Sin lugar a dudas,
Italia es uno de los países más fascinantes del mundo. Desde el legado de
antiguas civilizaciones, tales como la etrusca o la umbra, hasta la herencia
artística recibida del Renacimiento y la Edad Media, pasando por el majestuoso impacto
arquitectónico y cultural de la República y el Imperio Romano, impresionan a día
de hoy a propios y a extraños. La importancia de la tradición culinaria con la
pasta y la pizza como referentes, la pureza de su café, la ortodoxia y, a la
vez, variedad de sus costumbres, la personal impronta de sus artistas son
también símbolos de su identidad ante el mundo. Desgraciadamente, al hablar de su
historia y presente, es inevitable mencionar la incidencia que han tenido las asociaciones
criminales en la política, economía y sociedad, siendo aún una de imborrable
lacra.
Aunque
sus prácticas no dictan mucho de las establecidas por la estructura del Imperio
Romano, se considera que la actividad de los primeros grupos mafiosos se
constituyó durante Il Risorgimento
–la reunificación italiana que tuvo lugar en el S. XIX– en el triángulo de la
muerte conformado por Palermo, Trapani y Agrigento, situadas al sur de la
Península. Era entonces cuando los nobles recurrían al jefe de la familia local
–el mafioso– para recuperar el ganado
robado, inyectando una suma significativa al montante de la familia.
Paulatinamente, creció la sofisticación de las bandas a la par que su poder,
asentadas por la permisividad y la relación con los estamentos gubernamentales
locales y regionales. Entre las principales bandas destacan la Camorra
(Campania), Cosa Nostra (Sicilia), 'Ndrangheta (Calabria) y Sacra Corona Unita
(Apulia).
Por
lo que respecta a literatura, son innumerables las obras que centran su
temática en la mafia como es el caso de los éxitos contemporáneos, y hasta
cierto punto con diversos paralelismos, Romanzo Criminale, escrito por el
magistrado Giancarlo de Cataldo
(2002), y Gomorra de Roberto
Saviano (2006). Ambas han supuesto una verdadera explosión a nivel
comercial, magnificado en los últimos años gracias a su adaptación a la pequeña pantalla en forma de serie –aunque
también tienen sus correspondientes homónimos cinematográficos de menos
repercusión–. Se pueden considerar trabajos de investigación de rigurosa y
extensa documentación, enmarcados en el terreno periodístico con pinceladas
narrativas, que además de ofrecer un retrato descarnado desde dentro de los clanes,
nos dan la oportunidad de comprender su existencia y asistir a la historia
moderna de un país sumido en el recuerdo de los años de esplendor.
En
primer lugar, Romanzo Criminale nos sitúa en las lúgubres calles de Roma
entre finales de la década de los setenta y comienzos de la noventa. Comandados
por el liderazgo férreo del Libanés, la Banda della Magliana –proveniente de
los suburbios de la ciudad– se erige, tras el secuestro de una personalidad, como
principal potencia del narcotráfico y del crimen organizado del centro de
Italia. Para ello no dudan en aniquilar a clanes rivales de manera despiadada,
ofreciendo al lector escenas de violencia explícita. Su ambición desmedida hace
expandir sus negocios hacia el juego, el ocio nocturno, la prostitución, la
especulación inmobiliaria o la usura.
En
una época convulsa a nivel político, la banda comienza a establecer contactos
con grupos de extrema derecha y a cooperar en causas como la liberación de Aldo
Moro –dirigente de la Democracia Cristiana– secuestrado a mano,
presumiblemente, de las Brigadas Rojas, con el anticomunismo como pegamento
entre ambas facciones. El ascenso del grupo consigue atraer a policías
corruptos que les permite campar a sus anchas, disponer de almacenes de armas
en edificios públicos y torpedear la investigación emprendida por el juez
Borgia y el comisario Scialoja. Es el propio comisario el que, tras años de
investigación anclada y penurias varias, ilustra la complicidad del sistema
para con las mafias.
“¿Quiere saber cuándo seremos realmente
europeos? Cuando por fin nos libremos de la perversa conexión entre política,
criminalidad, empresarios corruptos, servicios secretos desviados… cuando
logremos extirpar este cáncer… si es que lo conseguimos…
[…] A grandes rasgos, se trata de una
cuestión política. Pretenden mantener el orden. Controlar la situación para que
nada cambie. Los que ponen las bombas podrían resultarles útiles. Y por ello
dejan que lo hagan. Los usan. Los miman. Todo depende del anticomunismo. El
impulso inicial fue el miedo a los rojos. Personalmente hace años que no voto.
Pero me espanta pensar que para tener alejados a gente como Amendola o
Berlinguer sea necesario meterse en la cama con los asesinos. Proteger a los
traficantes de droga. Pagar a terroristas neofascistas. Dar vía libre a la
mafia."
Las páginas de Romanzo Criminale se convierten en una retahíla de disparos certeros, sin tiempo para reposar los acontecimientos vertiginosos ni la autenticidad de sus personajes. Su estilo resulta muy directo, sin adornos literarios, con multitud de conversaciones descarnadas y una descarga de acción desbordante. La última parte de la obra sugiere cierta vinculación entre algún miembro de la banda y ciertos sectores eclesiásticos, haciendo hincapié en la devoción divina como componente intrínseco del delincuente.
“Don Dante tiró a dos muchachitos andrajosos
que jugaban a la pelota en la entrada y lo condujo a la sacristía. El Dandi
extrajo del bolsillo el cheque ya cumplimentado y se lo entregó mirando al
suelo, y con la mano trémula de humildad. Gina no quería saber nada del
divorcio. Miglianico le había advertido sobre la posible venganza de una mujer
herida y, sobre todo, víctima de manías religiosas. La única vía era la Sagrada
Rota. Que a su vez pasaba por aquel religioso ávido e hipócrita.
—¡Vamos, hijo!
—Para los pobres…
—¡Ah, los pobres! Si supieses lo duro
que es para un pobre cura como yo… ¡me paso los días combatiendo para librar de
manos de Satanás a esas desgraciadas criaturas!
El cura le arrancó el cheque de las
manos. Leyó la cifra. Palideció.
—Tengo muchos pecados que hacerme
perdonar, padre…
—Tu solicitud ha sido aceptada —susurró
don Dante, apresurándose a esconder el cheque bajo un portafolio de tafilete—.
La audiencia del tribunal eclesiástico ha sido fijada para el próximo mes…”
Un poco más al sur, con epícentro situado en Nápoles, nos damos debruces con la realidad que describe Gomorra, una obra de un planteamiento y espíritu mucho más arriesgado que su predecesor en este artículo. El motivo es la vigencia de los hechos, que premiarían el arrojo de Roberto Saviano, su autor, con un futuro exilidado y la constante amenaza por parte de los grupos criminales. Es el propio autor quien brinda su perspectiva en primera persona, con los tentáculos de los clanes que conforman la Camorra extendiendo su influencia hacia la especulación urbanística, las contratas de servicios básicos, el narcotráfico, la falsificación de productos bajo una impronta de extrema violencia y una jerarquía hermética. Para muestra un botón:
“Cuentan que
Gennaro Marino, llamado «McKay», delfin de Paolo Di Lauro, fue al hospital
donde estaba ingresado el joven moribundo para consolar al boss. Su consuelo
fue aceptado. Después, Di Lauro hizo un aparte con él y lo invitó a beber.
Orinó en un vaso y se lo tendió. Habían llegado a oídos del boss noticias sobre
algunos comportamientos de su favorito que no podía aprobar en absoluto. McKay
había tomado algunas decisiones económicas sin discutirlas, algunas sumas de
dinero habían sido sustraídas sin rendir cuentas. El boss había advertido la
voluntad de su delfin de hacerse autónomo, pero quiso perdonarlo, como si se
hubiera tratado de un exceso de celo por parte de alguien que es demasiado
bueno en su oficio. Cuentan que McKay se lo bebió todo, hasta la última gota.
Un largo trago de orina resolvió el primer cisma que se había producido en el
seno de la directiva del cártel del clan Di Lauro. Una tregua frágil, que
posteriormente ningún riñón podría drenar”.
Así pues, cada uno de los capítulos giran en torno a una de las tematíca antes citadas, además de otras de un grado paradójicamente humano –como el dedicado al papel de las mujeres que hay detrás de la figura del boss y los florecientes delincuentes o a la lucha en vano de pequeños héroes que pensaron en acabar con la dictadura del acero– conformando como resultado una colección de anécdotas adornadas con pequeñas florituras literarias y descripciones superlativas que aportan dinamismo y brillantez al tono solemne. Pero, es la elocuencia de los datos y las referencias uno de los baluartes de Gomorra, la que esclare en enranaje perfecto del Sistema.
“El Sistema ha
crecido como una masa que se deja fermentar en las artesas de madera de la
periferia. La política municipal y regional creyó combatirla en la medida que
no hacía negocios con los clanes. Pero no fue suficiente. No prestó la atención
necesaria al fenómeno, infravaloró el poder de las familias al considerarlo un
deterioro de la periferia, y de este modo la Campania ha batido el récord de
ayuntamientos investigados por infiltración de la Camorra. Desde 1991 hasta
ahora han sido disueltos nada menos que setenta y un ayuntamientos en la
Campania. […]
Tan solo nueve de noventa y dos
ayuntamientos de la provincia de Nápoles no han sido nunca objeto de
intervenciones, investigaciones y auditorías. Las empresas de los clanes han
establecido planes reguladores, se han infiltrado en las ASL (Instituciones
Sanitarias Locales), han comprado terrenos justo antes de que fueran declarados
edificables y después han construido en subcontrata centros comerciales, han
instaurado fiestas patronales y sus propias empresas multiservicios, desde
comedores hasta servicios de limpieza, pasando por el transporte y la recogida
de basuras.”
En conclusión, tanto Romanzo Criminale como Gomorra ofrecen una perspectiva real y cercana de esos villanos que en otras décadas lucían trajes y corbatas. Con las manos manchadas de sangre y plomo, continúan sembrando el pánico en las calles con solo su presencia, la última decisión está entre sus manos y al ciudadano medio solo le queda el camino de rendir pleitesía o huir. El único elemento perpetuo en el tiempo es su moral, su devoción a su único patrón, su único Dios: el dinero que, en apariencia, todo lo puede.
Un artículo excelente sobre un tema tan de actualidad. Gracias Barrikada.
ResponderEliminar