El Tercer Reich y los judíos I (1933-39) de Saul Friedländer - Sebastián Fontana Soler (Arden)






Al hablar del Holocausto o la Shoah (que en hebreo significa “catástrofe”) nos referimos a lo que eufemísticamente se conoció entre los nazis como “Solución final a la cuestión judía”. Es decir a la implementación del plan de exterminio de los judíos europeos por parte del Gobierno del Tercer Reich alemán que llevó al asesinato y la muerte de aproximadamente seis millones de judíos europeos. La pregunta que nos hacemos ante semejante crimen es: ¿Cómo fue posible que un pueblo como el alemán, la patria de grandes nombres de la cultura como Goethe, Schiller, Beethoven, etc..., participaran, de forma activa o pasiva, en el asesinato de millones de personas por la simple cuestión de que estas fueran de “raza” judía? Y, otra de las preguntas es, ¿Cómo ocurrió realmente? ¿En qué condiciones se llevó a cabo esta enorme, inhumana y difícil tarea? Estas son las cuestiones a las que intenta responder, principalmente, Saul Friedländer en su libro, analizando la evolución progresiva de las medidas antijudías en la sociedad alemana, la respuesta a dichas medidas de la población tanto alemana como judía, de las iglesias, tanto la católica como las diversas iglesias protestantes, de la clase dirigente tradicional conservadora, las Universidades, los intelectuales, etc..., y, en definitiva, el cómo se fue inoculando el veneno del antisemitismo más inhumano en la sociedad alemana, de forma que cuando se llevara a la práctica esa “solución final” tanto el ejército como la población en general ayudaran a su realización o la consintieran sin apenas trabas.


Introducción: Los judíos en Europa y el antisemitismo.

El antisemitismo, es decir, la hostilidad, el odio hacia los judíos, es tan viejo como el cristianismo. Cuando este se extiende por todo el Imperio Romano sustituyendo a las religiones paganas, tan solo el pueblo de Israel mantuvo su religión, creencias y tradiciones. La diáspora judía provocada en un primer momento por el general Romano Tito en el año 70 después de la derrota de los judíos en la primera guerra judeo-romana, y posteriormente completada en el año 135 con la nueva derrota judía en la rebelión de Bar Kojba, llevó a los judíos al exilio y a su dispersión por todo el Imperio Romano, convirtiéndose en una minoría en todas partes, y por lo tanto en un blanco fácil para la ira popular, para su identificación como “El Otro”, “El diferente”, convirtiéndose por ello en chivo expiatorio de los problemas a la menor ocasión.

Para la religión judía el cristianismo era una herejía puesto que declaraba que Jesucristo, que para ellos era un profeta más, era Dios mismo, y para la religión cristiana los judíos eran el pueblo que asesinó a Cristo, y por lo tanto aquellos cargaron, a partir del triunfo oficial del cristianismo al ser nombrado la religión oficial del Imperio Romano, con el estigma de ser los culpables de la muerte de Cristo.


Martin Lutero
En el siglo XVI se produce la escisión de la Iglesia cristiana occidental con la reforma protestante realizada por Martin Lutero en Alemania. Este calificaba a los judíos como “raza de víboras” e “hijos del demonio” al ser responsables de la muerte de Jesús, no les ahorró los más odiosos insultos: “novias impúdicas”, “putas recalcitrantes”, gentes que besan los excrementos del diablo y que “llegaron a comerse la mierda y a beberse los orines de Judas Iscariote”, y finezas de este estilo. Pero además, no se paraba en estos excesos verbales, por decirlo de la forma más suave posible, sino que proponía a las autoridades que ordenaran la quema de todas sus sinagogas y escuelas, la demolición de todas sus viviendas, la destrucción de todos sus libros sagrados y el destierro de todos sus maestros, entre otras muchas medidas represivas, en definitiva, algo que los nazis harán posteriormente. Para la cristiandad el judío era aquel que había rechazado a Cristo y la revelación divina, por lo que Friedländer nos muestra las dos imágenes del judío a finales de la Edad Media, por un lado, el paria, el judío errante, el testigo que desprecia la verdadera fe, y por otro lado “el judío demoníaco, el perpetrador de crímenes rituales, el conspirador contra la cristiandad, el heraldo del Anticristo, el poderoso y oculto emisario de las fuerzas del mal.”

Así pues, no es de extrañar, que esta minoría (los otros, los diferentes) fuera perseguida de forma más o menos virulenta a lo largo de la historia europea, llegando incluso hasta la expulsión y las conversiones forzosas. En los territorios hispanos culminó con la expulsión de los judíos en 1492, lo que provocó una nueva diáspora, la de los judíos sefardíes, hacia el Norte de África y el sur de Europa Oriental. Aunque lo bien cierto es que expulsiones hubo a lo largo de toda Europa, siendo la tierra de acogida en gran parte Polonia, que en aquel momento se extendía por lo que ahora es Lituania, Bielorrusia y Ucrania. Por ello, en la Europa Oriental es donde eran más numerosos, canalizándose el odio de la población local a través de pogromos, es decir linchamientos y agresiones multitudinarias más o menos espontáneas por parte de los pueblos mayoritarios contra los judíos que se producían periódicamente.

A partir del siglo XVI los judíos solían vivir en guetos, barrios específicamente judíos, que incluso estaban cercados por murallas y puertas que se abrían y cerraban al amanecer y al anochecer, y tener una legislación especial para los judíos, negativa normalmente, pero también no les afectaban disposiciones y prohibiciones específicas de los cristianos, como la prohibición de prestar con interés, por lo que se estableció el cliché del usurero prestamista judío, la figura del odioso avaro. De hecho, uno de los mayores ejemplos del antisemitismo en la literatura es el personaje del judío Shylock en The merchant of Venice (El mercader de Venecia) de William Shakespeare (1596-98), que en principio responde a todos los estereotipos de la visión antisemita de la época, el odioso usurero judío que reclama el cumplimiento estricto de un contrato en el que se estipulaba el pago de una libra de carne del corazón de Basanio si este no devolvía el préstamo que Shylock le había hecho, aunque también lo “humaniza” en uno de los grandes monólogos del teatro universal:


Sir Henry Irving como Shylock
“Shylock: Como cebo para los peces. Alimentará mi venganza, aunque no alimente ninguna otra cosa. Él es la causa de mi oprobio, y me ha hecho perder medio millón, se ha burlado de mis ganancias, se ha reído de mis pérdidas y se ha mofado de mi raza, ha obstaculizado mis negocios, ha dado ínfulas a mis enemigos y ha enfriado a mis amigos, y todo, ¿por qué? Porque soy judío. ¿No tiene ojos un judío?. ¿No tiene manos un judío, ni órganos, proporciones, sentidos, pasiones, emociones? ¿No toma el mismo alimento, le hieren las mismas armas, le atacan las mismas enfermedades, se cura por los mismo métodos? ¿ No le calienta el mismo estío que a un cristiano? ¿No le enfría el mismo invierno? ¿Es que no sangramos si nos espolean? ¿No nos reímos si nos hacen cosquillas? ¿No nos morimos si nos envenenan? ¿No habremos de vengarnos, por fin, si nos ofenden? Si en todo lo demás somos iguales también en eso habremos de parecernos. Si un judío ofende a un cristiano, ¿qué benevolencia ha de esperar? La venganza. Si un cristiano ofende a un judío, ¿con qué cristiana resignación la aceptará? ¡Con la de la venganza! Pondré en práctica toda la vileza que he aprendido, y malo será que no supere a mis maestros.”

Es precisamente, esa humanización lo que hace grande a Shakespeare y lo que lo separa del burdo antisemitismo que presentaba al judío no solamente como el villano, sino como un ser infrahumano.

En las primera décadas del Siglo XIX, se fue introduciendo un cambio en la sociedad europea occidental y central al producirse una asimilación paulatina de los judíos, la cual se verá favorecida por la inspiración de los valores de la Revolución francesa y el Código napoleónico. Esto llevó a que, excepto en Rusia, en 1871 se hubiera producido la plena igualdad legal y el derecho de ciudadanía de los judíos europeos. A partir de ese momento, los judíos se fueron integrando en la sociedad y la burguesía creando una subcultura específica, llegando al mismo tiempo al éxito económico y social y a la visibilidad, lo que despertó un mayor antisemitismo en parte de la sociedad que veía en ese ascenso y ese éxito un peligro para sus propias expectativas, y donde aparece uno de los grandes pecados capitales de la humanidad: la envidia.

Friedländer, en el libro, distingue entre el antisemitismo religioso y no racial, para los que era posible una solución a la “cuestión judía”, simplemente con la asimilación total a la que los judíos se resistían porque seguían conservando su identidad judía, y el antisemitismo racial, que se basaba en la raza, por lo cual los judíos por muy asimilados que estuvieran o se hubieran convertido al cristianismo siempre serían un cuerpo extraño, extranjero, en la nación, por lo que debía ser excluido de la sociedad. Todo ello basado en la nueva concepción racial y social-darwinista de la humanidad, formada por razas definidas por factores biológicos hereditarios, con diferentes capacidades físicas y morales y en permanente lucha natural por la supervivencia de las más aptas, el sometimiento de las más débiles y la eliminación de las tóxicas.

Por otro lado, el judío representaba en la Europa occidental y  central la modernidad, el cosmopolitismo, la tolerancia, el progreso, los cambios sociales que la revolución tecnológica del siglo XIX habían supuesto y que la parte más conservadora de la sociedad no había asimilado, aferrándose a su nacionalismo rancio y a sus tradiciones. Esto unido a la idea de los judíos como conspiradores para conquistar el mundo y situarse en lo más alto de la sociedad y del Estado sojuzgando a la mayoría, hicieron que, a pesar de la asimilación creciente pero también precisamente por ella y por la visibilidad judía, el antisemitismo no solo se mantuviera sino que aumentara en determinados sectores de la sociedad europea, y de la alemana específicamente. Como ejemplo, el caso Dreyfuss en Francia que dividió plenamente a la sociedad francesa finisecular mostrando el antisemitismo latente y profundo de la sociedad de la época.

En Alemania, el antisemitismo religioso tradicional, salvable a través de la conversión al cristianismo, fue desplazándose progresivamente por lo que Friedländer llama el antisemitismo redentor, basado en el nacionalismo y la raza. El establecimiento de la idea de la nación alemana, como todo nacionalismo, se construye en base a la oposición con “El Otro”, y de la idea, en este caso, de la raza, de la germanidad y el mundo ario puro, el cual se degeneraba con la mezcla y el contacto con la raza inferior, en este caso la judía, enquistada en la sociedad, por lo que la lucha contra los judíos debía ser a muerte, y la redención vendría con la expulsión e incluso la aniquilación de los judíos. Por ese motivo, la conversión no era un factor a tener en cuenta, lo importante era “la sangre”. Esto se ve reflejado muy bien en el monólogo De algún tiempo a esta parte, escrito por Max Aub, que nos muestra a Emma, una cristiana de origen judío, católica devota, represaliada, discriminada, en la Viena de 1938 ocupada por los nazis, contándole al espíritu de su marido Samuel, asesinado por los nazis, sus recuerdos, y los hechos que está viviendo, y en un momento determinado dice:

“Soy católica; tú sabes que soy católica desde lo hondo, a pesar de nuestra sangre. Esa sangre que siento hervir en mí como si no fuera mía, y que me saca de quicio y me enfurece.”


Rosa Luxemburgo

Otro de los factores que influyeron en el antisemitismo de una parte muy importante de la sociedad alemana fue la visibilidad de los judíos en el movimiento comunista. Después del triunfo de la revolución rusa, y solo dos meses después de la derrota de Alemania en la 1ª Guerra mundial, los revolucionarios de extrema izquierda, liderados entre otros en Berlín por los judíos Rosa Luxemburgo, Leo Jogiches y Paul Levi, intentaron conquistar el poder en Alemania, teniendo los judíos también una presencia destacada en la revolución espartaquista en Baviera y Hungría. Era normal que hubiera muchos judíos en la izquierda revolucionaria, puesto que se veían atraídos por la idea socialista de igualdad, pero lo bien cierto es que, precisamente, en su visión de universalismo revolucionario el judaísmo como elemento distintivo no cabía, y que la inmensa mayoría de los judíos eran más bien liberales o socialdemócratas, aunque estas distinciones no eran apreciadas por la sociedad mayoritaria conservadora alemana, que veía únicamente que los revolucionarios estaban encabezados por judíos. Si a lo anterior le unimos la difusión de la idea de la teoría conspiratoria proveniente de un texto falso como era Los protocolos de los sabios de Sión, un invento de mediados de la década de 1890 de la policía secreta zarista, que llegó a Alemania en 1919, y que fue considerado la prueba real de la existencia de una cospiración mundial encabezada por los judíos para la derrota de Alemania y el posterior caos revolucionario y la conquista del mundo por los judíos, tenemos todos los ingredientes para que el mensaje antisemita más radical calara en la sociedad alemana.


Mein Kampf
Ese mensaje antisemita radical y mesiánico es el que predicaba Adolf Hitler en su pequeño partido nacionalsocialista en Munich a principios de los años 20, calificando a los judíos de parasitarios, para los que el trabajo era un castigo, incapaz de trabajar creativamente y por tanto incapaz de construir un Estado, por lo que la finalidad de su vida consistía en explotar los éxitos ajenos. Para Hitler el objetivo del judaísmo era apocalíptico, no solo la conquista del mundo sino su destrucción, y el judío era, como dice Friedländer, “tanto una fuerza sobrehumana que llevaba a los pueblos del mundo a la perdición como una causa infrahumana de infección, desintegración y muerte”. Todo esto se contenía en la obra escrita principal de Hitler, Mein Kampf (Mi lucha), y es lo que propagaba en sus discursos.

¿Pero estaba Hitler y su partido nazi en disposición de alcanzar el poder? La respuesta en 1928 era un rotundo no. En las elecciones al parlamento alemán (Reichstag) de ese año los nazis obtuvieron el 2'6 % de los votos y 12 escaños. Sin embargo, en las elecciones de septiembre de 1930 pasaron a ser la segunda fuerza en votos y 107 escaños, y dos años más tarde ya fue el partido más votado con el 37'27 %.

No es el tema de este artículo el analizar el por qué de ese cambio en el pueblo alemán, pero es obvio que se dieron varios factores: la humillación que supuso la Paz de Versalles después de la Primera Guerra Mundial dio lugar a una grave crisis económica con una hiperinflación desbocada, por poner un ejemplo una zanahoria en 1925 valía 15 millones de marcos; una Derecha que no asumía la pérdida del poder a manos de los liberales y los socialdemócratas y que pensaba que Hitler era un patán inculto fácilmente manejable; el crash del 29, que provocó millones de desempleados, hambre, y una grave crisis económica; y un contexto de grave crisis de la democracia liberal democrática con el populismo y el nacionalismo excluyente acechando y prometiendo sueños imposibles pero que sonaban a música celestial a los ojos del pueblo, aunque fuera a costa de la exclusión de una parte de la sociedad.

Ejemplos muy interesantes de este cambio al nacionalismo excluyente en el pueblo alemán se contiene en una pequeña obra maestra, la novela epistolar Paradero desconocido de Kressmann Taylor, una pequeña joya que todos deberían leer para comprender ese cambio de mentalidad; y, también en la película El huevo de la serpiente (Ormens ägg - 1977) de Ingmar Bergman. La película transcurre en los años 20 en la Alemania de Weimar donde ya se intuía el auge que iba a tener el totalitarismo, dándose la paradoja de que a pesar de verlo todos nadie hiciera nada para frenarlo y no previeran las consecuencias finales. En la película, el personaje del Dr. Vergerus dice: "Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un réptil ya formado. Este es el tema de la película se cría monstruos, se les ve con simpatías de pequeños y después se convierten en incontrolables y destructivos, por eso siempre hay que estar en permanente vigilancia, porque como dice un refrán español "Cría cuervos...". Y esa lección es universal y aplicable a día de hoy tanto como lo debió haber sido en aquel momento.


Incendio del Reichstag
Hitler consiguió al fin ser nombrado Canciller de Alemania el 30 de enero de 1933, pero al no tener la mayoría absoluta aún dependía de sus aliados de la Derecha conservadora tradicional. Unos días más tarde el incendio del Reichstag, atribuído a un joven comunista holandés, desató una tormenta política con la que Hitler consiguió, a través de una ley habilitante al efecto, un poder cuasi absoluto que le permitió eliminar a los comunistas, los sindicatos, los demás partidos, la autonomía de los parlamentos regionales y, por fin, a la muerte del Presidente Hindenburg en agosto 1934, a convertirse en Canciller y Presidente, nombrándose Führer del Reich, inaugurándose formalmente lo que conocemos como el Tercer Reich, aunque en realidad se tome la fecha de acceso a la Cancillería por Hitler 1933.

En ese momento ya estamos ante el poder absoluto de Hitler como Führer de Alemania, no tiene que dar cuenta a nadie de nada de lo que haga, y puede aplicar su programa y sus ideas expuestas en su libro Mein Kampf, siendo un elemento central la cuestión judía, el cual llevará al pueblo alemán y al mundo al desastre absoluto.


2.- Evolución de la cuestión judía en el Tercer Reich (1933-1939).

Los judíos en Alemania nunca habían sido más del 1 % de la población. En marzo de 1933 eran aproximadamente 500.000, es decir una pequeña minoría que representaba tan solo el 0'77 % de la población. Su problema era la visibilidad. Por un lado, los judíos se concentraban en grandes ciudades como Berlín y Frankfurt, donde representaban ya un 5 % de la población, y, además, tenían una representación desproporcionada en determinadas áreas: la medicina, el periodismo, las actividades culturales, los negocios y las finanzas, la ley..., y, por otro lado, por la creciente emigración de judíos del Este de Europa a las grandes ciudades, claramente visibles por sus costumbres y su aspecto. Como dice Friedländer “El éxito económico y la creciente visibilidad de un colectivo sin poder político fueron los causantes, al menos en parte, de su perdición".

Cuando Hitler sube al poder Alemania está en una grave situación, económica y políticamente humillada por los vencedores de la Primera Guerra Mundial la prioridad debía ser la recuperación económica y del orgullo alemán con decisiones políticas que devolvieran a Alemania su plena independencia. Aunque la prioridad para Hitler siempre había sido la cuestión judía, por lo que ya se empezó a intervenir en el ámbito cultural, del cual los judíos fueron expulsados de manera masiva, por entender que eran los máximos representantes del “espíritu judío”. Pintores, escritores, académicos, músicos, actores, etc..., fueron despedidos, expulsados, e incluso a Albert Einstein le retiraron la ciudadanía.

Boicot a tiendas judías, 1933

El triunfo de las elecciones de marzo de 1933 envalentonó a los camisas pardas de las S.A., las tropas de asalto del partido nazi, una cuadrilla de matones que provocaba disturbios e intimidaba, utilizando la violencia política como arma para conseguir sus objetivos. Las S.A. extendieron la violencia antijudía en incidentes que provocaron muertos, lo que provocó protestas tanto judías como no judías, llevando a que los nazis bajo ese pretexto promovieran un boicot a los comercios judíos el 1 de abril de 1933. Este boicot, en general, fue un fracaso, y además provocó reacciones internacionales que llevaron a Hitler a una contención obligada para evitar un boicot a Alemania en un momento delicado económicamente. Además de que a los alemanes, en general, les molestaba ver a matones provocando disturbios públicos y agrediendo propiedades y a personas sin que interviniera la policía, así que lo mejor era realizar actuaciones antijudías pero a través de leyes.

La legislación antijudía de 1933 comenzó por la ley de desnaturalización para revocar la ciudadanía alemana a los judíos que tuvieran un origen extranjero, para provocar después su expulsión. Después, se aprobó la ley de reforma del funcionariado que expulsaba a los judíos del cuerpo de funcionarios. Esta, por primera vez, definía qué era un judío: aquel que desciende de padres o abuelos no arios, particularmente judíos. Basta con que uno de los padres o de los abuelos sea no ario. El siguiente paso fue expulsar a los abogados y jueces judíos, que eran un 16 % del total, y a los médicos, que eran el 11 %, y el siguiente paso fue la expulsión de las universidades impidiendo su acceso a los estudiantes no arios. Esto obligó a los dos millones de empleados estatales y a decenas de miles de abogados, médicos, estudiantes, etc..., a buscar pruebas de sus antepasados arios. En septiembre de 1933, se les prohibió a los judíos poseer granjas o dedicarse a la agricultura.

Es decir, que las leyes de 1933 buscaban la exclusión de los judíos de las áreas clave de la visión utópica de los nazis: La estructura del Estado (funcionariado), el tejido social de la comunidad (abogados y médicos), la cultura (escuelas, universidades, prensa y profesiones culturales), y por úultimo de la sagrada tierra alemana (leyes de la agricultura).

Las prohibiciones se extendieron a otros ámbitos: las instalaciones deportivas, el deporte, los baños, convirtiendo a los judíos en apestados, siendo cada vez más difícil la relación normal entre judíos y arios. A través de las anotaciones de los diarios personales de judíos de la época podemos ver lo que ocurría en la vida diaria y lo que suponían estas leyes. Friedländer da varios ejemplos de casos personales:

A Lore Gang-Salheimer de 11 años los compañeros no judíos le dijeron que ya no podían hablar con ella ni volver a casa con ella, que no debían volver a verse. Martha Appel anota “A cada día que pasaba bajo las leyes nazis el abismo entre nosotros y nuestros vecinos se agrandaba. Amigos con los que manteníamos relaciones cordiales desde hacía años nos negaban el saludo. De repente descubrimos que éramos diferentes.”

Para la mayor parte de los alemanes era algo obvio en los nuevos tiempos que las cosas debían ser así y la ley había que cumplirla, debido en gran parte no solo al antisemitismo existente sino a la propaganda antijudía del Gobierno. Las iglesias cristianas no hicieron nada. Tan solo los pastores Dietrich Bonhoeffer y Martin Niemöller fundaron una organización opositora, la Iglesia de la confesión pero que al final se vio limitada a apoyar los derechos de los cristianos no arios, es decir de los conversos, y lo mismo ocurrió con la Iglesia Católica.


Pastor Martin Niemöller

De hecho el Pastor Niemöller es recordado por uno de sus sermones, que después se transmitió oralmente y se convirtió en un poema titulado Cuando los nazis vinieron a por los comunistas, en él se denuncia las consecuencias de la pasividad y la no oposición a las tiranías en los primeros intentos de establecerse.

"Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío.

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar".


Quema de libros
Tampoco en el ámbito universitario, con algunas excepciones, se protestó ni se hizo nada para proteger a sus integrantes judíos, algunos de ellos Premios Nobel, o que lo ganarían en el futuro. Los estudiantes fueron especialmente beligerantes, atacando no solo a los judíos sino incluso a los profesores que les parecían demasiado pacifistas o poco nacionalistas, y organizando la quema pública de miles de libros judíos o de espíritu judío.

Y si las élites alemanas y profesionales no hacían nada, qué podía hacer la población en general, quizás es que no había que hacer nada porque estaban bien esas medidas y eran por el bien del país. Los intelectuales, cienfíficos, académicos, las iglesias, médicos, abogados, jueces, en general los más formados, representan el espíritu de la sociedad, y si ese espíritu está apagado difícilmente la sociedad va a ver el peligro que se avecina, además de que en general eran problemas que afectaban a “los otros” y bastante tenían ellos con sus propios problemas económicos y sociales.

Mientras en los judíos no flotaba una sensación de urgencia. Por un lado, habían estado sufriendo durante siglos discriminaciones, pogromos y persecuciones, por lo que pensaban que era un problema político momentáneo, y que había que aguantar y capear el temporal. La emigración se planteaba como una solución demasiado radical, tan solo una pequeña parte de la población judía emigró, unos 25.000 judíos por año. Emigrar no era fácil, tanto el cambio del dinero o la venta de las propiedades judías se hacían en condiciones muy desventajosas que llevaban a la ruina del que pretendía emigrar. Mientras tanto, los judíos se organizaban en sociedades culturales para demostrar a los alemanes lo buenos que eran y lo mucho que podían contribuir a la cultura alemana.

En los siguientes años el Gobierno aprobó sucesivas leyes para segregar a los judíos del resto de la población alemana. Prohibió el servicio militar a los judíos, el entrar en las piscinas públicas, parques, baños, etc..., se instalaron carteles con el lema: PROHIBIDO EL ACCESO A LOS JUDÍOS, se prohibió la exhibición y venta de periódicos judíos, y muchas más medidas que lo que hacían era prohibir el contacto con los judíos.

El triunfo de la voluntad - película de Leni Riefenstahl

Anualmente se celebraba en Nuremberg el congreso del Partido Nazi, aprovechando este para escenificar de forma megalómana el triunfo de la ideología nazi y de Hitler. En el congreso del partido en 1935 se aprobaron las leyes raciales de Nuremberg, con las que se intentaba separar definitivamente a los judíos de los arios:

  • Los judíos dejaban de ser ciudadanos y por lo tanto de tener derechos, se asimilaban a los extranjeros.
  • La ley para la defensa y el honor alemanes prohibía los matrimonios y las relaciones extramatrimoniales entre judíos y alemanes o de sangre análoga.

El contacto sexual con los judíos se convirtió en delito. Según Friedländer, en la imaginación nazi los judíos se percibían como encarnación de la potencia sexual y la lujuria, en cierto modo como los negros para los racistas blancos, o las brujas, y las mujeres en general, a ojos de la inquisición o de los puritanos. Y se desató una histeria sobre ese contacto, un simple masaje terapéutico podía ser considerado acto sexual, por lo que todo aspecto de la vida cotidiana o de las actividades profesionales que pudieran tener alguna connotación sexual fueron catalogados y prohibidos.

En 1936, con Alemania ya estabilizada económicamente, y una vez pasadas las Olimpiadas de Berlín que habían sido un éxito, con pleno empleo y prosperidad creciente, y Hitler en la cumbre de su popularidad, era ya hora de radicalizar la política antijudía. La propaganda era cada vez más asfixiante y ya iba encaminada a deshumanizar a los judíos. Los boletines educativos insistían en el carácter parasitario de los judíos presentándolos bajo tres figuras simbólicas: el judío errante, que no tiene raíces, profana la raza y destruye pueblos; Shylock, desprovisto de alma, que esclaviza a los pueblos económicamente; y Judas Iscariote, el traidor.

Además, se adoptó la segregación también para los judíos, gitanos y homosexuales, y la esterilización de los portadores de enfermedades hereditarias y de los individuos racialmente contaminados, los mestizos. También se aprobó el plan de la eutanasia de los enfermos mentales y de los niños con defectos. Las iglesias tampoco protestaron.

Mientras tanto, la propia propaganda alemana había llegado también a otros países europeos, que ya de por sí tenían su propio antisemitismo. La expulsión de miles de judíos extranjeros de Alemania hacia sus países de origen, y la llegada de muchos miles más que huían de los nazis, hizo que el antisemitismo fuera muy grave en Francia y sobre todo en Polonia, lo que llevará a consecuencias fatales cuando los nazis llegaron a esos países.

El siguiente paso fue la arianización de las empresas, es decir la expulsión de los judíos de la vida económica de Alemania. Consistía en la venta obligada de las empresas y bienes judíos al Estado o a ciudadanos alemanes, es decir, un expolio en toda regla.

Discurso triunfal de Adolf Hitler el 15 de marzo de 1938 en Heldenplatz (Viena).Fuente: Bundesarchiv, Bild 183-1987-0922-500 / CC-BY-SA

En 1938, Alemania forzó el Anchluss, es decir la unión de Alemania y Austria mediante la invasión de esta con el acuerdo forzado con el canciller austríaco para evitar la guerra. Y con esto caían en manos de los nazis otros 190.000 judíos, con los que no se tenía que tener tantos miramientos, directamente se les requisaron los bienes y empresas, expulsando a los de origen extranjero hacia las fronteras y forzando la emigración o huída del resto. Con esto el problema de los refugiados se agravó, ningún país se declaró dispuesto a aceptar de manera incondicional cierta cantidad de judíos. Cuando se analiza la situación, siempre nos preguntamos por qué no huían, si les hacían la vida imposible, si existía un riesgo de vida o muerte por qué no emigraban. Es fácil de decir y difícil de hacer. Personas que se sienten alemanes, que viven tranquilos en una sociedad, con sus bienes, sus trabajos, sus familias, y de repente tienen que dejar todo atrás y sin nada huir, y ¿adónde? Nadie los quería. Con esta prueba Hitler no necesitaba más, nadie iba a levantar un dedo por los judíos con lo que podía hacer lo que quisiera. Muy representativo de ese momento es la obra teatral San Juan de Max Aub, en la que un buque ruinoso lleva a miles de judíos a bordo pero nadie quiere dejarlos entrar con lo que el barco acaba por hundirse...


Quema de una sinagoga en la noche de los cristales rotos
A partir de 1938 a los judíos se les requisó el pasaporte y les dieron un nuevo documento de identificación solo para judíos, su nombre de pila debía ser judío y si no lo era añadirse a los hombres el de Israel y al de las mujeres el de Sara. El 29 de octubre se deportaba a todos los judíos de origen polaco a la frontera con Polonia, que no los acogió y quedaron en tierra de nadie bajo el frío y la lluvia, muchos murieron, otros pudieron regresar. El hijo de uno de esos muertos entró en la embajada alemana en París y mató al Primer secretario de la misma, dando la excusa perfecta para un pogromo en toda regla en Alemania, la conocida como Kristallnacht (noche de los cristales rotos), del 8 al 9 de noviembre de 1938. En ella la población, de forma supuestamente espontánea, asaltó los negocios y casas judíos, matando, hiriendo, apaleando, rompiendo, saqueando, y quemando las sinagogas de toda Alemania y Austria, una noche de locura, fuego y sangre, que en realidad fue organizada por Goebbels, el cual dio personalmente la orden para asegurarse de que la sinagoga principal de Berlín fuera destruida. El Gobierno aprovechó para, el 12 de noviembre, prohibir toda actividad empresarial judía. Es escalofriante la descripción de cómo ocurrieron los incidentes en el monólogo De algún tiempo a esta parte de Max Aub, estremecedor.

Los judíos ya no podían tener medios económicos con los que subsistir, sin poder ejercer como abogados o médicos, ni periodistas, músicos, escritores, profesores, ni tampoco tener negocios, con lo cual desaparecía también la posibilidad de una profesión. Les obligaba también a vender todas sus empresas y valores, joyas u obras de arte, es decir hizo oficial el saqueo de los bienes judíos. También quedaban excluidos del sistema sanitario y después se les privó de sus permisos de conducir. La Gestapo se incautó de los archivos comunitarios judíos para tener toda la información sobre ellos, y para que no pudiera haber represalias desde el extranjero se prohibió la emigración, sobre todo de personas influyentes, con lo que los judíos quedaban como rehenes en Alemania a expensas de lo que hiciera la comunidad internacional. Por último, el 28 de diciembre, se dictó un decreto para que los judíos se concentraran en “casas de judíos”, amontonándolos, acabando así con cualquier resto de contacto con los judíos y con toda esperanza para los judíos en Alemania.

Adolf Hitler amenazando a los judíos

En enero de 1939, Hitler emitió un discurso con motivo del aniversario de su ascensión al poder, en el que emitió una amenaza explícita, lo nunca visto en un jefe del Estado:

“Hoy quiero ser profeta de nuevo: si el judaísmo financiero internacional dentro y fuera de Europa consigue de nuevo precipitar a las naciones a una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y con ello la victoria del judaísmo, sino la aniquilación de la raza judía en Europa.”

Esta profecía de la exterminación de los judíos en caso de que hubiera una guerra es a la que aludiría una y otra vez en sus discursos Hitler en los años siguientes una vez ya en guerra, culpando a los judíos de la misma, y señalando como la única posibilidad de que hubiera paz la desaparición de los judíos del mundo.

En sintonía con esta declaración, Reinhard Heydrich, uno de los jefes de las SS más siniestros, en una conferencia a oficiales de las SS, definía a los judíos como infrahumanos, con lo que no servía expulsarlos de un país a otro, un método que no resolvía el problema, la alternativa aunque no la expresara directamente era su eliminación.

Y esto empezaba a calar en gran parte de la población alemana. En general, fuera de las filas del partido no existía un odio masivo con iniciativas para expulsar o para desatar la violencia contra los judíos, pero, en general, o bien aceptaban lo que hacía el gobierno o bien miraban para otro lado.


Entrada de los nazis en Praga en 1939

En marzo de 1939 los nazis ocupaban Praga, terminando con Checoslovaquia. Otros 118.000 judíos quedaban en manos de los nazis, estableciendo la misma política que ya había realizado en Alemania, Austria y los Sudetes.

Hitler estaba en su apogeo, había conseguido llevar a Alemania a lo más alto sin disparar un tiro, recuperación económica y del orgullo nacional, y se respiraba una atmósfera de júbilo nacional y de satisfacción personal. ¿Qué podían importar unos cuantos judíos? Si Hitler hubiera muerto en ese momento, ahora sería recordado como un gran estadista a la altura de Bismarck, tan solo con la mancha de la cuestión judía en la que quizás se había pasado..., lo que no pensaban era que los iba a llevar al desastre e iba a hundir a Alemania y al mundo en un infierno, del que los alemanes no saldrían tampoco bien parados.

Soldados alemanes cruzan la frontera polaca el 1 de septiembre de 1939

El 1 de septiembre de 1939, el ejército alemán invadía Polonia, y dos días más tarde Gran Bretaña y Francia esta vez no miraron para otro lado y declararon la guerra a Alemania, había empezado la Segunda Guerra Mundial, y con ella los años de exterminio de los judíos europeos.

1 comentario:

  1. Buenas tardes, Sebastián.

    Es un ensayo que quiero leer desde hace varios años porque me parece muy exhaustivo e interesante. Lo que nos ofreces es un resumen del statuo quo del tema con la garantía de una profunda lectura de este texto.

    Por mi parte, como siempre, mi más sincera enhorabuena de este extenso artículo que nos sigue situando en la ruta del estudio sobre el tema del Holocausto: un proceso que nunca debieron de sufrir aquellos que fueron exterminados de esta manera tan inmisericorde.

    Un saludo,

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