Al este del Edén. John Steinbeck - Cuscurro



¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Esta frase pronunciada por Caín a pregunta de Jehová es ampliamente conocida dentro del ámbito de la cultura occidental. Es la respuesta que Caín da para descargar su responsabilidad e intentar ocultar su crimen. Partiendo precisamente de este fratricidio Steinbeck construye esta monumental historia de la familia Trask.

John Steinbeck (Salinas, California, 27 de Febrero de 1902 - Nueva York, 20 de Diciembre de 1968) tras el escándalo despertado en su tierra natal y en toda California provocado por la publicación de, a mi modo de entender, su obra cumbre Las uvas de la ira vuelve a utilizar un paisaje que conoce muy bien: su Salinas natal. Curiosamente, en esta ocasión, de nuevo son emigrantes, otra vez, los que se trasladan al fértil valle de Salinas desde otros puntos nacionales o extranjeros. En esta ocasión, los emigrantes vienen para quedarse, llegan en mejores condiciones económicas, personales y ambientales, que aquellos desgraciados “okis” que sufrían, y mucho, en su peregrinaje hacia California. La respuesta de sus paisanos a la publicación de Al este del Edén es bien distinta, con esta nueva novela Steinbeck no volvía para abrir viejas heridas, más bien al contrario: describe ahora una próspera y trabajadora comunidad que acepta de buen grado a toda persona que viene a instalarse y progresar.

Al este del Edén, publicada en 1952, narra la historia de dos familias: los Hamilton y los Trask a lo largo del período que transcurre entre dos guerras: La Guerra de Secesión estadounidense y la Primera Guerra Mundial. La primera familia que se nos presenta corresponde a los Hamilton, inmigrantes irlandeses que llegan a King City, en el valle de Salinas, que tienen que conformarse con una porción de tierra mala, seca, poco apta para el cultivo, lo que lleva a su propietario, Sam, a una continua labor de búsqueda de agua perforando una y otra vez la dura y seca costra de sus tierras. Búsqueda infructuosa en cuanto al agua pero no en cuanto a la especialización en la construcción de pozos, actividad que junto a sus dotes de herrero y carpintero constituyen la fuente de ingresos de la familia. Sam Hamilton y su esposa Liza son dos contrapuntos complementarios: ella profundamente religiosa, abnegada madre y la gestora de la economía familiar, una mujer con los pies firmemente asentados en el suelo. Por el contrario, Sam es el soñador, continuamente inventando y gastando el dinero en las patentes. Básicamente, los Hamilton son una familia eminentemente trabajadora.

La otra familia que llega a Salinas, procedente de Connecticut, es la compuesta por Adam Trask y su esposa. Antes de que Adam llegue a Salinas se nos cuenta cómo es la vida de su padre Cyrus, un charlatán embaucador que logra a base de engaños hacerse un hueco en Washington como consejero militar, consiguiendo una sustanciosa fortuna a pesar de no tener conocimientos militares. Sus hijos, Adam y Charles, hermanastros, se desarrollan sin el amor paterno. Esto influye de manera diferente en cada uno de ellos, Charles anhela ese amor mientras que Adam, al ser huérfano de madre desde sus primeros meses de vida y no tener el cariño de su madrastra, ve algo normal el no tener tampoco el cariño paterno. Tras su paso por el ejército y posterior vagabundeo Adam regresa a las tierras familiares, trabajadas por Charles, sin ningún plan de futuro ni aspiración en la vida. La llegada de Cathy y la herencia paterna hacen que Adam tome la decisión, que lleva barruntando un tiempo, de trasladarse a las fértiles tierras de Salinas.

Es curioso como perfila el autor estas dos familias: Los Hamilton con Sam a la cabeza son esforzados trabajadores que pelean duramente cada uno de sus logros, deben ganarse cada día el pan con el sudor de su frente, además de ayudar a la comunidad de vecinos en lo que buenamente puedan. Sin embargo, Adam es todo lo contrario: no tiene meta alguna en la vida y una vez recibida la herencia se dedica exclusivamente a vivir de las rentas sin preocuparse en prosperar ni en colaborar con la sociedad. Es decir: contrapone una familia obrera a una familia que vive del capital. No solo eso, los males se ceban siempre en Adam y sus hijos. Viniendo de un autor crítico con el capitalismo y acusado de comunista antes de la publicación de este libro, no creo que esta elección se haya dado al azar, más bien pienso que lleva un mensaje oculto contra el capitalismo y a favor de las clases trabajadoras.

Otro punto interesante es el modo en que el autor trata el tema de la cultura y en quien la hace recaer. Recordando una cita atribuida a Steinbeck:

"Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo."

¿Cómo son los personajes con respecto a este punto? Los Trask no tienen prácticamente ninguna relación con la cultura, Adam rechaza entrar en la academia militar y sus hijos Cal y Aron solamente cursan los estudios básicos. Aron ingresa en la universidad sólo a lo largo de un semestre (curiosamente Steinbeck se traslada a estudiar a la universidad de Stanford pero no acaba lo estudios). Sam Hamilton es un apasionado del conocimiento, devorando cualquier libro que cae en su poder, incluso una de sus hijas llega a ser maestra de escuela. Por último está Lee, el único licenciado y lector empedernido, cuya vocación es montar una pequeña librería. Es decir, los Trask son los únicos que salen mal parados en su relación con la educación y la cultura. Curiosamente son los únicos estadounidenses ya que los Hamilton son irlandeses y Lee es chino-americano. Da la impresión de ser un toque de atención del autor a sus compatriotas.

Pero vayamos a la historia de fondo que se va propagando y ampliando a lo largo que avanza la novela: el crimen que comete Caín sobre Abel y la marca con la que Caín queda estigmatizado. Parece como si la sangre de Caín corriera por las venas de algunos Trask ya que esta situación: un hermano que mata a otro hermano, aunque no literalmente, al no ser correspondido por el amor paterno, ocurre en dos ocasiones en esta familia. En primer lugar en el episodio ocurrido entre Charles y Adam con cuchillo como ofrenda por medio y la segunda ocasión será la propiciada como respuesta al rechazo que hace Adam de los beneficios obtenidos por los negocios de Cal en contraposición a la alegría de los estudios de Aron.

¿Cuál es la historia de estos hermanos? Adam y Cathy llegan a Salinas estando ella ya embarazada de los gemelos. Cathy es una persona intrínsecamente mala, sin sentimientos, que busca el dolor de los demás por capricho. Se podría decir que es una psicópata en tanto en cuanto que ve a los demás como objetos para sus intereses, sin el menor remordimiento ni de empatía. Como dice Steinbeck en algún momento, tiene el alma defectuosa de nacimiento. Con estos sentimientos no es de extrañar que no quiera tener descendencia, y al no ser posible, abandone a sus hijos y marido nada más nacer éstos. Este abandono marca para siempre el destino de los gemelos: a lo largo del primer año son educados por Lee ya que su padre queda en un estado ausente. Tal es el abandono del padre que ni siquiera les da un nombre. Son sus amigos Lee y Samuel los que obliga al padre a hacerse cargo de sus hijos. La figura paterna va creciendo poco a poco a medida que Adam va asumiendo sus responsabilidades pero el verdadero referente de los niños es Lee, figura fundamental junto a Samuel Hamilton en la historia de esta familia.

Cal y Aron son muy diferentes: Aron es trabajador, obediente, tímido y responsable, vamos el niño que cualquier padre desea. Por el contrario Cal es inquieto, travieso, avispado, rebelde. Es como el envés de su hermano. El inconformismo lleva a Cal irremisiblemente a confirmar personalmente los rumores que existen por la ciudad: acaba conociendo a su madre. En este momento se desata una lucha interior en él con varios frentes: ocultar este descubrimiento a su hermano por todos los medios posibles, intentar ganarse el cariño paterno y luchar contra la maldad que cree heredada de su madre. Su combate interior es feroz y parece que va ser capaz de contenerlo hasta el momento en el que la historia se vuelve a repetir: Aron y Cal ofrendan a su padre las primicias de la temporada: Aron sus notas en los estudios universitarios y Cal el dinero ganado honradamente. Adam elige la ofrenda de Aron y rechaza la de Cal que en un arrebato de ira cuenta a Aron la verdad sobre su madre. Caín vuelve a mata a Abel.

He dejado para el final lo que a mi entender es lo verdaderamente importante. En una magnífica escena podemos contemplar a Lee, Samuel y Adam reflexionando sobre el pasaje de Caín y Abel, y la condena que Dios impone a Caín. Lee comenta el significado de la palabra hebrea: timsel, y su traducción más adecuada. Lee indica que la mejor opción es traducir esta palabra como posibilidad. Caín es condenado por Jehová por su inimaginable y tremendo crimen, pero tendrá la posibilidad o bien de seguir marcado por ese pecado y vivir condenado para siempre o bien sobreponerse y alcanzar el perdón y la felicidad. Es decir, que todos y cada uno de los hombres, sean cuales sean sus pecados y condiciones, tienen la posibilidad de alzarse sobre éstos y triunfar ante cualquier maldición o pre-destino asignado. El libre albedrío.

En la última escena se ve a un padre en su lecho, perdonando el pecado cometido por un arrepentido Cal. Parece como si la historia bíblica de Caín y Abel que se ha ido repitiendo una y otra vez en esta familia se quebrase en el momento en el que ambos: padre e hijo, se dan cuenta que son ellos los que deben poner los medios para salir de ese círculo. Son ellos los que han elegido cometer los pecados y son ellos los que eligen arrepentirse. No son los demás los que les obligan, ni las circunstancias, ni los genes. No hay mal innato: todos, en cualquier situación, siempre, tenemos la posibilidad de elegir.

Siempre decidimos.
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Headhunters. Jo Nesbo - Paula Barbero





Jo Nesbo apareció en el panorama de la novela negra con varias etiquetas a sus espaldas. Músico, taxista, deportista o corredor de bolsa eran algunas de ellas. Y encima llegaba acompañado de un problemático y alcohólico agente de la ley, Harry Hole. Aun así, demostró tener un gran talento y saber lo que hacía, que tenía algo que contar, y sabía cómo hacerlo, algo que hemos podido disfrutar sus lectores en cada entrega protagonizada por el conflictivo Harry Hole.


El noruego nos deleita ahora con otra caja-sorpresa. Si en sus novelas de Harry Hole ya ha demostrado saber cambiar el registro, usar nuevos trucos y técnicas, y ser un maestro, no solo de la narración, sino también de los trepidantes giros que introduce en sus tramas, ahora llega con Headhunters. En esta novela cambia totalmente registro, tono y protagonista, y vuelve a sorprender demostrando su polivalencia, con una novela de acción trepidante y juegos de inteligencia. En este campo también es un todoterreno.

Sin embargo, no era su intención demostrar esto al escribir la obra. “Siempre digo que la idea es lo más importante cuando vas a escribir una historia. Si partes de la premisa de que vas a escribir una novela de Harry Hole, sin saber de qué va a ir, partes de una premisa equivocada, o al menos para mí es el punto de partida incorrecto”, explica el noruego, que cree que Headhunters no necesitaba a Harry Hole, y es que la creación de esta novela (le llevó tres meses) la compara con la escritura de una canción, nada que ver con el minucioso trabajo que lleva detrás cada entrega protagonizada por Hole.

“Tienes que empezar con una idea, y luego descubrir y encontrar qué necesitas para contar la historia, y en muchos casos, lo que la historia necesita es a Harry Hole, pero esta historia no necesita a Harry Hole”. Esto es lo que sentencia el noruego, que adelanta al lector que Headhunters es una novela más de "entretenimiento", no tan personal como las de Harry Hole, y es que, es difícil no compartir con Jo Nesbo la opinión de que para disfrutar este libro “solo hay que sentarse y leer”, dejarse llevar.

Jo Nesbo, que también ha hecho sus pinitos en la literatura infantil, cambia totalmente de contenido y de continente (algo menos de 300 páginas), así como todo lo demás, y con todo, acierta, engancha, conquista y mantiene atrapado al lector a través de cada página de Headhunters, con las ansias de llegar al final y poder respirar tranquilo y relajado.

El protagonista es esta vez Roger Brown, el cazatalentos más famoso del país, que, para poder mantener su nivel de vida, se dedica al robo de obras de arte. Con esta carta de presentación y un puñado de personajes más, nos vemos inmersos, sin comerlo ni beberlo, en una trepidante trama de acción, ahogados en la velocidad a la que recorremos las páginas, mientras asistimos a un juego de mentes, llevado con tal maestría que nos sentiremos en la piel de la primera persona que nos cuenta la historia y nos creeremos hasta el más inverosímil de los detalles.

Nos encontramos además con un personaje principal difícil de aceptar. Si bien protagonistas de grandes series (Harry Hole sin ir más lejos) están hechos de una pasta que hace que los adoremos, aunque no sean perfectos, Roger Brown no deja de ser un delincuente, un personaje con una “mente criminal, pero un buen tipo”, si usamos las palabras de su creador, lo que le convierte en “una persona difícil de gustar”, que incluso puede parecer desagradable en las primeras páginas.

Pero esto no deja de ser otro “desafío como escritor”, y es que Jo Nesbo parece satisfecho de haber aceptado el reto de intentar, y conseguir en muchos casos, que un protagonista así consiga conquistar al lector, cuando “en realidad, ni siquiera es una buena persona”.

A pesar de esto, de no haber Harry Hole por ningún lado, e incluso de no asistir a ninguna investigación, la osadía de Jo Nesbo de deshacerse de sus trucos para el éxito y arriesgarse con algo diferente no defrauda. Las 272 páginas de acción; una narración en primera persona de Roger Brown, que es todo un acierto y hace sentirse dentro; el tono del protagonista, con el que conectaremos desde el principio, nos guste o no; una serie de personajes bien dibujados, como suele acostumbrarnos Nesbo; y ese juego de mentes, estrategias, miserias humanas y acción conforman una novela original y difícil de pasar por alto.

Los amantes de Harry Hole podrán disfrutar de la versatilidad de Jo Nesbo en Headhunters, mientras sus detractores tal vez se vean conquistados con este registro tan diferente, y a los no iniciados en la pluma del noruego les servirá como un exquisito aperitivo que les dejará con ganas de pasar al plato principal dentro de su producción literaria, al que podríamos poner el nombre de Petirrojo.
Pero para eso parece que habrá que esperar a 2012, fecha programada para que ocupe nuestras librerías la traducción al español de esta obra que se llevó en 2008 el premio a la mejor novela del año por parte del Norwegian Book Club. Además, vale la pena destacar que los beneficios de Headhunters, en todas sus ediciones y formatos (incluyendo la versión cinematográfica, ya estrenada, de Yellow Bird), están yendo a parar a la Fundación Harry Hole. Jo Nesbo demuestra otra faceta suya, la más solidaria, con la creación de esta fundación, cuyo objetivo es reducir el analfabetismo entre los niños del Tercer Mundo.
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Los problemas de los hombres simples: Sábado por la noche y domingo por la mañana. Allan Sillitoe - G.A. Vázquez



Cuando en torno a los treinta años, a finales de los '50 del siglo pasado, Allan Sillitoe escribió Sábado por la noche y domingo por la mañana, planteándose la escritura como un radical cambio de vida tras una tuberculosis, seguramente el hecho de escribir no fue algo fortuito, sino el fruto de una intensa búsqueda interior, persiguiendo la resolución de un hondo conflicto personal entre el rol obrero que le correspondería por su extracción social y entorno familiar, y su vocación intelectual. El germen de ese conflicto acabaría sin duda reflejado en esta novela.

La insulsa vida de un joven teddy boy de un barrio obrero de Nottingham, que huye cada sábado por la noche de la vida alienante de su trabajo en una fábrica, emborrachándose, enredándose con mujeres, fanfarroneando y montando bronca, podría ser muy similar a la que vivió el propio Sillitoe en la misma ciudad en la época en que está ambientada la historia, en aquella Inglaterra de posguerra en la que la juventud vivía de forma nihilista, sintiendo que no había futuro ante la amenaza nuclear propia de la guerra fría —“no existe la seguridad”— y la frustración que la realidad arrojaba sobre los sueños de sus padres. Poco más había que hacer que quemar las naves cada fin de semana: pasearse sobre el filo, tensando los límites de la existencia hasta su punto de ruptura. Trabajo duro, nihilismo, provocación, dandismo proletario, alcohol (mucho alcohol), sexo ilegítimo y violencia. A eso se reducía la rabia contra un sistema que atenazaba a sus jóvenes, un sistema en el que la familia y la sociedad parecían cárceles de entre cuyos muros la huida parecía una quimera. Sillitoe recoge perfectamente la ira y el sinsentido con el que vivía aquella generación, la primera que se atrevió a rebelarse directamente contra la de sus padres, obreros acomodados, por fin, tras una dura lucha en la que los obreros alcanzan unas condiciones de vida dignas, tras pagar el alto precio de un cruel y sistemático exterminio de dos guerras mundiales.

Sábado por la noche y domingo por la mañana, a pesar de mostrar una realidad similar a la que Sillitoe nos acercaba en su posterior y más conocido relato La soledad del corredor de fondo, lo hace desde una perspectiva bien diferente: si La soledad del corredor de fondo mostraba el rencor y los pensamientos de un joven delincuente juvenil recluido en un reformatorio, con un estilo rápido y duro próximo al hard boiled, Sábado por la noche y domingo por la mañana nos muestra la realidad de un joven que destaca por su habilidad para mentir y la picaresca con un tono más amable, menos agresivo, de tal forma que podría recordarnos perfectamente a los personajes populares de los suburbios de Monterrey retratados con cierto humor por John Steinbeck en novelas como Cannery Row o Dulce jueves. Personajes para los que la vida podía resultar siempre tan ardiente como la hoja afilada de un cuchillo, presos de un destino irremisible y fatal que no cabe más que aceptar, mientras esperan el golpe de suerte que los conduzca a un cambio vital liberador. La familia desempeña en este caso el rol de una institución más, diseñada para oprimir y controlar a todo aquel que se salga un poco de los cauces metódicamente diseñados para la clase obrera. Tan alienante resulta el trabajo en al fábrica, como la vida en familia, el ejército o —por qué no— los sábados por la noche de borracheras, sexo, pequeña delincuencia y peleas callejeras

Y aún así, a pesar de la desesperanza, la rabia, la frustración y la alienación, el personaje de Arthur Seaton, que tan bien parece conocer Allan Sillitoe —quizás porque ambos compartían mucho más que las iniciales de su nombre—, se rebela contra su destino creando mundos paralelos que contrarresten la sórdida existencia en la que vive, mientras se dedica al antiguo oficio de entretejer ficción y realidad, con el fin de crear hermosos sueños con apariencia de certezas que complazcan a la audiencia, siempre ávida de respuestas válidas, no siempre más ciertas que aquellas que la dura realidad impone. Arthur Seaton, al igual que el joven autor de esta novela, sabe que no hay mentira que parezca cierta sin que encierre algo de belleza en su interior, así como no hay realidad soportable si no se adereza con mentiras bien construidas. En eso se basa el oficio más viejo del mundo, el de contador de historias. Porque, no lo duden: por más que haya quien quiera otorgar a la prostitución ese honor, ninguna prostituta llegaría demasiado lejos ejerciendo con la cruda verdad como herramienta.

La gran paradoja con la que se debate el protagonista de Sábado por la noche y domingo por la mañana es que para huir de esas cárceles aparentemente doradas en las que se ve atrapado, no parece haber otra huida que la de fundar su propia familia. Contra esa solución se rebela, mostrando ese miedo al compromiso, a las ataduras, que sin embargo pueden ser un tibio refugio ante la tempestad. Alguien demasiado acostumbrado a improvisar, a no pensar en un futuro que quizás nunca conozca, no terminará nunca de sentirse cómodo en la estricta y convencional planificación que una familia y un trabajo al uso requieren. El autor pareció encontrar soluciones al conflicto, tras su intensa búsqueda. No parece improbable que el personaje pudiera acabar llegando a soluciones similares, pero es algo que no sabremos nunca con certeza, la duda que siempre nos asalta tras el punto final de una historia.

El mérito de Sillitoe no está en retratar una sociedad obrera sólidamente anclada en estructuras familiares antiquísimas y aparentemente inamovibles en una mundo que intenta salir a flote de una guerra bajo la inminente amenaza de otra más devastadora, tampoco en reflejar el modo de vida de una juventud que vive como si el futuro no existiera, sino quizás resida —tal como el propio escritor dijo refiriéndose a John Osborne, integrante como él de la generación de los Angry Young Men en que supo hacernos ver que “los problemas de los hombres simples son los problemas de los dioses”. Al fin y al cabo, como sabemos, el Olimpo fue creado a imagen y semejanza de los hombres.


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La tormenta de hielo de Rick Moody. Sexo, mentiras y tebeos Marvel - Eduardo M.



La tormenta de hielo, la novela más popular del norteamericano Rick Moody, ofrece un lúcido retrato de las dificultades de la clase media estadounidense para adaptarse a los cambios introducidos por la revolución sexual. En sus páginas, adultos hipócritas y adolescentes desorientados se encuentran con la familia de superhéroes más famosa del mundo del cómic.

A principios de los años 60 y tras un par de décadas en las que las preferencias del público estadounidense se habían decantado hacia géneros como el terror, el western o el romance, los tebeos de superhéroes pasaban a gozar de nuevo del favor de los lectores. Ante el éxito de las colecciones de equipo, especialmente de la Liga de la Justicia de DC Cómics, la editorial Marvel Cómics encomendó en 1961 al escritor y editor Stan Lee la creación de una nueva cabecera que debería estar protagonizada por un grupo de superhéroes. Fruto de este encargo vería la luz, con fecha de portada de noviembre de 1961, el primer número de Los 4 Fantásticos, escrito por el propio Lee y dibujado por Jack Kirby. El cuarteto protagonista recibía un baño de radiación cósmica al probar precipitadamente un cohete experimental, lo que les otorgaba una serie de facultades extraordinarias que decidían utilizar en beneficio de la humanidad. Los componentes del grupo eran Reed Richards (Míster Fantástico), pareja y futuro marido de Sue Storm (la Mujer Invisible), hermana de Johnny Storm (la Antorcha Humana); el cuarto en discordia sería Ben Grimm (la Cosa), el mejor amigo de Richards. Pese a participar de los rasgos propios del género de los superhéroes, la cabecera mostró desde sus primeras entregas una dinámica propia, derivada de la existencia de vínculos familiares entre los personajes protagonistas. Para los 4 Fantásticos, ninguna amenaza sería tan peligrosa como aquella que pudiera destruirlos como familia.

El escritor norteamericano Rick Moody (1961) demuestra conocer bien las peculiaridades de esta serie al incorporarla al paisaje que dibuja en su novela La tormenta de hielo (1994), obra magníficamente acogida por la crítica en su día y que situó a su autor entre las figuras más prometedoras de su generación. La acción tiene lugar en el año 1973, momento en el que comenzaban a consolidarse en Estados Unidos los cambios introducidos por la denominada revolución sexual. Bajo este rótulo suele designarse a la puesta en cuestión de la moral sexual tradicional, la única que hasta aquel momento se presentaba como legítima, por la convergencia, entre los años 60 y 80, de una serie de corrientes de distinta naturaleza: movimientos sociales (el feminismo, la reivindicación de los derechos de los homosexuales o de formas de sexualidad alternativas); avances científicos y médicos relacionados con la sexualidad (el desarrollo de la píldora anticonceptiva); la difusión masiva de informes, ensayos y literatura de divulgación sobre sexualidad, auténticos best-sellers durante años; e incluso cambios legales (despenalización del aborto). El resultado fue una lenta pero imparable transformación social centrada en la forma de vivir la sexualidad que, inevitablemente, terminaría por afectar el modelo de relaciones afectivas y familiares vigentes hasta el momento.

Los protagonistas de La tormenta de hielo pertenecen a dos familias, los Hood y los Williams, que viven en un barrio residencial de New Canaan (Conneticut). Tanto ellos como el círculo de relaciones que frecuentan pertenecen a un estrato social que, por formación y posición económica, debería estar preparado para asimilar los cambios que sobrevienen. Sin embargo, lo que Moody pretende mostrarnos es precisamente lo contrario, la inseguridad, el desconcierto, las contradicciones e incluso el temor de estos personajes ante el proceso de cambios al que deben enfrentarse.

En la novela encontramos a una comunidad que, lejos de sumarse a la ola de cambio y vivir sus relaciones de una forma más abierta y sincera, añade nuevas capas de hipocresía y fingimiento a su conducta. El hecho de que varios personajes mantengan relaciones extramatrimoniales no sólo demostraría una insatisfacción con la vida que llevan, sino también su incapacidad para afrontarlo y obrar en consecuencia. La nueva moral sexual pasa a ser la coartada que se dan a sí mismos para justificar la mentira y la ocultación. Además, en el entorno de los protagonistas comienzan a popularizarse las reuniones de matrimonios que terminan con un juego de intercambio de parejas, un simple divertimento burgués o quizá el ensayo de un nuevo modelo de relación de pareja. Alguno de los personajes ve en ello una ocasión para cumplir sus fantasías, otros sienten un rechazo instintivo, pero ninguno de ellos expresa claramente lo que piensa. La presión del grupo y el deseo de no aparentar puritanismo les lleva a ajustar su comportamiento no a sus propios deseos y convicciones, sino a lo que se espera de ellos.

Pero probablemente sea la incomunicación entre generaciones lo que mejor ilustre el cinismo y la falta de sinceridad de los personajes. Tanto los Hood como los Williams tienen hijos adolescentes que se encuentran en pleno proceso de construcción de su propia identidad. Frente a la liberación sexual que reclaman para sí mismos, sus padres son incapaces de transmitirles una moral sexual distinta a la que ellos mismos heredaron. La liberación de los viejos corsés es algo que la generación de los adultos reserva para sí, pero que se cuida de transmitir a sus hijos.

Paul, el hijo de los Hood, atraviesa la crisis de identidad propia de su condición adolescente. A las dudas e inseguridades propias de su edad se suman los habituales problemas de comunicación con sus padres. Ávido lector de Los 4 Fantásticos, Paul proyecta en los cómics sus expectativas y frustraciones e identifica las disfunciones de su propia vida familiar con las constantes amenazas a las que se ve sometido el grupo de superhéroes. Mostrando un profundo conocimiento de la historia de la primera familia Marvel, Moody trae a colación los números 140 y 141 de la cabecera original, publicados precisamente a finales de 1973. En ellos tiene lugar uno de los acontecimientos clave para el devenir familiar del grupo, el bloqueo por Reed Richards de la mente de su hijo Franklin hasta dejarlo en un estado comatoso, que conduciría a una crisis conyugal y a la efectista (y efímera) disolución del cuarteto. “Cuando Paul llegó a las viñetas de la mitad de debajo de la página treinta y uno [de número 141], fue como si todo el día, incluso todas las vacaciones, llevaran a un solo momento. Estaba seguro de que Stan Lee mantenía alguna comunicación con el universo (…) y que por medio de la visión espiritualmente avanzada de Lee, el propio destino de Paul estaba atrapado en las aventuras mensuales de aquellos superhéroes tan kitsch”. Como curiosidad, señalar que Moody atribuye el guión de esta historia a Stan Lee, cuando el autor del mismo es Gerry Conway.

Tal vez pueda reprochársele a Moody un exceso de transparencia en sus propósitos. Sus personajes resultan en ocasiones un tanto unidimensionales, caracterizados sólo por aquello que nos permite constatar el fracaso de su proyecto familiar. Algo similar puede decirse de la “tormenta de hielo”, el gran evento exterior que funciona como muy obvia metáfora del trance emocional al que se verán sometidos los protagonistas de la novela. Sin embargo, gracias sobre todo al hábil manejo de diferentes voces narrativas, el autor es capaz de construir un relato sólido y convincente, capaz de transmitir una imagen poco tranquilizadora de las relaciones familiares.

Finalmente, en La tormenta de hielo encontramos un discurso ambivalente muy propio de las ficciones familiares contemporáneas. Frente a la complacencia con que la institución familiar era retratada por los medios de masas hasta aproximadamente los años 80 (recordemos a los Brady, los Bradford, los Huxtable), las fotos de familia del siglo XXI suelen incorporar un cierto grado de disfuncionalidad (pensemos en los Simpson, los Fisher, los Tenenbaum). Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer, no es difícil encontrar, bajo una superficie aparentemente crítica, un discurso legitimador que no conduciría al derribo de la institución familiar, ni siquiera a una revisión profunda, sino simplemente a aceptarla con sus imperfecciones. Entendiendo que Moody participa de esta idea comprenderemos mejor la escena final de su novela, en la que uno de los personajes cree ver en el cielo la imagen de un cuatro en llamas, el Fantasti-Flare, la bengala que los 4 Fantásticos utilizan para llamarse entre sí y enfrentarse a una nueva amenaza hombro con hombro, como una familia.


Moody, Rick (1999): La tormenta de hielo. RBA, Barcelona.
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