Cuando Hitler robó el Conejo Rosa, de Judith Kerr - Miguel Ángel Maroto (topito)




Hitler robó el conejo rosa a Judith Kerr cuando apenas tenía nueve años; y esta, a su vez, me robó el mío cuando apenas cumplía los catorce. Cierto es que yo gané con aquel robo, pues sólo perdí la inocencia literaria que no la infantil, como así ocurrió con la autora de Cuando Hitler robó el conejo rosa. Ella, claro está, nunca podrá agradecer a su ladrón aquella infamia, cosa que yo sí puedo hacer con la mía, ya que descubrí una literatura juvenil más cercana a la realidad tras leer su libro. Y tras él vinieron otros, alejándome cada vez más de aquellos libros que editaba Barco de Vapor, descubriendo año tras año una literatura más madura, que me hacía pensar, crecer y descubrir mundos que hasta entonces desconocía. Sin embargo, esos otros apenas los recuerdo, pues ya se sabe que nunca nadie olvida su primera vez, recordándolo hasta que nos llega la vejez.


Judith Kerr nació en los dorados años veinte, en Berlín, la capital de la cultura europea tras finalizar la Gran Guerra. Una ciudad cosmopolita, abierta, a pesar de que sus leyes restrictivas. Un lugar donde el arte manaba de sus cincuenta nueve teatros, de sus multitudes bares y cafés —como el Romanisches Café, donde Billy Wilder se codeaba entre los artistas más vanguardistas de la época—, de sus salas de baile que daban trabajo a novecientas bandas musicales, de sus ciento cuarenta y nueve periódicos y de sus cuatrocientas revistas, cien de ellas dirigidas a un público claramente homosexual. La capital alemana desbordaba tal cantidad de arte y cultura que había desbancado sin ninguna duda a la anterior reina, la ciudad de las luces, y ahora toda Europa la admiraba. Nadie quedaba indiferente. Todo el mundo hablaba de ella, para bien o para mal, pues ya se sabe que los más conservadores siempre piensan que la libertad cultural conduce al libertinaje, sin otear más allá de sus propios ideales. Sin embargo, todo lo bueno llega a su fin, y Berlín no fue una excepción. En 1929 es golpeada por la Gran Depresión y esos años locos de arte, cultura y libertad dejan paso a los locos años del nazismo.

Hasta entonces, Alfred Kerr, un influyente crítico teatral y ensayista de origen judío, criticaba abiertamente los ideales del NSDAP, el Partido Nacional Socialista Alemán. Lo hacía en artículos y ensayos, ya fuera en prosa o en verso, hasta llegó a vapulearlos en sus críticas teatrales. Sin embargo, tras la Gran Depresión, comenzó hacerlo con más tesón, alentando al Frente de Hierro, agrupación de izquierdas creado por el SPD, para luchar con arrojo contra el fascismo; años después, desde el exilio, el propio Alfred les llegaría a denominar «de hojalata». Por lógica, todas aquellas críticas le granjearon peligrosos enemigos, pues ya se sabe que los nazis nunca se andaban con tonterías, y a la mínima de cambio estampaban tu nombre en aquellas listas de futuros difuntos. Por tanto, en el invierno de 1933, durante los preparativos para celebrar las nuevas elecciones parlamentarias que empujarían definitivamente a Hitler hasta la Cancillería, y tras recibir una alarmante llamada donde le advertían que le retirarían el pasaporte si el NSDAP ganaban las elecciones, Alfred Kerr no tuvo más remedio que abandonar el país; al menos, hasta que se celebraran dichos comicios.

«Aunque yo tenía una temperatura de 39o, salté de la cama, metí la ropa más imprescindible en una mochila y en tres horas y media me encontraba en Checoslovaquia. Esa misma noche, sentí una profunda alegría, pues tras de mí se encontraba la frontera alemana, y me deleite saboreando una buena jarra de cerveza elaborada en Pilsen.»
Extracto de la entrevista a Alfred Kerr para el Daily Herald de Londrés.
24 de diciembre de 1933.

Albert Kerr se encontraba a salvo, pero no así su familia. Así pues, por temor a que a ellos les retuvieran también los pasaportes, el día antes de las elecciones partieron al encuentro del cabeza de la familia. Sus hijos fueron los que más sufrieron, ya que su madre les había advertido que no debía comentárselo a ningún adulto, ni siquiera a sus amigos. Así pues, abandonaron su hogar de forma sigilosa, como viles ladrones tras alcanzar el ansiado botín. Y Judith, la más pequeña de la familia, obligada a elegir entre su nuevo oso de peluche o su viejo conejo de trapo, renuncia a su fiel compañero de juegos para llevarse aquel que era nuevo, sin percatarse, claro está, que con esa elección siempre sentirá en su corazón que Hitler le robó su infancia en Berlín.
«Salimos de Alemanía la noche anterior al 5 de marzo de 1933, cuando el partido nazi ganó las elecciones. Mi madre me contó más tarde que miembros del partido nazi se repsentaron a las ocho de la mañana del 6 de marzo de 1933 ante la puerta de nuestra casa para retirarnos los pasaportes.»
Extracto de la entrevista a Judith Kerr para The Guardian.
18 de febrero del 2015.

Alfred Kerr, su esposa Julia y sus hijos Michael y Judith.  Berlín, 1926


Cuando Hitler robó el Conejo Rosa no es una novela juvenil al uso. Es mucho más. Es claramente una oda a la pérdida de la infancia y a la superación del exiliado: la autobiografía de Judith Kerr escrita para sus hijos, de forma cruda y sencilla, nada que ver con la bucólica historia contada en Sonrisas y Lágrimas, donde las canciones y bailes nos trasportan a un mundo idealizado, un lugar donde debe vencer el bien mientras el mal escapaba con el rabo entre las patas. «Mama, ahora ya sé cómo fue tu infancia», le afirmó su hijo tras visionarla. Y ella, mientras asimilaba lo que había escuchado, sintió la obligación de escribir Cuando Hitler robó el Conejo Rosa, pues debía explicarles en primera persona la realidad de su infancia, tan aleja de esa felicidad que acompaña sin descanso a los protagonistas de Sonrisas y Lágrimas. Así pues, con arrojo y tesón, se puso manos a la obra, y comenzó a narrar en primera persona, cambiando su nombre por el de Anna, cada palabra, cada mirada, cada fragancia que recordaba desde el día que su padre debió huir a Checoslovaquia. 
Detalle de la ilustración de Judith Kerr para la portada de su novela.
Y ahora, que vuelve a estar entre mis manos al anochecer, cuando uno se tumba sobre la cama, vuelvo a sentirme aquel joven de trece años que viajaba junto a Anna descubriendo nuevos paisajes tras el cristal de trenes y automóviles, mirando con inocencia el mundo cruel de los adultos y aspirando novedosas fragancias de los países que transito hasta llegar al exilio. Y si les soy sincero, no puedo dejar de rememorar una y otra vez aquella primera vez junto a Anna, cuando aprendí que los libros no solo te enseñan a imaginar sino que también te pueden mostrar cómo es la realidad.

2 comentarios:

  1. Yo no tuve la ocasión de leerlo entonces. Lo he hecho más recientemente y es verdad que leerlo a los 13 años supone un plus importante.

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  2. Realmente es duro, me recuerda a Heldenplatz pero desde un punto de vista diferente donde la historia es contada por adultos y no por una niña que ha perdido su infancia

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