De Profundis, de Oscar Wilde - Tuto






En mayo de 1895 tuvo lugar el juicio que finalizaría con el encarcelamiento de Oscar Wilde. Éste se vio envuelto en un enfrentamiento entre el Marqués de Queensberry y su hijo Alfred Douglas, quien forzó a Wilde a denunciar a su padre. Finalmente, fue Wilde quien acabó en prisión, acusado de indecencia. Allí escribió “De profundis” en forma de una larga carta a Alfred Douglas. No será el mismo tras la experiencia de la Cárcel de Reading.


Al contrario de lo que muchos creen, Wilde no vivió su homosexualidad como un desafío al mundo. Aunque criticaba duramente a la burguesía y a los últimos coletazos de la sociedad victoriana, siempre necesitó su admiración. Su encarcelamiento supuso un durísimo revés que lo convertiría en un hombre derrotado.
               
Son muchos los que hoy tienen una visión romántica de los últimos años de vida de Oscar Wilde, atribuyéndole frases como “El amor que no se atreve a decir su nombre” (cuando realmente pertenece al poema “dos amores” de Alfred Douglas, aunque es cierto que este verso se empleó en el juicio contra Wilde), o asignándole el papel de un valiente revolucionario que, si se profundiza un poco, se puede ver que nunca reclamó para sí.

“De Profundis” es la obra de un hombre roto que busca un sentido a todo lo que le ha ocurrido. No deberíamos acercarnos a ella sin el debido respeto, sin la reverencia que merece un hombre que sufre.

No es exacto comprender toda la obra de Wilde como la obra de un hombre dedicado al puro placer. Oscar Wilde fue mucho más que eso. A pesar de que toda su vida defendió la “inutilidad” del arte y la importancia de que las obras fueran bellas en sí mismas, toda su producción literaria está marcada por la búsqueda de los valores escondidos en el hombre. Wilde fue toda su vida un amante de la paradoja, tanto en su obra como en su vida, así podemos encontrar afirmaciones como “La Moral no me ayuda. Yo nací antinomista. Soy de ésos que están hechos para las excepciones, no para las leyes” y a su vez “Sí, hay una terrible moraleja en Dorian Gray, una moraleja que no sabrán ver los rijosos, pero que se revelará a todos los que lo lean con mente limpia”[1]. Sea como sea, lo que está claro es que tanto sus cuentos (como por ejemplo “El gigante Egoísta” o “El príncipe feliz”), como su única novela (“El retrato de Dorian Gray”) o sus obras de teatro (sin ir más lejos, “El abanico de Lady Windermere”) son un claro signo de que Wilde no entendía la vida como simple y puro placer[2]. Pero no será hasta la publicación de su epístola “De Profundis” cuando esto quede claro.


“De profundis” no es una carta de amor al que fue su amante. O sí que lo es, pero entendiendo el amor no de forma romántica, sino radical. “Ahora me parece que el amor, cualquiera que sea su categoría, es la única explicación posible de la enorme cantidad de sufrimiento que existe en el mundo”. En esta larga carta, que Oscar Wilde quiso llamar “In Carcere et vinculis”, trata de hacer comprender a Alfred Douglas (Bosie) la responsabilidad que tiene en el hecho de que él esté en la cárcel. Lo perdona: “Debo perdonarte por mí mismo, pues no es posible cobijar siempre en el corazón una víbora que se nutre de él, ni levantarse todas las noches para sembrar de abrojos el jardín del alma”. Y finalmente trata de exponerle el sentido del sufrimiento.


No nos engañemos, esta carta posee en sí misma angustia y patetismo, reproches amargos y serenidad espiritual[3]. Oscar Wilde perdona, pero con dureza. Nos presenta a un Bosie caprichoso, inconsciente y calculador. No nos ahorra ni una sola anécdota. Y no hace una defensa de su orientación sexual, porque no es ése el objetivo de esta epístola. El objetivo es el sentido. La búsqueda de la comprensión del dolor. “Aunque a veces me regocijara en la idea de que mis sufrimientos fueran interminables, no podía soportar que no tuvieran sentido. Ahora encuentro escondido en mi naturaleza algo que me dice que no hay nada en el mundo que carezca de sentido, y el sufrimiento menos que nada”. Wilde comprende que huir del dolor le ha hecho incompleto, y surge en toda su grandeza como hombre en el encuentro con él:

               “El pesar y todo lo que él te enseña es mi nuevo mundo. Consagrado en otro tiempo por entero al placer, procuré huir de todo sufrimiento y amargura. Como odiaba el dolor, resolví ignorarlo mientras me fuese posible, tratarlo como algo imperfecto (…) Durante los últimos meses he podido comprender, después de infinitas luchas y dificultades, algunas de las lecciones que en el dolor se ocultan” (Wilde, De profundis)

No en vano el 18 de febrero de 1897, mientras escribía “De Profundis”, informó a More Adey de que era la carta más importante de su vida, diciéndole que tendría que ver con su futura actitud mental  hacia la vida. “Por fin veo una verdadera meta hacia la que puede ir mi alma de forma sencilla (…). Toda mi vida depende de ello”[4].


Sin duda lo más difícil al escribir sobre “De Profundis” es hacer referencia a su fuerte carga espiritual siendo “políticamente correcto”. Y es que, una buena parte de la obra está dedicada a hablar de Cristo, como aquel que cargó con todo el sufrimiento y la culpa del mundo. Wilde leía todos los días los Evangelios en griego. No podemos ignorar o pasar por encima la importancia que esto tiene para comprender “De profundis”, pues correríamos el riesgo de mutilar un porcentaje demasiado alto de la obra. No hay lugar a dudas: Wilde ve en Cristo la única vía para dar sentido a su sufrimiento. Ni en Esquilo ni en Dante, maestros severos de la ternura, ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas (…) No hay nada que (…) pueda ni equipararse ni acercarse siquiera al último acto de la Pasión de Cristo”.  Y esto, de nuevo, encuentra su contradicción con su vida anterior, como nos recuerda André Gide en sus recuerdos de Oscar Wilde:

               “Sí, lo sé… un día se hizo en la tierra un profundo malestar, como si por fin la naturaleza fuera a concebir algo único, algo único verdaderamente… Y Cristo vino a la tierra. Sí, lo sé bien, pero escuche:
               Cuando José de Arimatea por la noche descendió del Monte Calvario donde acababa de morir Jesús, vio sentado sobre una piedra blanca un hombre que lloraba. Y José se aproximó a él y le dijo:
Comprendo que tu dolor sea grande, porque este hombre era verdaderamente un justo
¡Oh! ¡No es por eso que lloro! –repuso el joven-. ¡Lloro porque también yo he hecho milagros, he devuelto la vista a los ciegos, he curado a los paralíticos y he resucitado muertos. He secado también el higo estéril y he cambiado el agua en vino. Y los hombres no me han crucificado” [5]

Es aceptando la contradicción y en la paradoja del pensamiento de Wilde donde podremos comprenderlo en su grandeza como hombre. Cualquiera que pretenda enarbolar la bandera de Oscar Wilde como propia, se verá en la obligación de ignorar una buena parte de su vida y de sus escritos.

Pero tampoco seamos ilusos. Como hemos señalado previamente, “De Profundis” también contiene amargura y reproche. Todo ello entremezclado con momentos de gran paz. Ello nos da la mejor imagen de Wilde, un hombre que quiso cambiar de vida al salir de la cárcel, pero que no pudo o no supo. Tras ser liberado, Wilde no volvería a ser el mismo. Tendrá que partir a París, abrumado por la pobreza y el temor al ridículo. Los últimos meses de su vida estarán rodeados por el anonimato, la vergüenza y el exceso de alcohol. Incluso buenos amigos suyos huirán al verlo por la calle. Hasta que muera en la pobreza absoluta. Sólo desde este trasfondo podemos comprender la nobleza y la debilidad de este hombre al escribir “De profundis”, lo cual no le quita fuerza sino que le devuelve toda su dignidad pues, como él mismo dijo años antes en "El abanico de lady Windermere", “todos estamos en la cloaca, pero algunos miramos hacia las estrellas”.     
       
                             

[1] Oscar Wilde. “En defensa de <<Dorian Gray>>
[2] Citamos al mismo Wilde: Naturalmente, todo eso está anunciado y prefigurado en mi arte. Algo está en «El príncipe feliz»; algo en «El joven rey», sobre todo en el pasaje donde el obispo le dice al muchacho arrodillado: «El que hizo la desdicha, ¿no es mas sabio que tú?», una frase que cuando la escribí me pareció poco mas que una frase; mucho está oculto en la nota de Fatalidad que corre como un hilo de púrpura por el paño de oro de Dorian Gray. (Oscar Wilde, “De Profundis”)
[3 Pearce, J., Wilde, la Verdad sin Máscaras. Madrid 2006
[4] Hart-Davis, R., Letters of Oscar Wilde. Oxford 1979
[5] Gide, A. In memoriam- De profundis. Puebla 1985

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