Käsebier conquista Berlín - Paula Barbero


La periodista y escritora Gabriele Tergit (1894-1982) convierte en estrella al cantautor Käsebier para llevar al lector al tumultuoso Berlín de finales de la República de Weimar, con una satírica crítica social en la que, gracias a los variopintos personajes y sus diálogos, podemos contemplar que lo sucedido en la Alemania de los años veinte no dista mucho del panorama actual, en dos coyunturas tan lejanas en el tiempo como similares.

La alemana Gabriele Tergit, que estudió en distintas universidades historia y filosofía, trabajó desde los 19 años para diversos medios alemanes, con artículos muy críticos que la llevaron al exilio. Después de que, en 1933, las SA entraran en su apartamento, tuvo que cambiar Alemania por Tel Aviv, hasta que en 1938 su familia se estableció finalmente en Londres. En la capital inglesa fue secretaria del PEN, centro de escritores en alemán en el extranjero, un cargo que le permitió editar y publicar numerosos reportajes y biografías, y que combinó con su labor de escritora.

Pero fue antes de abandonar Alemania, en 1931, cuando publicó su primera novela Käsebier conquista Berlín. Se trata de una obra en la que las pinceladas de humor, los personajes estrafalarios, las situaciones cómicas y unos diálogos a veces surrealistas no hacen que el escenario plasmado sea menos real, crudo o lamentable. Gabriele Tergit relata cómo surgió todo utilizando un tono y ritmo muy originales.

La novela describe el estilo de vida de la Alemania de finales de los años veinte, el camino a la crisis, sin pasar por alto el poder de la prensa popular, un tema que tiene su importancia en la novela, y es que Gabriele Tergit publicó su primer artículo en prensa con 19 años, mucho antes de comenzar su carrera como escritora.

De hecho, todo empieza cuando el periódico Berliner Rundschau publica una pieza sobre Käsebier para rellenar espacio, y le convierte en el centro de la vida cultural y social berlinesa. Este cantautor, que da título a la historia, no es más que una marioneta, incluso para la propia Tergit, que lo utiliza como excusa, más que como personaje.

Desde la publicación de este artículo del Berliner Rundschau, asistimos a todos los negocios que surgen a partir de la creación del personaje de Käsebier. Situaciones de especulación (ladrillo incluido), derroche y manipulación, plasmados de modo cómico, pero con un trasfondo que no deja de ser una fiel sátira de la realidad. Un paseo por la economía, política y prensa, acompañadas por las escenas más cotidianas de la sociedad de este Berlín, con sus relaciones y actos sociales, para ver un panorama que, sorprendentemente, recuerda mucho al actual.

Es precisamente entre reuniones y frivolidades, con una sonrisa en la cara, como vamos viendo la evolución en un análisis del contexto que, sin ser especialmente exhausto, está perfectamente plasmado, a través de unos acertados diálogos y personajes, y un original ritmo, muy bien llevado, casi desconcertante al inicio de la novela,. Todo ello convierte la lectura en algo más que un texto ameno y divertido.

Y es que Gabriele Tergit se sirve de una pintoresca colección de personajes y de algunas situaciones casi caricaturescas para mostrar una absurda realidad. Acercarnos lo trágico, con ese fondo cómico, hace que el golpe que se lleva el lector sea más inesperado, que la caída parezca más grande.

Solo en los últimos capítulos, de modo muy coherente, y como para ponerse a la altura de la circunstancias, notaremos un tono un poco diferente, más oscuro, que nos conduce a ese lugar al que la autora nos quería llevar desde que convierte en estrella a Käsebier.

Recorriendo este camino veremos que el Berlín de 1929 y la coyuntura actual casi podrían confundirse. Que los errores son los mismos, que los medios funcionan igual, que los negocios usan el mismo juego y que el desenlace llega del mismo modo. Un gran fresco de esa realidad a través de una simple nota de prensa que lanza a un cantautor al estrellato.

Y a todo esto, ¿quién es Käsebier? Porque yo sigo pensando que estaba sobrevalorado.


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