Un escritor maldito: Rául Barón Biza - Julia Duce Gimeno



“La obra de arte es un medio gracias al cual el hombre exterioriza lo que es”. Hegel


Hay  escritores  ágrafos, sin obras. Así definían a Pepín Bello,    miembro de pleno derecho de la generación del 27,  inspirador  e inventor de juegos y palabras que el tiempo atribuyó al grupo o alguno de los otros.  Los hay que hacen de su vida una forma de vivir la literatura, y en los que sus libros  no importan tanto como ellos mismos y sus propias vidas.  El Diccionario de literatura para Esnobs de Fabrice Gaignault  recoge una buena colección de esos personajes en los que su mejor obra son ellos mismos.

A veces lo de  navegar por internet es como  desempolvar historias familiares en las que de repente descubres  joyas  desconocidas que brillan dejándote sin aliento.  Hace tiempo leí La literatura nazi en América,  de Roberto Bolaño,  uno de esos libros   que crean universos paralelos y que llevan a confundir los límites entre la realidad y la ficción. Hubiera deseado que alguno de esos sorprendentes escritores, salidos de la imaginación del genial Bolaño fueran realidad para buscar sus obras delirantes. Me llama lo raro  en literatura de vez en cuando, como a veces me llama lo más obvio.

Y de repente, un extraño para  mí, cobró consistencia y uno de esos personajes se hizo real: llegué a descubrir su existencia  tirando del hilo de Aurora Venturini. Buscando información sobre la autora de esa novela que tanto me gustó, Las primas, me tropecé con una polémica apasionada a raíz de unas  declaraciones sobre un personaje también digno  del mito que parece,  la actriz  austríaca  Myriam Stefford  pseudónimo de Rosa Margarita Hoffman  y sobre todo descubrí al artista,  a su marido Raúl Barón Biza.


Y es que en Barón Biza todo es desmedido y apasionado. El hombre  irreal y exuberante,  vital, don Juan,  desequilibrado.  Subyugante en la distancia.  Pariente lejano del Che Guevara  por el lado de su hermana,  inspiró tangos, tal vez  una locura latente.  Tenia alma rebelde y genes suicidas que dejó en herencia.  Tal vez fuera asesino, al menos lo intentó, era antisemita, y  dice Emilio Fernández Cicco, que era en literatura el equivalente a Ed Wood en el cine,  “nunca, dicen, hubo en la literatura  otro igual; nunca hubo otro tan malo”, pero seguramente era mucho mejor de lo que se dice. 

Reconozco ante todo que no he leído nada de él, no sé si sus obras me habrían  llegado  o no, aunque es muy probable que me acerque a ellas, solo por curiosidad y tal vez me enganche como me pasa  con frecuencia con la literatura bizarra y  perversa, como una  aventura de la que no espero más que el  viaje hasta ella. Pero es   el hombre el que me retuvo, sus  provocaciones y giros inesperados, sus evidentes desequilibrios. ¿Cómo calificar  si no sus actos dignos casi de tragedia clásica o de un culebrón de principios de siglo? Su vida es ¡tan irreal, tan estéticamente absurda!  Como un traje cortado a medida para el mito.

Poco me importará entonces que sus escritos sean solo provocación o contengan una literatura sublimemente perversa, porque será  la imaginación de un hombre-obra de arte en sí mismo quien la creo...
La distancia y el encuentro en la niebla de la lejanía, me permiten acercarme solo a la estética de la figura  sin la fealdad de la realidad, que tal vez algún día tenga  la posibilidad de contrastar. Es simplemente una puerta que se abre. Creo que en el fondo,  muchos de nuestros mitos literarios se construyen así, a base de trazos aislados que no permiten ver un conjunto más prosaico, menos sugerente: Dominan  los rasgos más heróicos o más canallas, ocultando la cruda cotidianidad del  protagonista. 

Pregunte a un   conocido de Facebook  argentino,    muy ligado al mundo  de la cultura y  licenciado en Letras y me comentó que era una figura desconocida allí también, probablemente debido a su filiación política y a su radical activismo político. 

Raúl Barón Biza, nació  en Córdoba, Argentina,  en una familia  muy adinerada en 1899. Estudió en Estados Unidos, y  estuvo muy ligado a la política,  comprometido con  Hipólito Yrigoyen, líder radical, fue un hombre de negocios  exitoso  y un play boy  atractivo  y pasional. En Europa lleva un estilo de vida turbulento y bohemio entre  la cocaína y el alcohol, y en Viena conoció a  una joven actriz prometedora de 23 años: Myriam Stefford y al poco tiempo se  casaron en  la catedral de San Marcos de Venecia. De ella dice:


Era bonita, como un pecado de amor.

No tendría más de veinticuatro años, de cabellos blondos, de grandes y rasgados ojos grises; ojos con destellos de pecado y cocaína; ojos que tenían un algo de Satán y un algo de Dios, engarzados en profundas ojeras, pinceladas de insomnio, sobre la piel rosa-oro.
Boca pequeña, de labios pintados, tibios y húmedos, dejaban entrever al sonreír sus dientes pequeños y perlados... Boca de carmín, tenía ese rictus, embustero, delicioso y un poco canalla de todas las bocas nacidas para mentir y besar; labios de mujer, de boca cansada de besar.
 Las manos suaves, afiebradas y húmedas, pálidas y largas, manos de enferma, que ella cuidaba suntuosamente, como las basílicas bizantinas con berilos y caledonias que fulgían cual si fueran pupilas de gatos endemoniados. El escote atrevido, casi siempre exagerado, dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos, ánforas de alabastro tibio, que se adivinaban macizos tras la tenue seda; senos de hembra, senos para besar y morder.
Vestía entre el polvo y los harapos del pueblo, con telas suntuosas: rojo cardenalicio, morados sombríos, negros bordados en oro... y sin embargo, su aspecto era el de una de esas heroínas de novela moderna; un poco romántica, un poco artificial, un poco perversa... que aman el éter, la nafta, el haschisch y las aberraciones de la gran Cleopatra.
Pero lo más divino era su cabello. Aquellos rizos que le enmarcaban las sienes en un nimbo de coquetería, de bertinismo artístico, de oro, enmadejado; cabellera encrespada, como olas magníficas y luminosas.
¿Qué escena de locura, placer o drama, qué ráfaga de dolor y tristeza, qué capricho o tragedia obligaron a aquella extranjera a llegar hasta mi pueblo?
Pueblo en desacuerdo con la naturaleza. Pueblo de enfermos, de mujeres pálidas, de hombres demacrados, que tosían como ladrando a una luna invisible, o a un rival imaginario.

Abandonó su  profesión para instalarse en Argentina  donde dicen que se paseaba por las calle de Buenos Aires con un leopardo amaestrado.   Sustituye la interpretacion  por la aviación,   dos días antes de su primer aniversario de bodas a la muerte en un trágico accidente  mientras buscaba una gesta imposible. Como en  un culebrón,    Raúl  erige  de  obelisco de Alta Gracia en mitad del desierto, en el mismo sitio donde el avión,  un  monumento funerario con ecos faraónicos. Despropósito de  granito y mármol y en su  cripta junto a  los restos de su amada. Se dice que  provocó el accidente movido por los celos, tenía un amante y  había tenido  una misteriosa llamada de amenaza, el día anterior al accidente.  Dice la  leyenda  (y los testimonios de los presentes), que con ella entierra sus joyas, incluido un inmenso diamante,  el “Cruz del Sur”, sobre un suelo  minado para que nadie ose  acercarse y arrebatarle  su fúnebre ajuar funerario.   Esta relación es descritra por Aurora Venturini :

Vida breve la de esta criatura superada por las leyendas que suscitó. En realidad, la débil mujer se vió envuelta en un tipo de locura satánica, muy extraña, devenida del hombre que la arrancó de sus hábitos europeos trayéndola a un sitio inhóspito. Es posible que antes de inducirla a pilotear, este hombre, adelantándose a la catástrofe, hubiera maquinado in mente la construcción del monumento más alto de nuestro país, el monstruoso obelisco de Alta Gracia.


Inicia poco tiempo después una relación sentimental con  la hija de un importante político radical,  Clotilde Rosa Sabattini, con la que se casa cuando ella tenía 17 años en 1935.   Se trasladan a Suiza donde Clotilde  acabará sus estudios, y se convertirá en una figura importante en la pedagogía argentina. Mujer brillante  y tenaz tuvo ella también una brillante carrera política que eclipsó a la de su marido y tal  vez provocó el resentimiento además de muchos roces. El matrimonio fué perseguido por el peronismo,  Barón Biza siempre visceral  y con valores absolutos, ataco a Perón  y a su mujer con mucha agresividad,

Y así llegó el Anticristo. Aquél que terminaría incendiando los templos y dignificando su amante. No fue como el Maestro que perdonara a la Magdalena arrepentida, la cortesana que dejara sus joyas, palacios y amantes, para seguirle. Fue un pacto entre ella, con su rencor a los hombres y a la vida, y él, con su ambición de tiranuelo y una sonrisa dentífrica.

Podía también haber triunfado en las tablas. Pero el aplauso reducido de una sala, no satisfacía su ambición.
Añoraba el aullido de las masas que había escuchado en la Plaza de Venecia y en los estadios germanos. En el cuartel, había aprendido que los hombres marchan a la voz de orden. Había contemplado en la Italia del Duce cómo se enloquecían las muchedumbres, cómo se las llevaba al hambre y a la guerra con sólo presentarse con un disfraz o una camisa negra. Había estudiado, seguido paso a paso la vida del gran Hitler.

Tal vez eso explique el ostracismo al que aún se somete a  la figura  de escritor. Tenían tres hijos en una relación tormentosa de amor-odio en la que siempre estuvieron en medio la familia de ella. En 1964,  en una cita para tratar la separación legal,  Rául  arroja a su esposa un vaso con ácido clorhídrico, produciéndole unas enormes quemaduras y se suicida después. Lo enterraron bajo un olivo cerca del  monumento funerario de su primera mujer.  El escritor había tratado de suicidarse tres veces, y era  capaz de lo mejor y lo peor. Su generosidad es aún recordada por amigos que  están reivindicando su figura y su literatura. 

Tanto su segunda esposa como dos de sus hijos terminaron suicidándose también.


Habia tenido una provocadora actividad literaria que le condujo a varios procesos por obscenidad.  No  es demasiado valorado y de su obra quedaba poco testimonio y rastros de gestos  epatantes: Su novela más conocida es  "El derecho de matar", novela pornográfica y filosófica. Prepara el libro revistiendo su encuadernación en plata, en  la portada  una calavera y una hoz con  ilustraciones art-decó de Teodoro Piotti.  Barón Biza envía un ejemplar al Papa, para burlarse de él y provocarlo. Y no es para menos en ella encontramos: incesto, necrofilia, lesbianismo, justificación para el asesinato,…


No fue un escritor prolífico,  y sus obras inencontrables en este momento  están siendo rescatadas por amigos  en un proceso de reivindicación de su figura. Del ensueño (1917), Alma y carne de mujer (1923), Risas, lágrimas y sedas (1924), Por qué me hice revolucionario (1932), El derecho de matar (1933-1935), Punto Final (1942), La gran mentira (1959), Todo estaba sucio (1963).  Tienen todo ese tinte provocador y maldito, encierran  la rabia y la impotencia, el resentimiento y la ira.

A  la obra de Raúl Barón Biza,  se le impone la leyenda.  Aún su figura se mueve entre las bambalinas de la historia de la literatura, pero seguro que dentro de nada  podremos acceder a su legado. 

Bibliográfia: 
Emilio Fernández Cicco (2007): Raúl Barón Biza, el exterminador. Bogotá, Revista Gatopardo Nº 21.
Christian Ferrer (2007): Barón Biza. El inmoralista. Buenos Aires: Sudamericana. ISBN 978-950-07-2792-1