarecido, en busca de paraísos exóticos: todo lo contrario. Hace tiempo que viene siguiendo con preocupación e interés el desarrollo de los acontecimientos políticos en México, país donde, como en toda Hispanoamérica, el culto católico se encuentra especialmente arraigado. En los últimos tiempos, a modo de reacción contra el poder fáctico que la Iglesia representaba, el Estado laico instaurado en la Constitución mexicana de 1917 ha ido sufriendo una progresiva radicalización hacia posiciones marcadamente anticatólicas.




Dicha radicalización conoció su máximo apogeo durante la presidencia del general Calles (1924-1928). El 31 de julio de 1926 se promulgó la “ley Calles”, por la que se exigía un riguroso cumplimiento de la legislación anticlerical vigente (es decir, de la Constitución), incluido el derecho del Estado a controlar las manifestaciones del culto, derecho que gobernantes anteriores habían evitado ejercer. Como respuesta a la ley Calles, los obispos mexicanos suspendieron el culto público en México y retiraron a todos los párrocos de las iglesias. Muchos sacerdotes católicos, temiendo por su vida, acataron las órdenes del gobierno, que les imponían la obligación de contraer matrimonio civil y abandonar su ministerio; pero muchos otros empezaron a decir misa en la clandestinidad, a administrar los sacramentos en casas particulares, atendiendo a muchos cientos de personas por día y arriesgando su vida como si delincuentes fugitivos se tratara, pues administrar los sacramentos era un delito grave según la legislación vigente. Mientras se levantaban entre el pueblo las primeras partidas armadas que dieron origen a una nueva explosión de violencia, conocida como “la guerra cristera” (1926-1929), muchos de estos sacerdotes heroicos fueron capturados, y algunos de ellos, en los momentos más virulentos de la represión, fusilados.

En ese año de 1938, cuando el muy británico Greene emprende su viaje con la intención de comprobar sobre el terreno cuál es la situación, se empieza a permitir en la capital del Estado y en algunas otras zonas la reapertura de los templos -ahora, propiedad del gobierno- y un porcentaje muy reducido de sacerdotes puede ya desempeñar su ministerio. Pero en otros lugares, la persecución subsiste: en Tabasco, se decía que el gobernador Garrido Canabal no había dejado un solo cura en todo el estado; en el remoto y mal comunicado estado de Chiapas, no quedaban iglesias donde decir misa, el obispo estaba exiliado y el culto católico sólo podía desarrollarse en la clandestinidad. A estos lugares remotos es a donde Greene, amparándose en su cualidad de extranjero, dirige sus pasos, para documentarse de primera mano.



Sus peripecias, en primera persona, quedarán recogidas en la crónica Caminos sin ley, que verá la luz en 1939. Clasificada en la categoría de “libro de viajes”, esta obra es en realidad un reportaje estremecedor, que retrata una realidad salvaje y amarga, impregnada de odio fratricida. Escribe Greene: “Nunca estuve en un país donde uno tenga más conciencia, en todo momento, del odio. Aquí la amistad es a flor de piel, un gesto de protección. Ese ademán de saludo que uno ve en todas partes en la calle, las manos tendidas para tomar los brazos del otro, el medio-abrazo, ¿qué es sino el ademán de abrazar al otro para impedirle que saque la pistola?” Ya en las primeras etapas de su viaje, por las zonas más cercanas a la frontera norteamericana, escribe que “en México, uno se acostumbra a la decepción” y no encuentra belleza alguna en lo que para otros puede ser atractivo o pintoresco. Su sentimiento de superioridad es, en realidad, la mirada colonialista propia de un inglés del primer tercio del siglo XX. En su descargo, hay que decir que si de alguien se burla sin piedad no es de los mexicanos, sino precisamente de los británicos y norteamericanos que va encontrando por el camino, en un tono de crítica a su ciego provincianismo y a su total indiferencia hacia el entorno que, posteriormente, trasladará a sus novelas, cuando algunos de estos conocidos reaparezcan transmutados en personajes. Pero es que Greene no habla entonces una palabra de español, y sin la ayuda de intérpretes no puede entablar relación más que con estos anglosajones estrafalarios.



Según se adentra en Tabasco y se embarca en un recorrido de pesadilla hasta llegar al corazón de Chiapas, Greene nos irá desgranando la sarta de penalidades sufridas durante el viaje: el calor abrasador, la imposible higiene, la fiebre, las dificultades para avanzar tanto por el río como por tierra, las esperas interminables para emprender la siguiente etapa del camino… El lector llega a preguntarse cómo es posible que este hombre llegara vivo al final del camino, o cómo en ningún momento se le ocurre desistir de su empeño. Afortunadamente, la considerable dosis de distanciamiento que le aporta su espíritu anglosajón le permite, incluso, plasmar en su crónica bastantes rasgos de humor, que en medio de un panorama violento y ensangrentado, llegan a arrancar una sonrisa al lector. Y una vez de regreso en Europa, después de haber participado en las misas clandestinas de Chiapas, las de Londres se le antojarán a Greene descafeinadas.



La mayor virtud de un libro tan mordaz y amargo como Caminos sin ley reside
en encerrar la semilla de una de las grandes novelas de Greene: El poder y la gloria (1940). Volveremos a encontrar en ella, sin apenas cambios, a varios de los tipos que el autor conoció durante su viaje, y que ya habían hecho breves apariciones en Caminos sin ley: el dentista irlandés, el mestizo de los largos colmillos, el corrupto jefe de policía, el amable matrimonio luterano… Son el coro de una tragedia que envuelve a dos grandes personajes: un cura borracho y pecador, gordo, sucio y desagradable, que a pesar de todos sus vicios, en momentos de tribulación se mantiene fiel a su fe; y un teniente de policía, íntegro e inflexible en su rectitud, que es su incansable perseguidor. A través de ellos, la novela de Greene trasciende el momento histórico concreto para convertirse en una dramatización del viejo antagonismo de la fe y la razón, o como dice Mario Vargas Llosa en su prólogo a este libro, “de las utopías encontradas del espiritualismo y el materialismo”. Se trata, en efecto, de una novela de tesis, pero en ella la acción está dotada de tal carga dramática, conmueve y emociona tanto, que, sea cual sea la ideología del lector, no le deja indiferente. “En México, oí contar muchas de las historias de corrupción con las que pretendían justificar la persecución a la Iglesia Católica”, recuerda Greene en su autobiografía, “pero también pude observar por mí mismo cómo el valor y el sentido de la responsabilidad habían renacido bajo esa persecución. Vi la devoción de los campesinos que rezaban en las iglesias sin sacerdotes; asistí a misas celebradas en graneros donde no podía sonar la campanilla de la consagración por miedo a la policía. Entre los policías y pistoleros que conocí, en cambio, no encontré el idealismo y la integridad del teniente de El poder y la gloria. Tuve que inventarlo como un contrapunto necesario: el policía idealista que, con las mejores intenciones, ahoga el soplo de la vida, frente al cura pecador que es capaz de entregar la suya para que los demás continúen viviendo.”



Pasarán casi veinte años antes de que se produzca el regreso literario de Graham Greene a Latinoamérica. Tras haber vivido la guerra y la inmediata posguerra como agente del Servicio Secreto británico, la personalidad de Greene como escritor está ya consolidada: ha publicado muchos de sus grandes éxitos comerciales, novelas de espías y traidores como El agente confidencial (1939), El revés de la trama (1948) o El tercer hombre (1950). A estas alturas de su carrera, las tensiones de la Guerra Fría y el contacto personal con la Cuba prerrevolucionaria le proporcionarán el marco perfecto para ambientar un divertimento ligero, muy distinto de las obras sombrías que fueron fruto de su experiencia mexicana: Nuestro hombre en La Habana (1954).



Se trata de la versión definitiva de una historia que Greene había concebido a
finales de los años 30 y situado inicialmente en Tallin (Estonia), “un escenario razonablemente adecuado para una novela de espías”, como recuerda el autor en su autobiografía Vías de escape. En aquella primera versión, el agente británico nada tenía que ver con la venta de aspiradoras, y si engañaba a sus superiores con informaciones y contactos ficticios no era para complacer los caprichos de su hija, sino los de su esposa. Una trama así no terminaba de convencer al Greene de los años 30: la amenaza de la guerra era en esos momentos demasiado sombría para ser tratada en tono de comedia, y además un personaje que se aprovecha de la credulidad de sus superiores sin otro objeto que complacer a una esposa caprichosa no podía entonces despertar muchas simpatías.



Pero en la década de los 50, tras haber visitado varias veces La Habana, “de repente”, cuenta Greene, “me di cuenta de que allí, en aquella ciudad extraordinaria, donde todo vicio era permisible y todo comercio era posible, estaba el verdadero escenario para mi comedia. Allí, en medio del absurdo de la Guerra Fría (porque, ¿quién puede aceptar la supervivencia del capitalismo occidental como una causa noble?) podía desarrollar sin problemas una situación cómica aceptable, y más aún si cambiaba el personaje de la esposa por el de una hija.” Así nació el patético, encantador, humanísimo Wormold, alguien con quien cualquier padre y cualquier sencillo ciudadano de este mundo convulso se podría identificar, y que ha pasado a la historia de la literatura como el protagonista de una de las partidas de ajedrez más alcohólicas y más inolvidables que pueden leerse. Toda la novela se mantiene en un tono ligero y abunda en diálogos ingeniosos, aunque al lado de la crítica amable y las entretenidas peripecias no dejan de aparecer los eternos temas del bien, el mal, la culpa y la rebelión. Pero todavía en esta obra Greene mira el país caribeño como un simple escenario, un telón de fondo para su historia, y se limita a aprovechar las peculiaridades de la situación política del momento -dictadura de Batista ya amenazada por la revolución que se aproxima- para ambientar una trama argumental que transcurre entre británicos, con la aparición de un villano local, pero sin conceder protagonismo en ningún momento al pueblo cubano.



Tendrá que llegar el año 1966 para que, con la publicación de Los comediantes, se produzca un giro considerable en su actitud. Y resulta sorprendente que la nación latinoamericana que toque por vez primera el corazón de Greene sea aquella que para un europeo resulta más hermética y más difícil de aprehender en su desoladora realidad: Haití. Durante la década de los 50 Greene había visitado la isla en un par de ocasiones, haciendo buena amistad con poetas, novelistas y pintores locales, entre los que destacaba quien le serviría para modelar el personaje del doctor Magiot. “Era médico y también filósofo”, recuerda Greene en Vías de escape, “aunque no era comunista, como mi personaje. Durante un tiempo fue ministro de Sanidad (de uno de los gobiernos de Paul Magloire), pero se encontró con las manos demasiado atadas y dimitió, algo que hubiera sido muy peligroso hacer después, bajo Duvalier.” Precisamente tras regresar a Haití en los peores tiempos de la dictadura de Papa Doc, Greene decide utilizar todo el material que ha recopilado para escribir una novela de denuncia, la primera de su producción en la que apuesta decididamente por la rebelión y la lucha guerrillera como la única opción éticamente correcta ante un régimen de terror.



La acción arranca a bordo de un buque que se dirige a Puerto Príncipe, y se centra a continuación en el Hotel Trianon, trasunto literario del Hotel Oloffson, donde Greene se alojaba. Un anciano matrimonio norteamericano, únicos huéspedes del hotel junto al autor, fueron la inspiración para la impagable pareja formada por el señor Smith – el candidato a la Presidencia de los Estados Unidos por el partido vegetariano - y su devota cónyuge, dos extravagantes viejecillos que en cualquier otra circunstancia resultarían ridículos, pero que dan un ejemplo de valor y coherencia que pocos podrían igualar. Brown, propietario del hotel, y Jones, antiguo oficial del Ejército británico, completan el elenco de "comediantes", a los que se unirán un traficante de armas, un líder revolucionario y la esposa de un embajador. Hay, cómo no, toques de color local, como la descripción de una ceremonia vudú a la que Greene asistió realmente; pero además, late a lo largo de todo el libro un interés auténtico por el país y su desgraciado destino, y una denuncia de la despiadada tiranía ejercida por Duvalier. Consiguió así ofender profundamente al dictador, que contraatacó con la publicación de un folleto, “Graham Greene desenmascarado”, donde se tachaba al escritor, entre otras lindezas, de mentiroso, cretino, sádico, desequilibrado, pervertido, espía y drogadicto.



Después de hacernos surcar el río Paraná, entre Argentina y Paraguay, con los enloquecidos protagonistas de Viajes con mi tía (1969), Greene elegirá esta misma zona fronteriza para ambientar El cónsul honorario (1973), novela dedicada “a Victoria Ocampo, con amor, en recuerdo de las muchas semanas felices que pasé en San Isidro y Mar del Plata”. Combina el sentido del humor de Nuestro hombre en La Habana con el compromiso ético propio de Los comediantes, mientras que a través del personaje del padre Rivas, el cura que ha colgado los hábitos para unirse a la guerrilla, retoma las preocupaciones teológicas de El poder y la gloria para tratarlas brevemente, aunque con emocionante profundidad. El propio Greene declaró que la consideraba la mejor de sus novelas.



El protagonista es Eduardo Plarr, joven médico anglo-argentino, un ser solitario y desubicado que, manipulado por dos amigos de la infancia que se presentan inesperadamente en su consulta, se ve envuelto en un complot urdido por un grupo guerrillero. Planean secuestrar al embajador norteamericano durante un viaje de éste por la provincia, para canjear su vida por la libertad de algunos presos políticos entre los que, aseguran, está el padre de Plarr. Pero se confunden y, en lugar de secuestrar al poderoso embajador, atrapan a un cónsul honorario británico, un pobre alcohólico cuya vida no tiene valor alguno para la negociación. El juego de conflictos, lealtades y traiciones es múltiple, pues Plarr es también el amante de la esposa del cónsul, que espera un hijo suyo.



Greene estuvo a punto de no empezar esta novela, porque, cuando ya tenía el argumento en mente, sucedió en la realidad un episodio muy parecido: el cónsul de Paraguay en la ciudad argentina de Corrientes, Joaquín Waldemar Sánchez, fue secuestrado en Buenos Aires por integrantes de la organización guerrillera Frente Argentino de Liberación. No quería Greene que el desarrollo real de tales hechos pudiera perturbar la ficción que tenía proyectada, pero pronto se dio cuenta de lo vano de sus preocupaciones: en la realidad, como en la ficción, las autoridades no mostraron el más mínimo interés por la suerte del cónsul, y el caso fue rápidamente olvidado, dejando al escritor en completa libertad para componer su fábula.



En 1984, un Greene ya anciano cerrará su relación literaria con el continente con un libro-reportaje sorprendentemente laudatorio, en torno a la figura del dictador panameño Omar Torrijos. No obstante los métodos populistas y nada democráticos de éste, Greene llegó a estar unido a él por una estrecha amistad, manifestando reiteradamente su admiración por cómo el líder de un pequeño país era capaz de plantar cara a los omnipotentes Estados Unidos. Muchas, y feroces, fueron las críticas que despertó en los círculos intelectuales latinoamericanos esta obra, en la que puede leerse: “¿Por qué he estado siempre tan interesado en Hispanoamérica? Tal vez esta sea la respuesta: en esos países, la política nunca ha sido una mera alternancia electoral entre partidos rivales, sino una cuestión de vida o muerte.” Aspecto muy fructífero, sin duda, como tema literario; pero resulta comprensible que frases así levantaran ampollas, haciendo que muchos luchadores por la democracia se sintieran traicionados. Greene, deslumbrado por la firmeza de Torrijos a la hora de recuperar la soberanía sobre el Canal de Panamá, no supo denunciar sus injusticias y abusos, como en cambio sí hizo veinte años antes con los cometidos por Duvalier en Haití.




BIBLIOGRAFÍA



Fuente Monge, Gregorio L. de la: “Clericalismo y anticlericalismo en México, 1810-1938”. Revista “Ayer”, nº 27, Asociación de Historia Contemporánea y Marcial Pons Ediciones de Historia, España, 1997.



Greene, Graham: “Ways of escape: An autobiography”. Vintage Classics, Reino Unido, 1999.



Greene, Graham: “Getting to know the General: The story of an involvement”. Penguin Books, Reino Unido, 1985.

Martínez, Ibsen: “El síndrome de Graham Greene”. Revista “El malpensante”, nº 77 (marzo-abril), Grupo Editorial 87, Colombia, 2007.

Vargas Llosa, Mario: Prólogo a "El poder y la gloria" de Graham Greene. Círculo de Lectores, España, 1987.



Veitch, Douglas W. : “Lawrence, Greene and Lowry: The fictional landscape of Mexico”. Wilfrid Laurier University Press, Canadá, 1978.



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Bartolomé de las Casas. El Pepito grillo de la conquista - Cuscurro



Casi todos tenemos en nuestras mentes, forjado a base de escucharlo una y otra vez, que un puñado de aguerridos aventureros se hicieron a la mar para descubrir primeramente y conquistar después un nuevo mundo. Sin embargo, es poco conocido lo que hubo detrás de esa conquista, pero gracias a Bartolomé de las Casas conocemos parte del horror que el Imperio llevó al Nuevo Mundo.


Aún recuerdo cuando estudié en primaria, con aquel plan de estudios llamado EGB, cómo mis diferentes profesores me hablaban del Imperio español, aquel donde nunca se ponía el Sol, y de la epopeya de la conquista de América. De nuestros aguerridos y valientes antepasados los conquistadores. De cómo Hernán Cortés con apenas 420 hombres conquistó México y de cómo Francisco Pizarro con 170 el Perú. Recuerdo cómo me explicaban que los españoles fuimos allí a llevar nuestra cultura, nuestra lengua y nuestra religión. Lo más importante era catequizar y propagar la palabra del Señor para que aquellos pobres inocentes tuvieran la oportunidad de salvarse y entrar en el Paraíso. ¡Cómo si ellos no viviesen ya en el paraíso!

Pues parece ser que llegar los españoles y trocar ese paraíso indiano por el infierno en la tierra fue todo uno. Pero claro, esas cosas no se pueden enseñar ni a un niño de diez o doce años ni menos a un español que tenía que sentirse orgulloso del descubrimiento, conquista y colonización del continente americano.

Con esta idílica versión de la historia de nuestros antepasados en América creo que hemos crecido todos. Yo al menos así lo hice, hasta que por casualidad cayó en mis manos una pequeña obra de Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” y tras su lectura el mito de la conquista cambió para siempre.

Bartolomé de las Casas, llamado el Apóstol de las Indias, estudió latín y humanidades en Sevilla, ciudad donde nació en 1474. En 1502 partió para las Indias Occidentales, primero para La Española y posteriormente para Cuba. En aquellas tierras fue ordenado sacerdote, el primero en ordenarse allí, compatibilizando las labores sacerdotales y la “encomienda” que recibió. El nombre “encomienda” deriva de la institución por la cual se encomendaba a un español un grupo de indios para que fueran adoctrinados y civilizados tanto laboral como culturalmente y a cambio de esta labor el español podría beneficiarse de algunos de los trabajos realizados por estos indios. En 1511 escuchó a los dominicos predicando en contra de la encomienda por los abusos que muchos cometían sobre los indios y parece ser que esta chispa prendió un fuego interior que culminó el 1514 fecha en la que comenzó él también a predicar en contra de esta práctica.

Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552) recoge una relación de sucesos de los que el autor fue testigo y que reflejan el comportamiento de los españoles en relación con los nativos. Muy hábilmente, en el prólogo, el autor se dirige al rey del Impero Español, Carlos I de España y V de Alemania, el más rotundo título de un monarca español, recordándole que el poder emana directamente de Dios que es quien designa linajes para que cuiden bien de sus siervos. No solo tiene esta osadía, si no que muy hábilmente se permite indicarle que si hay males en sus dominios es por culpa de no tener conocimiento de estas noticias y no por ser mal gobernante. Tras este sutil recordatorio de sus deberes reales indica que pasará a detallar las muchas injusticias y tiranías que ha visto en las tierras conquistadas para que, de este modo y una vez que su Señor tenga constancia de ellas, obre como el buen gobernante que es. Ya demuestra ser un poco atrevido conociendo como se las gastaban los reyes todopoderosos del siglo XVI.

Entrando en materia, aquí dejo unos cuantos párrafos de la obra que me han parecido bastante significativos.

Lo primero que nos encontramos es una descripción sobre cómo ve a los indios:

“Todas esas universas e infinitas gentes a toto género crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas no bollicios, no rijosos, no querulosos, sin rancores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo. […] Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales; e por esto no soberbias, no ambiciosas, no cubdiciosas.”


Más adelante nos cuenta como son tratados:

“En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde liego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta añosa esta parte, has hoy, e hoy en este día lo hacen, sino despedazallas, matallas, angustiallas, afligulas, atormentallas u destruillas por las estrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad …”

“Dos maneras generales y principales han tenido los que allá han pasado que se llaman cristianos en estirpar y raer de la faz de la tierra a aquellas miserandas naciones. La una, por injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras. La otra, después que han muerto todos los que podrían anhelar o sosporar o pensar en libertad, o en salir de los tormentos que padecen, como son todos los señores naturales y los hombres varones […] oprimiéndolos con la más dura horrible y áspera servidumbre en que jamas hombres ni bestias pudieron ser puestas.”

“La causa por la que han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas ….”


Y algunas de las brutalidades que con ellos hacían (Atención, estos dos párrafos pueden herir algunas sensibilidades):

“Entraban e los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran con unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchullada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas.”

“Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas.”

“... enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco.”


La justicia del conquistador y su particular ley del ojo por ojo:

“Y porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí, que por un cristiano que los indios matases, habían los cristianos de matar cien indios.”


Era tanta la crueldad hacia los indios, que en cierta ocasión andaba un franciscano catequizando a uno de los caciques. Le indicaba que si seguía la fe cristiana alcanzaría la gloria y a la muerte iría al cielo con los cristianos y de lo contrario al infierno. A la pregunta de si quería ir al cielo, el cacique respondió “...no quería ir allá, sino al infierno, por no estar donde estuvieran (los cristianos) y por no ver tan cruel gente.”


La historia es cabezota y golpea una y otra vez en los mismos desafortunados ya que esta explotación del ser humano por los conquistadores no ha cesado de repetirse. Un par de ejemplo literarios podrían ser “El sueño del celta” de Mario Vargas Llosa que describe el sufrimiento de los nativos en el Congo Belga y también de los indios brasileños obligados a recolectar caucho. Este segundo ejemplo también se encuentra recogido en “El príncipe de los caimanes” de Santiago Roncagliolo. El primer ejemplo también puede verse como el horror de fondo que se respira en la novela de Joseph ConradEl corazón de las tinieblas”.

La explotación del ser humano no conoce fin, hasta la fecha. Creo que todos hemos leído o visto noticias sobre tribus brasileñas exterminadas para extraer los recurso madereros y mineros, el fomento de guerras en África por los diamantes, los famosos diamantes de sangre, o las nuevas luchas por controlar el coltán.

Bartolomé de las Casas es muy probable que sea un tremendista en sus relatos, que sus cifras sean extremadamente exageradas, que su prosa sea monótona y repetitiva, pero lo que no podemos negarle es el valor que tuvo al embarcarse en esta lucha, adoptando la condición de Pepito grillo de todos los que hemos tenido la fortuna de leerle y comprobar que no siempre la Historia la escriben los vencedores.
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Latinoamérica. Cruzando el charco - Julia Duce



Tan cerca y tan lejos. Compartimos una lengua común que se tiñe de matices en cada uno de nuestros países. Compartimos mitos literarios comunes, son clásicos de las dos orillas, universales e inmensos. Adoramos los universos inventados por Cortázar y Borges, soñamos el amor con palabras de Neruda, reflexionamos con Benedetti, convivimos con nuestros fantasmas como Rulfo nos enseñó, galopamos por la pampa con Martin Fierro


Sin embargo las más de las veces, nos acomodamos en brazos de los clásicos y nos olvidamos de tantos otros que son "sus" clásicos, los mexicanos, chilenos, cubanos, argentinos, venezolanos, brasileños, peruanos…


No nos basta la palabra en esta vorágine de títulos publicados en post de novedades, enterrando la cabeza debajo del ala, ignorando excelentes escritores que a veces solo a veces, conseguimos vislumbrar entre en la estantería de las bibliotecas. 


Pero el mundo se ha hecho más chico, cada vez más, y esto de las redes sociales nos permite tener amigos allá, al otro lado del charco que nos abren puertas y nos descubren valores nuevos para nosotros, queridos y familiares para ellos. Así hemos conocido a Jorge Ibargüengoitia, María Luisa Bombal, a Mempo Giardinelli, Aurora Venturini, y a tantos otros.

Queremos con este número de la revista acercarnos a ese universo que nos une y que tanto nos queda por explorar. Fijarnos no solo en nuestra mirada sino también en las que desde otras  culturas no tan afines  nos definen. Latinoamérica como escenario. Cruzando el charco.




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