Wislawa Szymborska: Lecturas no obligatorias - Sebastián Fontana (Arden)




El economista alemán E. F. Schumacher escribió un libro que tituló Lo pequeño es hermoso. Y es esta frase la que acude a mi mente cuando pienso en la gran poetisa polaca Wislawa Szymborska. Ella misma dijo: “Si paso por ser una persona que vive de la observación a pequeña escala, del detalle, no protestaré, porque así es”. Szymborska es la escritora que, con gran sentido del humor y la fina ironía que la caracteriza, nos recuerda que no somos más que un mono gramático, un réptil evolucionado que ha perdido la cola, un integrante más de un pequeño planeta en la inmesidad del universo. Szymborska trata grandes temas en su poesía pero siempre desde la modestia y humildad, lejos de la grandilocuencia y la épica, con el asombro como divisa y haciéndose preguntas que llevan a respuestas que llevan a más preguntas, siempre con una curiosidad insaciable, y todo para darse cuenta en definitiva de que la respuesta socrática “No sé” es la única posible. De ahí que al intentar definir su poesía se le añada el adjetivo de “filosófica”.

Wislawa Szymborska en la recepción del Premio Nobel de Literatura


¿Para qué sirve un Premio Nobel de literatura? ¿Cuáles son los criterios utilizados por la Academia sueca para elegir al premiado? Todos los años se repiten las mismas preguntas una y otra vez. Se realizan apuestas sobre quién será el escritor galardonado, especulando sobre las motivaciones políticas, la cuestión geográfica o las diversas culturas o lenguas que pueden tener en cuenta los académicos suecos a la hora de hacer su elección, y todo para intentar adivinar cuál va a ser el criterio de aquellos a la hora de conceder el preciado galardón. E inevitablemente, después, vienen las críticas, ya que son escasas las ocasiones en las que se produce un aplauso unánime, al no haber tenido en cuenta a tal o cual novelista popular, que es lo que muchas veces la gente espera, tal y como hemos podido ver en los dos últimos años al premiar a la periodista y magnífica escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, uno de los grandes aciertos de la Academia, y al cantante norteamericano Bob Dylan, a mí entender una elección mucho más discutible. Por ello, cuando el 3 de octubre de 1996 la Academia sueca anunció el premio para la poetisa polaca Wislawa Szymborska (Kórnik, 2 de julio de 1923 – Cracovia, 1 de febrero de 2012), la sorpresa en España fue mayúscula, ya que se trataba de una escritora totalmente desconocida, tan solo algunos poemas suyos habían sido publicados en alguna antología, y nada más, aunque también era cierto que no ocurría lo mismo en otros países, puesto que se le habían concedido premios internacionales tan importantes como el Goethe y el Herder.

Pero ¿quién es Wislawa Szymborska? En realidad quién quiera saber quién es Wislawa Szymborska solo tiene que leer el más corto discurso pronunciado por un ganador del Premio Nobel de Literatura, por lo menos hasta Dylan que no acudió a recogerlo, aunque en palabras de uno de los académicos suecos estaban ante un poema en prosa:

“Dicen que en un discurso lo más difícil es la primera frase. Así que ya la he dejado atrás. Pero presiento que también las que siguen serán difíciles, la tercera, la sexta, la décima, así hasta la última, porque tengo que hablar de poesía. Pocas veces hablo sobre este tema, casi nunca. Y siempre me acompaña el convencimiento de que no lo hago muy bien. Por eso no me extenderé mucho. Toda imperfección es más llevadera si se recibe en pequeñas dosis.
(...)”Y cualquier saber que no provoca nuevas preguntas se convierte de pronto en algo muerto, pierde la temperatura que propicia la vida. Los casos más extremos, los que se conocen bien tanto por la historia antigua como por la moderna, son capaces de ser letales para las sociedades.
Por eso, tengo en gran aprecio dos pequeñas palabras: “No sé”. Son pequeñas pero tienen alas. Nos amplían la vida a territorios dentro de nosotros mismos, y espacios en que está suspendida nuestra diminuta Tierra. Si Isaac Newton no se hubiera dicho “No sé”, las manzanas en su jardín hubieran podido caer como granizo ante sus ojos, mientras que él, en el mejor de los casos, se habría limitado a inclinarse para cogerlas y comérselas con apetido.

Si mi compatriota Maria Sklodowska-Curie no se hubiera dicho “No sé”, a buen seguro hubiera acabado como profesora de química en un instituto frecuentado por muchachas de buenas familias y dedicada a este quehacer, por otra parte respetable, hubiera transcurrido su vida.(...)
Asimismo, el poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso “no sé”. (...)
(...)digamos lo que digamos de este inconmensurable teatro para el que tenemos una entrada, aunque su validez sea ridículamente corta, limitada por dos fechas categóricas; pensemos lo que pensemos sobre él, este mundo es sorprendente.

Pero en el vocablo “sorprendente” se esconde cierta trampa lógica. Nos sorprende aquello que se aleja de una norma conocida y generalmente aceptada, de aquello evidente a lo que estamos acostumbrados. Pero he aquí que ese mundo evidente no existe en absoluto. Nuestra sorpresa es autónoma y no resulta de ninguna comparación con nada.”(...)


No obstante, quien quiera acudir a un cauce literario más ortodoxo para conocer a esta gran autora, en español puede leer la biografía publicada en el año 2015 por la editorial Pre-textos, titulada Trastos, recuerdos de Anna Bikont y Joanna Szcesna, que  pueden considerar poco menos que heroínas dado que Szymborska era una mujer tremendamente pudorosa, celosa de su intimidad, ajena a los chismes, dimes y diretes del mundo literario, y que vivió siempre modestamente en Cracovia, incluso después de la concesión del Premio Nobel. Este gran premio podríamos decir que fue como el elefante blanco que los Reyes de Tailandia regalaban a súbditos con los que no estaban muy contentos, porque lo que en principio supone un gran honor y riqueza, después se convierte más en una carga en su vida que una alegría. De hecho, en los tres años siguientes a su concesión Szymborska no escribió un solo poema, tal era la cantidad de actos, firmas, conferencias que tenía en su agenda, con la consiguiente pérdida del anonimato y de la vida normal que llevaba, por lo que tuvo que contratar a un secretario, Michael Rusinek, con el que poder sobrellevar la carga del Nobel. Raramente se quejaba pero sus pensamientos aparecen constantemente en sus Lecturas no obligatorias y, en este caso, cuando reseñó el libro Einstein en citas, describió como a este le mandaban montones de trabajos científicos para que los apoyara, y que si se hubiera dedicado a leer todo lo que le enviaban no habría tenido tiempo para nada más. Al final cuando ya no pudo más, aquel le dijo a su secretaria que enviara una nota a los autores de los escritos que dijera: “Con respecto a las publicaciones que usted ha enviado, el profesor Einstein le ruega que, por algún tiempo, le considere difunto.”

Así pues ¿cómo escribir una biografía de alguien que no había concedido más que una decena de entrevistas en toda su vida, que no escribía sobre ella, y sobre la que apenas había información? Pues con mucho trabajo y mucha paciencia las autoras reunieron toda la información que pudieron a través de los archivos públicos, entrevistaron a muchas personas que la conocían, e intentaron averiguar más a través de sus poemas y, sobre todo, de sus Lecturas no obligatorias. Llegado el momento consiguieron enseñar su trabajo a Szymborska, y esta no tuvo más remedio que ceder para al menos puntualizar, eliminar algunos errores, y aportar, con mucho pudor, algunos detalles interesantes que faltaban.

Marcel Proust en su Contra Sainte-Beuve abogó contra la preponderancia de la biografía del autor sobre el texto, contra la realidad reducida a lo físico o a lo social del autor, ya que lo importante era la propia percepción del narrador y la forma de describir la sensación que se percibe, por lo que la biografía del autor sobra, o su importancia es mínima. En realidad, podría decirse que Szymborska estaba de acuerdo con esta concepción al no darle importancia a la biografía del escritor, de hecho es la tesis principal de la reseña que hizo de la biografía de Julio Verne (Julio Verne de Herbert R. Lottman) en sus Lecturas no obligatorias, y por eso mismo ella era tan reticente a hablar de su vida privada, la cual no debía tener importancia para los lectores cuando leyeran su poesía, es en ella donde debería encontrarse toda la información necesaria. Para Szymborska “confesarse públicamente es como perder tu propia alma. Hay que guardar algo para uno. No puede derrocharse todo.” No obstante, su propia obra, al igual que también ocurre con Proust, desmiente su opinión, puesto que algunas de las claves de sus obras se encuentran precisamente en su biografía. De ahí que, como veremos, son especialmente interesantes las opiniones de Szymborska sobre los diarios y memorias de diversos escritores en sus Lecturas no obligatorias, y veremos trazos de sus opiniones y de su biografía a lo largo de su obra.

Así pues, siguiendo los expresos deseos de la Sra. Szymborska, no daremos de su biografía más que unos apuntes para situarla en el contexto del tiempo y en el espacio que le tocó vivir, tema este del azar de la vida que le interesó bastante, como vemos en algunos de sus poemas, como en Una del montón, del libro Instante (2004):



Una del montón

“Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.

Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.
(…)”




O también en el primer poema de su libro Dos puntos (2002):



Ausencia

“Faltó poco
y mi madre podría haberse casado
con el señor Zbigniew B. De Zdunska Wola.
Y si hubieran tenido una hija, no habría sido yo.
Quizá habría tenido mejor memoria para los hombres y
las caras,
y para las melodías oídas de una sola vez.
Habría reconocido sin problemas qué pájaro era cuál.
Habría tenido unas notas fantásticas de física y de
química,
peores de lengua,
pero habría escrito a escondidas poemas
de entrada mucho más interesantes que los míos.
(...)”

No obstante, centrémonos en Wislawa Szymborska, esa niña nacida en el 2 de julio de 1923 en la pequeña localidad polaca de Kórnik, en el sur de Polonia, donde viviría hasta los dos años. Hija de una familia de clase media, su padre era administrador de las propiedades de un aristócrata. Hasta que a su muerte la familia se trasladó a vivir a Torun, la ciudad de Copérnico, y después a Cracovia, donde ya pasaría el resto de su vida. De su niñez conservó su gran imaginación, y su gusto por las novelas de Julio Verne, todo ello reflejado en sus Lecturas no obligatorias, por ellas sabemos también que no le gustaba la geometría, que le gustaban los conocimientos inútiles y que a veces no prestaba atención en clase porque su mente estaba en otras cosas, su asombro por la estadística, que después se vería reflejada en el poema Contribución a la estadística, su ilusión por el cine, su pasión por el teatro aficionado y sus primeros intentos de escritura. En el otoño del año 1935 ingresó en el Instituto de las Hermanas Ursulinas, que le dieron una educación clásica, que terminaría, a pesar de que en 1939 los nazis invadieran Polonía y cerraran la escuela. Wislawa tenía 16 años y se podría decir que tuvo suerte porque, a pesar de la dureza de la guerra, Cracovia fue la ciudad menos dañada por aquella, y aunque el instituto cerró las hermanas siguieron dando clases de f