Cuando el espejo se rompe en nuestras manos o El ojo de Vladimir Nabokov - hierbamora

“Estimados aspirantes a lectores : me congratulo en regalarles un preciado y sabroso postre. Se toma de un trago, dada su brevedad, y se agita sin prejuicios antes de absorberlo. Al primer contacto podrá notar una pequeña molestia en el estómago. No se apure, todo es cuestión de principios. Déjelos a un lado, y por un día, beba sin pudor, con ganas, sin escalofríos ni temores. Si aún así siente mareo no se asuste en exceso: la embriaguez agita las neuronas y remueve las planas, obtusas y miméticas ideas. Disfrute del licor que desprende la locura y el arrebato. Mañana puede ser un día en calma, liso, muerto. No olvide que le avisé”.

En esta ficticia recomendación de Nabokov se esconde una de las claves de esta magistral obra, El ojo (1930), traducida al inglés en 1965: su desconcierto. Asistimos desde el principio a una historia no lineal, fragmentaria y extraña. Si como decía el propio Nabokov, “todo gran escritor es una gran embaucador”, él ha de serlo. Escritor digo, pues nos engaña y despiste desde la primera línea de esta críptica y minúscula obra, -la cursiva no ha de hacernos sospechar en una obra de categoría menor, pese a conocer y reconocer al autor principalmente por su novela Lolita (1955), bestseller que lo conducirá a la fama, y le permitirá cumplir uno de sus dos mayores placeres: escribir y cazar mariposas (Opiniones contundentes); más bien es debido a sus menos de 100 páginas.


¿Qué es lo que hace que este libro sea algo extraño?, ¿qué de particular tiene?, ¿de qué trata?, ¿por qué no lo recomendaría a cualquier persona? En primer lugar, pese a ser un libro breve, como ya he dicho, es un libro difícil. Su trama es una maraña de acontecimientos, situaciones y diálogos, a veces inconexos, algunos variopintos. El primer gran tema, o la primera parte, sería la historia de un hombre que se ha doblado o desplegado en dos. Pero es mucho más que eso. Es una novela que juega con la identidad y el concepto que tenemos de nosostros mismos, además de la imagen que proyectamos a los demás. Un juego de espejos, de personajes contradictorios (¡a agradecer!), cambiantes, difusos. Hay desde el principio la sensación de que nos están tomando el pelo: ¿Qué ocurre aquí?, ¿qué está pasando?, ¿habrá trampa? La sensación de inquietud y confusión nos abruma por sus páginas Miramos al protagonista, cuyo “indefenso ser invitaba a la calamidad” (p.22), y como él, a todos los infinitos lados, con un “ojo frío, insistente, infatigable” (p.74).

Una cosa que había sospechado desde hacía tiempo -el absurdo del mundo- se me hizo evidente. De pronto me sentí increíblemente libre, y la misma libertad era una indicación de ese absurdo. Tomé el billete de veinte marcos y lo rompí en pequeños pedazos. Me quité el reloj de pulsera y lo empecé a estrellar contra el suelo hasta que se paró. Se me ocurrió que en ese momento, si lo deseaba, podía salir corriendo a la calle y, con vulgares palabrotas de lujuria, abrazar a la mujer que eligiera; o pegar un tiro a la primera persona que encontrara, o romper un escaparate...Eso era prácticamente todo lo que se me ocurría: la imaginación de lo ilícito tiene un alcance limitado” (p. 31).

Quiénes son los protagonistas, y qué nos cuentan? Escuchemos al propio Nabokov en el prefacio: “La gente de este libro son los personajes favoritos de mi juventud literaria: expatriados rusos que viven en Berlín, París o Londres” (p. 9). [...] El tema de El ojo es el desarrollo de una investigación que conduce al protagonista por un infierno de espejos y acaba en la fusión de imágenes gemelas (p. 12). Un personaje cuya vida parece condenada a la más absoluta mediocridad, pero que un giro dramático en su vida lo convierte en un expectador de un extraño escenario que transcurre en una casa de inmigrantes rusos. Se advierte no leer la contraportada para mayor deleite, aunque su mayor envergadura y admiración “no está en el misterio sino en el esquema” (p. 13). Como admirador de Borges y Joyce (aunque de este último decía literalmente que no había aprendido nada), parece compartir el placer de molestar al lector con trucos y juegos de palabras y puzzles.

Todo es fluido, todo depende del azar, y fueron en vano todos los esfuerzos de aquel burgués avinagrado con pantalones victorianos a cuadros, autor de Das Kapital, fruto del insomnio y de la jaqueca. Hay un placer estimulante en mirar hacia el pasado y preguntarse: ¿Qué hubiera ocurrido si...? y sustituir un acontecimiento fortuito por otro, observando cómo de un momento gris, estéril, mediocre de nuestras vida surge un acontecimiento maravilloso y halagüeño que en realidad no había logrado florecer. Algo misterioso, esta estructura ramificada de la vida: en cada instante pasado percibimos una bifurcación, un “así”, y un “de otro modo”, con innumerables zigzags deslumbrantes que se bifurcan contra el fondo oscuro del pasado” (pp. 39-40).

Para acabar, el crítico de Dostoievski, -al que calificaba de sentimental frente a sensible, el escritor norteamericano, -como le gustaba llamarse-, de comportamiento a menudo àspero, nos invita al enigma de desvelar una identidad capaz de mudar de color con la misma frecuencia que un camaleón: [...] Averiguar el paradero de Sumorov sigue siendo, creo, un deporte excelente a pesar del paso del tiempo y de los libros (Prefacio, p. 13).


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Notas
1 .- Nabokov aclara: “Aunque parezca extraño, los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un «relector». [...] si el aspirante a lector carece por completo de pasión y de paciencia -pasión de artista y paciencia de científico-, difícilmente gozará con la gran literatura.

Bibliografía

Nabokov, V.; El ojo, Edit. Anagrama, Barcelona, 1986.
http://www.fathom.com/course/10701032/sessions.html
http://www.guardian.co.uk/books/2009/nov/14/vladimir-nabokov-books-martin-amis
http://hera.ugr.es/tesisugr/1671023x.pdf
http://rbth.ru/articles/2010/02/24/240210_nabokov.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Nabokov

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