Aquella España que pudo haber sido. Una reflexión sobre el mundo de la Generación del 27 - Julia Duce Gimeno



Bello, García Lorca, Juan Centeno y Louis Eaton Daniel, tomando el té en una habitación de la Residencia de Estudiantes, en 1924.

Todos tenemos unas lecturas que condicionan nuestro destino lector cuando somos adultos. De entre las mías unas de las que construyeron mi orientación lectora fueron las Obras Completas de Federico García Lorca, preparadas por Jorge Guillén para la editorial Aguilar. Mi padre compró este libro poco después de su publicación en 1954. Tienen una introducción de Jorge Guillén, un epílogo de Vicente Alexandre y notas de Arturo del Hoyo, publicadas con el permiso del dictador y su paso preceptivo por la censura. Lorca había adquirido tal dimensión internacional con su muerte, de la que el régimen trató de desvincularse, que era necesario reivindicar su figura convertida en un mito universal aunque fuera de manera discreta. Se obviaba, y se medio censuró, todo lo relativo a su homosexualidad, al menos en lo que supieron captar, y algunos otros matices de su vida social y pública. Tampoco es que se asumiera como bandera a un poeta de dudosa moral para el régimen e ideología, aunque no muy militante, republicana.



La lectura de su estudio preliminar supuso para mí el descubrimiento  de lo que fue la riqueza cultural de la época de la República. Pero más allá de ello, fue sentirme dentro de aquella alegre comunidad que constituyeron los miembros de la Generación del 27 y su rompedor concepto cultural, tan alejado del gris panorama que nos rodeaba a mediados de los años 70; aunque fuera presentado con un tono edulcorado y romántico, era un panorama diferente y apasionante de una época que se miraba con desprecio, cuando no se ocultaba, lo que pudo haber sido, si no hubiéramos seguido la estela de aquel legendario “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!” que según dicen grito Millán Astray en el Paraninfo de la universidad de Salamanca. 

Durante mucho tiempo tuve una imagen idílica de aquellos jóvenes intelectuales (difícilmente aplicable el concepto de joven a los que eran ya profesores universitarios con aspecto talludito en las fotografías que se incluían en el volumen de Aguilar) que adoptaban un comportamiento casi infantil y adolescente en juegos y actividades transgresoras y gamberradas universitarias, y serían una de las generaciones más brillantes de la historia de nuestra literatura de todos los tiempos. Veía en ellos un grupo de amigos en los que predominaba el cariño y el respeto. Una pandilla de gloriosos poetas y de intelectuales de la literatura que impusieron una nueva era para la poesía y la investigación filológica, que asumían a los clásicos como algo vivo, con pasión. Todo era camaradería, gestos rompedores en un entorno cultural estimulante jamás visto en nuestro país que siempre fue a rastras o a contracorriente de lo que se hacía fuera. Por una vez llevábamos la iniciativa, no solo en literatura, también en el arte y en filosofía, porque todo ello convivía en armonía en aquella rompedora Residencia de Estudiantes.

Mi favorito sin duda de entre todos aquellos personajes que vivieron en esos agitados ambientes, fue Federico García Lorca. Veía a Lorca como a un hombre bueno y su carisma el elemento aglutinador de toda aquella pandilla. Todo giraba en torno a su creatividad, a su encanto personal y su magnetismo. Finalmente su asesinato lo convirtió en un mito elevado a los altares de la gloria, en un símbolo de la barbarie de lo que significa una guerra civil. Muy alejado de la imagen deprimente, que leería muchos años más tarde, que de él da la novela de Manuel Ayllon, Granada 1936, en la que se  presenta al poeta como un niñato pijo malcriado, cobarde, obsesionado por el sexo. La novela es mala, pero da una versión tal vez más cercana a la realidad de la vida, y sobre todo de la muerte, del genial poeta. No tiene más interés que el documental, que por otro lado tampoco aporta nada nuevo, solo presenta de forma ordenada unos hechos que llevan obsesionándonos desde entonces. 

Hasta ese momento, la lectura de ese estudio preliminar a las Obras Completas,   nunca había sentido tanta afinidad con un escritor, sus poemas y sobre todo su teatro. Supuso para mí la entrada en una nueva dimensión literaria, abrirme a una literatura mucho más sofisticada, descubrir la poesía en el teatro y que este podía ser próximo a la realidad de la crónica de sucesos y a la vez mantener el clasicismo de aquellas tragedias griegas que fueron su origen. Una poesía que por primera vez me resultaba afín y superaba la apatía que me producían los poemas escolares.

Con la entrada a esas vivencias, la cultura perdió para mí ese tono solemne y avejentado y adquirió la vitalidad, la alegría, del gesto provocador y sentí la euforia por la creación poética y el arte. No hacían literatura, era la literatura la que se hacía vida en todos los aspectos de la creatividad. El arte era pura vida, el motor de la existencia y lo que modelaba la moral y la ética. Porque Lorca fue un artista completo: literatura, música, dibujo, vida, eran arte en él y se interrelacionaban. 


Madrid, Paseo de la Castellana 1930

No era consciente todavía de que eran solamente una élite, los hijos de una burguesía refinada, que sus ideas no dejaban de ser minoritarias en un país en el que lo que predominaba era una población rural semianalfabeta y empobrecida, la de La aldea del crimen de Ramón J Sender, la de los aparceros y el hambre, el caciquismo, y la Iglesia imponiendo su moral. En la que también había una literatura de consumo popular, en esencia vulgar, sin más aspiraciones que los referentes primarios y el entretenimiento. La que ha desaparecido por completo. 


Aquellos jóvenes vivían de forma, tal vez inconsciente, una época turbulenta. Pertenecían a la élite social de un país con enormes diferencias sociales dentro de aquellos ambientes europeos y cosmopolitas. Había una ruptura entre aquella brillante sociedad que podíamos entrever en las tertulias literarias de la capital y en sus viajes a provincias y la tradición rancia de la miseria cultural y de las clases obreras que empezaban a afiliarse a las ideas revolucionarias, derivada de los grandes movimientos sociales europeos que fueron el socialismo y el anarquismo. Aquel entorno que fue capaz de traer a nuestro país a figuras como Albert Einstein y Madame Curie, actuó como punta de lanza de las vanguardias europeas en el arte, fue tan sólo un espejismo antes de la violencia que se desató, pero que aspiraban a transformar el país a través de los nuevos proyectos educativos.


Comisión de investigación ante las víctimas de la represión en Casas Viejas. 1933

Federico García Lorca, aquel poeta perteneciente a la progresía granadina fue víctima de su condición de hijo de familia de cacique andaluz pero de ideas progresistas, de su homosexualidad, por todos conocida, y de la mezquindad de una vida provinciana, que parece ser fue la que dictó la condena a muerte por convertir la anécdota pueblerina en mito literario, confundiendo la inspiración de la vida y el reflejo en el arte de una anécdota,  ignorada por la mayoría de su público, en un agravio merecedor del odio y de la muerte. 

Aquella alegre vida llena de chispeante intensidad que la República estimuló con sus medidas culturales, no dejaba de ser un barniz superficial. Tampoco fue tan armoniosa como durante tanto tiempo hemos sentido. Existieron rencillas entre sus protagonistas, falta de afinidad, celos. Julio Caro Baroja, en sus memorias familiares, ya matizó algo deshaciendo el ensueño de armonía, transmitiendo una imagen mas escéptica  y menos afín a los protagonistas. 

Pepín Bello, el artista sin obra, personaje imprescindible en aquella comunidad, el inventor de juegos, en un libro-entrevista al final que su vida matizó muchos de aquellos días, siempre incondicional de su gran amigo, el poeta granadino, menos complaciente con otros de los asiduos al grupo. También hemos podido conocer de primera mano a través de las míticas entrevistas a Dámaso Alonso y a Luis Rosales, en el programa A Fondo de Soler Serrano, (documentos inigualables que hay que revisar y ver una y otra vez), matizadas evidentemente por el filtro de sus propias historias comprometidas, sobre todo en el caso de Rosales con el final del poeta. Llaman mucho la atención las declaraciones que hacen referencia a Juan Ramón Jiménez y su poca afinidad con los jóvenes artistas que pisaban tan fuerte. Tuvo con ellos una actitud algo mezquina, tal vez sentía que se avecinaba una fuerte competencia, pero era el espejo en el que se miraban, la suya, la poesía a la que aspiraban, él era "el maestro" que lo cambió todo.



Hace unos años Antonio Orejudo en sus Fabulosas narraciones por historias, se inspiró en aquellos años y en la Generación del 27. De forma irreverente creó a unos protagonistas que evocaban aquellos días y que  sugerían,  más por el juego del trio que por sus personalidades, a los tres abanderados mas visibles, Lorca, Dalí y Buñuel. Aunque sin conseguir la gloria de sus compañeros reales, estos personajes ficticios, vivían de forma paralela las mismas experiencias y jugaban a las mismas gamberradas que  sus modelos. Las aventuras de sus protagonistas son llevadas al límite y mucho más salvajes, truculentas y provocadoras, pero por sus páginas desfilan muchas de aquellas personalidades, de forma directa o disimuladas, y dan una imagen grosera y poco idílica de aquellos días de tertulias y aventuras de aspiraciones intelectuales, convirtiéndolas en parodias. Recomiendo sin duda un libro que se ha convertido en un referente para mí. 

Los tres protagonistas son: “Patricio, sobrino de José María Pereda, que sueña con ver publicada su novela realista Los Beatles, evidentemente fuera de la estética que impera en los ambientes literarios por lo que se mueve; Martiniano, sobrino de Azorín, que le inspira un resentimiento contra la intelectualidad virulento y agresivo y Santos, mozo de origen rural, incondicional de la literatura pornográfica de La Pasión, (revista que hoy calificaríamos de pornografía pulp), y fascinado por el erotismo que le inspiran las mujeres maduras". Niños bien de provincias que llegan y lo primero que hacen es refinar sus nombres para camuflarse en el entorno snob y sumergirse en una ambiente liberal y despreocupado de juergas y borracheras, en actividades  pretenciosas. 

El libro está escrito como un pastiche, que incluye en la narración fragmentos de libros de memorias, artículos de prensa,  anuncios publicitarios que aparecen insertados como un “cúralo todo”, como el remedio para las ladillas que usan para expulsar de la residencia al “exquisito y refinado prosista” como siempre se refieren a Juan Ramón Jiménez.


Juan Ramón Jiménez con Natalia Jiménez Cossio,  hija de Alberto Jiménez Fraud en los jardines de la Residencia de Estudiantes 

Es agresivo, violento, escatológico, pornográfico. Todo a la vez y, sin embargo, consigue que todo esto no se apodere de lo literario. Hay novatadas brutales,  ridiculización de aspiraciones intelectuales, escaramuzas y sabotaje de tertulias literarias, guerrillas contra el enemigo declarado al mas puro estilo "Corleone", mafias que extorsionan a los novatos de la Residencia de Estudiantes. Todo lo sagrado en las aspiraciones a la gloria literaria es cuestionado y caricaturizado. 

Los grandes personajes reales aparecen esbozados con la brocha gorda de sus defectos. Juan Ramón Jiménez es el gran enemigo, Ortega y Gasset, es un rijoso. En general los grandes autores aparecen como gente vanidosa que no ve mucho más allá de sus egos. Con el mismo tono están tratados Ramón Gómez de La Serna, Unamuno, Federico García Lorca. Pero, ¿puede existir un genio sin un gran ego que lo respalde ya sea disimulado en humildad,  la duda o en el regodeo de sus logros?

La novela no deja de ser una reflexión sobre el papel de los intelectuales en la sociedad y su auténtica influencia en ella. En este sentido, es revelador el fragmento que se cita en los comentarios que sobre la novela hay en el foro ¡¡Ábrete Libro!! de Ortega y Gasset,

"... cuanto más hondo, sabio y agudo sea un escritor, mayor distancia habrá entre sus ideas y las del vulgo, y más difícil su asimilación por el público. Sólo cuando el lector vulgar tiene fe en el escritor y le reconoce una gran superioridad sobre sí mismo, pondrá el esfuerzo necesario para elevarse a su comprensión. En un país donde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior se dan todas las probabilidades para que los únicos escritores influyentes sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es decir, los más rematadamente imbéciles." José Ortega y GassetEspaña invertebrada. Madrid, 1921.

Es, en definitiva, el mensaje que transmite Fabulosas narraciones por historias, es la ruptura con aquella imagen idealizada de poetas angelicales e intelectuales que trabajaban juntos por el bien de la sociedad, pero completamente alejados de ella, inmersos en sus luchas de poder y en sus aspiraciones de éxito desmedidas. Obsesionados por la influencia de sus pretensiones artísticas, ajenos a la realidad de unos lectores con preocupaciones mucho más primarias.

Sin embargo, aquel mundo dejó sus semillas para siempre con aquellas mismas obras que hoy reverenciamos, despojados ya  sus autores del barniz elitista del que hacían gala en ese momento y fijándolos en el Olimpo de los clásicos. No dejaban de ser seres humanos con las mismas virtudes y sobre todo con los mismos defectos que cualquier otro ser humano, pero sus obras son un monumento a lo más valioso de nuestra cultura  y a  la dimensión artística de la sensibilidad creadora.

Eso es lo que podemos ver reflejado de una forma brutal y rompedora en la novela de Antonio Orejudo, la distancia entre aquellos hombres y lo que significan para la posteridad. 

Pero no es Orejudo el primero que nos resitúa en otra versión de aquella historia. Los testimonios directos tal vez no se enfrentaban de forma tan desgarradora con aquellos tótems, pero alguno si dejaba entrever rasgos que nos abrían los ojos. Luis Martín Santos en Tiempo que silencio describe una conferencia de Ortega y Gasset, ya en la postguerra pero no muchos años después, con tono paródico, sin llegar a citarlo pero fácilmente reconocible. Aunque su figura era muy cuestionada por los intelectuales de izquierda de ese momento, es una caricatura lo que se nos ofrece del pensamiento del filósofo por alguien que, sin duda, se alínea con la herencia directa de la cultura progresista que se tiño de desencanto y sensación de fracaso y supo reflejarlo en su magnifica novela ya desde el título. En diferentes entrevistas y libros de memoria podemos intuir también las relaciones complicadas entre varios de aquellos protagonistas. Filtrados por las experiencias personales, por sus verdades parciales, Pablo Neruda y Rafael Alberti también han dejado en sus libros de memorias un dibujo de aquellos días y de aquellas relaciones, Borges no tuvo piedad con Lorca, pero el ego de Borges no tenía piedad con practicamente nadie, aunque se lo perdonemos por su genialidad. 

Y sin embargo,  al final nada rompe el cuadro de aquel momento histórico que pudo haber hecho que nuestra cultura hubiera dado un paso de gigante.

Pienso que, a veces, es necesario despojar los oropeles, para situar en su auténtica dimensión el valor de lo que admiramos y volver a recuperar lo que tanto nos ha emocionado, porque no deja detener más interés aquello que adquiere su auténtica dimensión cuando podemos sentirlo más al fin a nuestra propia realidad.

La Generación del 27 seguirá constituyendo uno de los momentos más importantes de toda nuestra cultura, aquella esperanza truncada por una guerra y unas décadas de indigencia en la cultura oficial, aunque otras corrientes se movieran entre la marginalidad  y consiguieran burlas censuras y oficialismos ramplones.  

Es imposible de frenar aquello que es valioso por sí mismo. 


2 comentarios:

  1. Muchas gracias por este artículo tan maravilloso, julia.

    Mi autor, aquel que me inició en los años literarios de la República, fue Miguel Hernández y gracias a un cura que se negó a explicarnos esos últimos años de paso por las prisiones franquistas.

    Gracias también a este clérigo.

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