Diez días que estremecieron al mundo de John Reed - Sebastián Fontana (Arden)



John Reed
Hay personas que tienen la suerte o el acierto de estar en el momento justo en el lugar adecuado para ser testigo de uno de los mayores acontecimientos de la Historia con mayúsculas, el cual cambiaría la vida de millones de personas y del mundo tal y como se conocía hasta ese momento. Filosofía, economía, sociología, nada sería igual a partir de ese momento, llegando incluso a producirse posteriormente la bipolarización en dos mundos opuestos, el capitalista y el comunista, con una Guerra fría que podría haber dado lugar a un enfrentamiento entre las dos grandes potencias de la 2ª mitad del siglo XX, la Unión Soviética y los Estados Unidos, que hubiera llevado a la aniquilación de la civilización. Y todo comenzó con la revolución de octubre de 1917 en Petrogrado (Imperio Ruso) que llevaron a cabo un puñado de hombres decididos en medio del caos, y del que fue testigo de primera mano John Reed (Portland, USA, 22 de octubre de 1887 – Moscú, Unión Soviética, 19 de octubre de 1920), un periodista norteamericano comunista que supo plasmar en su libro Diez días que estremecieron al mundo cómo se produjo el cambio de régimen en Rusia, donde se desmoronaba definitivamente el viejo mundo para dar lugar a uno nuevo y completamente desconocido.


Coronación del Zar Nicolás II

El Imperio Ruso

Moscú, 1913. La dinastía Románov está en pleno apogeo y se centra en celebrar el tricentenario de su dinastía al frente de todas las Rusias. Para ello las autoridades organizaron la celebración de grandes fastos. El Zar Nicolás II y su esposa la Zarina Alexandra organizaron varias cenas de gala multitudinarias y fastuosas, donde los invitados debían vestirse como en la época del primer zar Románov, Miguel I. Las luces brillaban en Moscú, la antigua capital, donde el lujo y el derroche en joyas, trajes, recepciones, etc..., mostraban al mundo y a la población lo sólido del régimen, de una dinastía que se presentía eterna, y así lo parecía siendo un zar querido por el pueblo. Cuatro años más tarde el Zar y su familia morirían ejecutados penosamente dando fin a la supuestamente eterna dinastía Románov.

¿Qué ocurrió para este vuelco tan espectacular en tan pocos años?

A principios del siglo XX el Imperio Ruso era un gigante con pies de barro. Una monarquía autocrática apoyada en una nobleza escandalosamente rica que disfrutaba de enormes privilegios, una burguesía incipiente que reclamaba mayor poder, un proletariado cada vez mayor en las grandes ciudades que vivían en condiciones pésimas, y sobre todo una enorme población campesina en la miseria. Y aún así, el pueblo quería al Zar, el padrecito. No obstante, la guerra ruso-japonesa, con la derrota humillante de las tropas rusas, y el domingo sangriento de 1905, en el que perecieron más de 200 personas saliendo heridas otras 800, las cuales habían salido a manifestarse pacíficamente para pedir al padrecito Zar mejoras en sus condiciones de vida, ya dieron muestra de la debilidad del régimen. A partir de ese momento el Zar dejaba de ser ese padrecito que velaba por todos sus súbditos. Pero, aún así, nadie podía prever lo que iba a pasar unos años más tarde.

El detonante llegó con la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial en 1914. Una guerra que se preveía corta acabó convirtiéndose en la tumba de más de 10 millones de personas, provocando una catástrofe en Rusia. Este era un país poco preparado para una guerra moderna, tenían una gran superioridad en número de soldados, pero estos eran carne de cañón, mal armados, mal dirigidos por oficiales aristócratas prepotentes que disfrutaban de grandes privilegios mientras los soldados pasaban hambre. Por lo que derrota tras derrota, al llegar 1917 el país se hallaba al borde del colapso. La inflación, el desabastecimiento, el hambre, los bajos salarios, las penosas condiciones de trabajo, y sobre todo la guerra en la que morían miles y miles de campesinos, mal pertrechados y mal alimentados, provocaron la primera revolución en el mes de febrero de ese mismo año. Dicha revolución con un carácter más liberal, terminó con la abdicación del Zar y el nombramiento de un Gobierno provisional, que acabó encabezando Kerenski, un social-revolucionario, que hizo muchas promesas pero pudo cumplir pocas dadas las carencias y las urgencias que tenía el país, en el que estaban representados varios partidos pero principalmente socialistas moderados y liberales, siendo boicoteado a derecha e izquierda, por lo que se llegó al mes de octubre de 1917 con una situación catastrófica en todos los aspectos, y ahí es donde comienza el libro.



Diez días que estremecieron al mundo de John Reed

En primer lugar, hay que destacar que no estamos ante un ensayo. El libro no es un análisis de la Revolución de octubre de 2017 desde el punto de vista teórico o histórico, es una narración de los hechos tal y como los vivió el autor en esos días precisos, como testigo de los mismos. El libro tiene una gran intensidad, pasamos de los debates de los bolcheviques en el Instituto Smolny, antiguo edificio zarista utilizado por aquellos como cuartel general durante la revolución, a la sede de la Duma, la asamblea estatal, con los debates de los legítimos representantes del pueblo, al asalto al Palacio de invierno, al frente militar cercano donde se combatió por la Guardia Roja a las fuerzas de Kerensky que quería recuperar el Gobierno, y después a Moscú. En segundo lugar, hay que destacar el punto de vista de los hechos. John Reed no es un espectador neutral, era un periodista que comenzó a trabajar para el periódico radical The masses en 1913, que siguió la revolución mexicana acompañando a Pancho Villa en sus campañas en el Norte de México, y escribiendo sobre ella el libro México insurgente, y posteriormente a su vuelta a los EE.UU en 1919 fue expulsado del Congreso socialista nacional fundando con los disidentes el partido comunista de los EE.UU., escapó de su país al ser acusado de espía huyendo a la Unión Soviética, donde murió y está enterrado en la necrópolis de la muralla del Kremlin con numerosos dirigentes bolcheviques.

Con esto lo que quiero destacar es que no estamos, como podría parecer, ante un corresponsal extranjero en Rusia que describe la situación con equidistancia, como frío observador de los acontecimientos. No es así. El autor presenta en numerosas ocasiones una visión romántica de la revolución. Así, por poner un ejemplo, cuando está en Moscú, donde ha habido una lucha encarnizada entre revolucionarios y partidarios del Gobierno legítimo, cuenta el funeral de los camaradas muertos en la lucha:

“Aquel era el día del pueblo, y el clamor de su llegada se asemejaba al rugido del oleaje embravecido...
(…)
Abriéndonos camino a través de la copacta muchedumbre hacia los muros del Kremlin, trepamos sobre los montones de tierra. Algunas personas se encontraban ya allí, entre ellas Muralov, el soldado que había sido elegido comandante de Moscú, n hombre corpulento y barbudo, de rostro benévolo y aire sencillo.
Riadas de gentes desembocaban por todas las calles hacia la Plaza Roja, millares y millares de seres con las huellas de la miseria y las penalidades. Una banda militar llegó tocando La Internacional y, espontáneamente, el canto se apoderó de la multitud, propagándose como las ondas sobre el agua, majestuoso y solemne. De la muralla del Kremlin colgaban hasta el suelo gigantescos pendones rojos con grandes inscripciones en rojo y blanco que decían: “A los primeros mártires de la revolucion socialista mundial” y “¡Viva la fraternidad de los trabajadores del mundo!”.

Es decir que en determinados momentos se impone una poética bolchevique antes que una visión imparcial de la realidad.

Palacio de invierno de San Petersburgo octubre 1917


Otra de las cuestiones que llama la atención es que el autor esté en cada uno de los principales escenarios de la revolución justo en el momento en que ocurre lo más importante, con gran clarividencia por su parte, don de la oportunidad, e incluso puede que don de la ubicuidad, accediendo a escenarios a los que era prácticamente imposible acceder en esos momentos, escenarios de guerra, como el  interior del Palacio de invierno durante su asalto, pero parece ser que él lo conseguía, con gran riesgo para su vida y una dosis de suerte enorme, porque dada la inseguridad sobre la validez de los documentos emitidos, como ejemplo destacar la inseguridad de los salvoconductos emitidos por uno u otro bando entre los que se movía como pez en el agua, y la arbitrariedad de las ejecuciones y el azar, lo extraño es que no acabara muerto, como así cuenta en varias ocasiones.

Frente a los enormes problemas que tenía el país y con los que tenía que lidiar el Gobierno, un gobierno precario atacado a la derecha por los Kadetes, monárquicos, terratenientes, es decir un grupo reducido pero con mucho poder, y a izquierda por los grupos más radicales, los bolcheviques ofrecían soluciones sencillas de prometer y difíciles de conseguir, pero como siempre ocurre la gente siempre lo que quiere es ilusión, esperanza, llegar a la meta prometida y que les ofrezcan una solución a sus problemas sin pensar en el coste de realizar esos sueños, de ahí lo fácil que es que las masas caigan en manos populistas.

Lenin dirigiéndose a la multitud con Trotski a un lado
El programa de los bolcheviques era claro: la paz, la tierra para los campesinos, la industria para los obreros, y un gobierno obrero, así satisfacían las necesidades de los tres grupos principales de la población: soldados, campesinos y obreros. ¿Se iba a cumplir? No. ¿Se podía cumplir? No. Pero eso en una revolución es indiferente. Así, mientras los mencheviques y los socialrevolucionarios, es decir los revolucionarios moderados mayoritarios en febrero, se enredaban en compromisos con la burguesía y los elementos del antiguo régimen, que formaban también una parte importante y poderosa de la población, la más instruida, los bolcheviques conquistaron rápidamente a las masas. Lo importante en una revolución no es ofrecer una visión real, sino el arrastrar a las masas hacia aquella hasta conseguir derrocar al poder establecido, independientemente de que sea mentira lo que has prometido. En un mundo ideal todo lo que se ofrecía era posible, pero en la realidad no, con lo que se estaba llevando al pueblo hacia el precipicio, aún mayor que el que estaban inmersos, pero eso ser vería posteriormente una vez los bolcheviques estuvieron establecidos en el poder, pero por lo pronto todas las promesas sonaban a gloria.

La más importante de las promesas para poder comenzar el asalto al poder era la de finalizar la participación de Rusia en la guerra europea. Una revolución para conseguir el poder necesita solventar dos cuestiones:

1) La primera, imponerse al poder legalmente establecido. Y esto depende no solo de conseguir el apoyo de las masas sino que además necesita poder imponer sus ideas por la fuerza, puesto que salvo excepciones se va a encontrar con la oposición del poder del Estado o del Gobierno contra el que se rebela. En la China comunista de 1989, la revuelta de Tiananmen fue aplasta por los tanques del gobierno, hubo miles de muertos y heridos, y después purgas y cárcel para los disidentes, porque estos no contaban con armas para defenderse, lo mismo ocurrió con la revolución de terciopelo en la Checoslovaquia de 1968 o con el levantamiento de Hungría en 1956. Sin embargo, los bolcheviques consiguieron que los soldados de la guarnición de Petrogrado (San Petersburgo) se pusieran de su lado, consiguieron también armas con las que formaron una Guardia Roja, y contactaron con el ejército del frente y las guarniciones que rodeaban la capital, y después también en Moscú y otros lugares, para que se sublevaran los soldados en contra de sus mandos y oficiales. Así, el Gobierno se encontró con unidades leales, unidades que habían desertado y otras que se declaraban neutrales porque no querían disparar contra otros rusos, aunque no estuvieran a favor de los bolcheviques. Hubo una encarnizada lucha, pero consiguieron por lo pronto rechazar a los que se consideraban leales al gobierno puesto que estas estaban más lejos de la capital.

Los bolcheviques sabían que, puesto que eran una minoría, tenían pocas posibilidades de imponerse en un Congreso con la participación de todas las fuerzas, por lo que se adelantaron a su celebración con la insurrección, tenían pocas posibilidades pero contaban con el efecto sorpresa, los obreros armados y la posibilidad de que algunas de las guarniciones militares se pusieran a su favor. Se arriesgaron a ser derrotados o a ganar, pero lo sabían desde un principio y decidieron que esta vez era todo o nada. Dice Sebastian Haffner en sus Anotaciones sobre Hitler que

 “A lo largo de la historia se han dado dos modos de pensar y de actuar en situaciones de derrota, que podríamos llamar el pragmático y el heroico. El primero busca salvar lo máximo posible del patrimonio amenazado; el segundo trata de dejar una leyenda edificante. Según las circunstancias, ambos tienen sus pros y sus contras.” 

No dudo de que Lenin en caso de derrota hubiera huido a la cercana Finlandia, como ya lo había hecho en el mes de julio de 1917 cuando se había realizado un intento de derrocar al Gobierno,. No tenía vocación de mártir, prefería que la cárcel la cumplieran los demás. En Julio los bolcheviques lograron sobrevivir al recular de la intentona, sin embargo, en octubre, ya con un levantamiento armado una derrota hubiera llevado seguramente a la segunda de las consecuencias, el dejar una derrota heroica que se pudiera exhibir en el futuro ante sus partidarios.

Fundamentales en ese momento fueron los soviets, una especie de asambleas que se habían ido imponiendo en todos los ámbitos después de febrero de 1917, con lo que en realidad el poder siempre era dual, estaba el parlamento, el Estado mayor del Ejército, etc..., pero siempre tenían que acabar teniendo el beneplácito de los soviets. Por ejemplo ,en el ejército del soviet de los soldados. Así si los bolcheviques conseguían el apoyo de los soviets tenían la mitad del trabajo realizado, que es lo que ocurrió. El ejército ya no era esa masa de tropas que obedecían órdenes de sus oficiales, sino que el poder estaba en poder de los soviets que podían ordenar algo diferente al Estado Mayor del Ejército.

2) El apoyo internacional. En este caso el nuevo gobierno bolchevique no fue reconocido por los aliados de Rusia, que no querían que saliera de la guerra, pero sí por los alemanes y sus aliados, que lo que querían era poder terminar con la guerra en el Este para poder concentrar sus fuerzas en el Oeste y derrotar así a sus enemigos.

Lenin llega a San Petersburgo desde Suiza aclamado por la multitud

De hecho, fue Alemania quien facilitó el traslado de Lenin y otros bolcheviques desde Suiza en un tren sellado a través de Alemania, Suecia y Finlandia hasta Rusia, lo cual cuenta muy bien Catherine Merridale en su libro El tren de Lenin.

En cualquier rebelión, normalmente, existen intereses extranjeros que se ponen al servicio del insurrecto con el fin de conseguir sus propios objetivos y debilitar al Estado o al Gobierno legítimo. Sin la ayuda alemana Lenin y sus camaradas no hubieran llegado a Rusia seguramente para encabezar la revolución, pero esto llevó a Rusia a unas pérdidas tremendas, que fueron paliadas por la derrota de Alemania en la guerra.

Territorios perdidos por Rusia por el tratado de Brest-Litovsk

¿Se cumplieron las promesas bolcheviques respecto de la guerra europea? Sí, pero a un precio desorbitado. La guerra terminó con Alemania firmando el 3 de marzo de 1918 la paz de Brest-Litovsk, después de un utópico ofrecimiento de paz indeterminado a todas las naciones realizado por Trotski se llegó a lo práctico que era la firma de esta paz, por la que Rusia perdía Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, la mayor parte de Bielorrusia y reconocía la independencia de Ucrania, es decir que perdía el territorio donde vivía un tercio de su población, un tercio de las tierras cultivadas y el 75 % de las zonas industriales, y además debía pagar una fortuna a Alemania como reparaciones de guerra.

Esto lo que hizo fue que el gobierno bolchevique pudiera dedicarse a combatir en la guerra civil que se había declarado en el país, entre el Ejército Rojo y el Movimiento blanco de opositores, puesto que una parte importante de la población no estaba conforme con el cambio de régimen. Este conflicto duró entre 1917 y 1923, y la guerra se cobró más de nueve millones de vidas debido no solo a las muertes en campaña sino al hambre y la reducción de alimentos y cosechas.

La segunda promesa era la entrega de la tierra para los campesinos. ¿Se iba a conseguir? No, evidentemente, pero como cuenta Reed fue la puntilla para que los revolucionarios bolcheviques consiguieran conservar el poder. Una vez ya tenían a los soldados de su parte, y a la mayor parte de los obreros, faltaba la gran masa de campesinos, en su mayoría ignorantes y analfabetos, que constituían el 80 % de la población rusa, sin ellos la revolución no podría sobrevivir. La izquierda social-revolucionaria era la mayoritaria entre los campesinos, pero qué hicieron los bolcheviques para ganarse a los campesinos, ofrecerles un decreto sobre la tierra, que consistía en lo siguiente:

1.- La gran propiedad sobre el suelo se declara inmediatamente abolida, sin ninguna indemnización.
2.- Las fincas de los terratenientes, al igual que todas las tierras de la corona, los conventos, la Iglesia, con todos sus ganasdos y aperos, sus edificios y todas sus dependencias, pasan a depender de los comités agrarios comarcales y de los sovietes de diputados campesinos de distrito, hasta que la cuestión sea reglamentada por la Asamblea constituyente.
(…)
5.- No serán confiscadas las tierras de los simples campesinos y de los simples cosacos.

Es decir, la tierra se confiscaba a los ricos y se iba a repartir entre los campesinos. Lenin fue muy astuto al convocar un congreso de soviets campesinos y ofrecerles este reparto, consiguiendo el cambio de opinión de los representantes campesinos, que se fueron tan contentos apoyando la revolución.

¿Cuál fue el resultado? Rebeliones campesinas posteriores y la hambruna rusa de 1921-22 que mató a millones de personas. Después de conseguir sucesivas victorias contra el Ejército blanco, se confiscó la tierra y la producción a los campesinos colectivizándola, lo que provocó la rebelión de los mismos, los cuales durante meses resistieron a las veteranas tropas del Ejército Rojo. Murieron unos 240.000, y centenares de miles fueron deportados. En cuanto a la hambruna, provocada por las confiscaciones del grano que se tenía incluso para plantar la cosecha, provocaron un máximo de 5.000.000 de muertos.

Niños muertos por la hambruna
En 1932-33, Stalin provocó un genocidio entre los campesinos ucranianos provocando otra hambruna, se conoce con la palabra Holodomor, y es totalmente desconocida, al contrario que el Holocausto. Sin embargo, el resultado fue igual de espeluznante ya que provocó entre 1'5 y 10 millones de personas muertas de hambre. El 23 de octubre de 1988 el Parlamento europeo aprobó una resolución por la que se reconocía el Holodomor como un crimen contra la Humanidad.


La tercera promesa que se hizo era obtener el control de la industria, con un gobierno obrero. Es decir el poder en la industria para los obreros. Esto sí se consiguió, se eliminó por completo a los empresarios, pero en la práctica fueron sustituidos por cuadros del partido, que alentaban a los trabajadores a que trabajaran más y por menos por bien de la revolución, dadas las carencias que había. En los años 30 se ensalzaba el estajanovismo, es decir el producir más trabajando más creando competiciones entre fábricas. La situación viene reflejada en la obra satírica Rebelión en la granja de George Orwell, donde una revolución entre los animales acaba con el poder de los humanos en la granja, pero los nuevos dueños del poder, los cerdos, se organizan para vivir con los mismos privilegios que los humanos y los animales acaban peor de lo que estaban anteriormente.

En cuanto a los demás derechos que se perseguían, una cosa es pedirlos cuando no se está en el poder y otra es reconocerlos una vez este lo detentas tú.

Cuando los bolcheviques no estaban en el poder las huelgas eran la principal arma contra el Gobierno, un derecho sagrado. Sin embargo, una vez en el poder se prohibieron las huelgas según aviso del Comité Militar Revolucionario de 20 de noviembre de 1917, dijo Lenin: “¡El orden revolucionario! ¡Disciplina revolucionaria! ¡Contabilidad y control riguroso! ¡Nada de huelgas! ¡Nada de holgazanería!”. Las huelgas pasaban a ser “actos de sabotaje” intolerables, y culpaban del hambre y de la situación a los huelguistas. Así, dice Reed que

“En las colas para conseguir pan, que continuaban alargándose en las heladas calles, la gente no echaba pestes contra el gobierno, como ocurría bajo Kerenski, sino contra los Thinoviks, contra los saboteadores; porque el gobierno, ahora, era su gobierno.”

Lo mismo ocurrió con la libertad de expresión y de prensa. Antes de estar en el poder, los bolcheviques clamaban contra cualquier tipo de censura que pudiera hacerse, sin embargo una vez en el poder, lo primero que hicieron fue prohibir la libertad de prensa, dejando solo publicar los periódicos afines, Lenin dijo:

“Tolerar la existencia de la prensa burguesa significa renunciar a ser socialistas. Cuando se hace la revolución, no se puede contemporizar; hay que avanzar o retroceder. El que hable de libertad de prensa retrocede y trata de frenar nuestro avance, nuestra marcha hacia el socialismo.”

Lo mismo respecto de la pluralidad política o la tolerancia a cualquier línea de opinión diferente a la oficial del Partido. Antes de su llegada al poder, los bolcheviques eran minoría y exigían una representación proporcionada, tener voz y voto, incluso mayor que la que le pudiera corresponder, pero una vez en el poder no podía haber más que una voz única, cuando los social-revolucionarios exigieron una cuota de poder y se les denegó, varios de los integrantes más importantes del partido dimitieron y otros firmaron un manifiesto en contra, Lenin dijo:

“¡Ojalá sean capaces de avergonzarse de su conducta los hombres de poca fe, los vacilantes, los pusilánimes, los que se dejan intimidar por la burguesía o capitulan ante el griterío de sus cómplices directos o indirectos! En las masas obreras y entre los soldados de Petrogrado, Moscú y de otras partes, no hay ni sombra de vacilación.”

Se imponía la idea del Pensamiento único, nada de disensiones u opiniones diferentes a la oficial, cualquiera que se apartara de la única línea permitida era considerado un traidor y un contrarrevolucionario, y por lo tanto debía ser purgado. Esto se hizo desde el principio, y alcanzó su cénit con las purgas que realizó Stalin a finales de la década de los años 30 con más de 700.000 ejecutados, y otros tantos llevados a campos de trabajo en los confines de la inmensa y helada Siberia.

En definitiva, del libro de John Reed podemos sacar determinadas conclusiones sobre las razones del éxito de la revolución rusa: la situación de descomposición del Gobierno existente con una población al límite debido a la escasez y la guerra, el acceso a las armas de los insurrectos, la división y desorganización de los opositores a la revolución, la determinación y unión de los bolcheviques y sus líderes, el empezar a legislar inmediatamente a través de decretos que se empiezan a aplicar imponiendo una legislación paralela a la oficial, y, sobre todo, su voluntad de imponer sus ideas al resto de la población a través de la represión, lo que llevó al exilio a entre 1 y 2 millones de rusos, y sobre todo su voluntad de imponer sus ideas fuera al precio que fuera, guerra, miseria, ruina, con muertos y exiliados. Es también lo que ocurrió con la rebelión en España por los fascistas en 1936. Sin estar dispuesto a pagar ese precio para imponer sus ideas difícilmente los rebeldes pueden llevar a cabo sus planes, salvo que se dé un proceso de descomposición previo del Estado o del régimen, con un prácticamente total apoyo de la población a la rebelión y del ejército, y con el reconocimiento internacional posterior a la situación.

Cartel original de la película

Reds de Warren Beatty

El libro Diez días que estremecieron al mundo fue adaptado al cine por el actor y director norteamericano Warren Beatty, consiguiendo la película, entre numerosos premios, 12 nominaciones a los premios Oscar, de los que consiguió tres: Mejor director, mejor actriz de reparto y mejor fotografía, y todo ello en plena revolución conservadora norteamericana con Ronald Reegan como nuevo Presidente electo de los EE.UU. Una película, pues, realizada a contracorriente, donde sonaba la Internacional como banda sonora, con tintes épicos y muy recomendable.

Como curiosidad contar que parte del rodaje fue en España, concretamente en Sevilla, Granada, Guadix y Madrid.

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