El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry - Raquel Sáez (Eyre)


“Érase una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo...”

Entre los libros más vendidos de la historia de la literatura figura un título tan estimado como es El Principito, del autor galo Antoine de Saint-Exupéry. Una deliciosa novela corta que ha conquistado los corazones de generaciones de lectores. Traducida a unas 260 lenguas y dialectos, se certifican 150 millones de copias vendidas en todo el mundo desde su publicación original en 1943. Rápidamente se convirtió en un fenómeno universal y hasta la fecha no ha perdido popularidad, siendo reeditado desde entonces de manera regular con gran éxito, alcanzando así la prestigiosa categoría de long-seller. Para resaltar más su trascendencia, podemos añadir que cuenta con admiradores entusiastas a lo largo y ancho del globo (algunos de los cuales son coleccionistas que atesoran multitud de ediciones diferentes). Así mismo, se han realizado numerosas adaptaciones cinematográficas, televisivas y teatrales, y se han construido museos y parques temáticos dedicados a libro.

Estos son sus logros y sin duda impresionan. No obstante, si ofrecemos esta información es por consideración hacia las personas mayores, ya que sabemos que a los mayores les gustan los datos y las cifras. Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. Centrémonos en lo esencial: ¿qué podemos encontrar en las páginas de este libro? ¿Quién es el famoso principito? ¿De qué trata la historia?

En palabras del autor: El Principito es un libro para niños escrito para adultos. ¿Significa esto que los lectores más jóvenes no pueden apreciarlo? ¿Se necesita tener una edad determinada? No, en absoluto. Lo que significa es que éste es un libro con el que podemos deleitarnos a cualquier edad y a varios niveles. De mágica fábula a disertación filosófica. Tal vez hasta consigáis ver un elefante en el interior de una boa, o un cordero a través de una caja. Lo bueno es que un grado de lectura no invalida ni es incompatible con el otro. De hecho, El Principito es lectura habitual en colegios y una de las obras más utilizadas y recomendadas para los estudiantes de francés a la hora de aprender el idioma por su asequibilidad.

La primera vez que leí esta breve novela fue en mi infancia y quedé encandilada. Me fascinó la atrayente personalidad de aquel extraordinario principito y lo entrañable de su historia. Cuando abordé la relectura para redactar estas líneas, lo hice con un ligero temor de que se empañase el maravilloso recuerdo que guardaba en mi memoria. Nada más lejos. Puedo declarar con satisfacción haberla disfrutado de nuevo, ahora con unos añitos más, una visión más adulta y un bagaje de vivencias más amplio, aplicando mi propias experiencias personales y evocando el pasado. Porque todos hemos sido niños una vez (aunque no todos lo recuerdan).

Antes de entrar a comentar la trama, conviene aportar al menos una breve semblanza biográfica del autor para ponernos en antecedentes. Antoine de Saint-Exupéry nació en Lyon (Francia) en 1900. Fue piloto de aviación civil y militar, escritor y reportero de prensa (destacamos que -entre otros destinos- fue enviado como corresponsal a España en 1937 para informar sobre la guerra civil). 

Acreditación de prensa de Saint-Exupéry, 
hallada en el Archivo de Salamanca


Se exilió a Estados Unidos en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, tras la ocupación de Francia por el ejército nazi y la consiguiente firma del armisticio. Su pista se perdió en 1944, cuando su avión desapareció en el mar Mediterráneo durante una misión de reconocimiento. Sus restos no fueron rescatados e identificados hasta décadas más tarde, en el año 2000.

Saint-Exupéry escribió El Principito tan sólo un par de años antes de su muerte, en 1942, mientras residía en Nueva York. A finales de ese año entregó el manuscrito a su editor americano Eugene Reynal, de la editorial Reynal & Hitchcock. Reynal hizo traducir el texto al inglés, publicando la traducción y el original en francés de manera simultánea el 6 de abril de 1943. La obra iba acompañada de unas ilustraciones en acuarela del propio autor, que forman una parte fundamental de la novela. El retrato de ese niño de expresión serena y cabellos dorados es una de las imágenes más reconocibles de la literatura. 

Ahora sí, tomemos la novela. El autor nos gana incluso antes de comenzar la historia, desde la misma dedicatoria, con unas enternecedoras líneas que conjugan un simpático gesto hacia los lectores con un conmovedor mensaje dirigido a su gran amigo Léon Werth.

Acto seguido, se presenta el narrador, un piloto de aviación. Inicia su relato con un episodio vivido en su infancia que le hizo desarrollar una particularísima y un tanto desencantada visión de la sociedad. Ya en la mediana edad, el piloto decide escribir sobre su amistad con un muchacho que conoció seis años atrás en unas circunstancias muy especiales. Quiere dejar por escrito esta historia para no olvidar. Porque es muy triste olvidar a un amigo.

Así comienza todo: el aviador sobrevuela en solitario el desierto del Sahara cuando sufre una importante avería y se estrella. Explicaremos que Saint-Exupéry también se estrelló en el Sahara en diciembre de 1935 y que ésa parece ser la inspiración de esta historia. Pero volvamos a su trasunto literario: debe acometer una ardua y difícil tarea para reparar el motor de su avión. Al amanecer del día siguiente le despierta la voz de un niño. El chiquillo le hace una sorprendente petición: que le dibuje un cordero. ¿Cómo es posible? ¿Un niño perdido en tan recóndito, aislado paraje? ¿A mil millas de distancia del lugar habitado más próximo? ¿Es una aparición? ¿Un alucinación provocada por la estancia en el desierto? El desconcierto del piloto es aún mayor cuando el niño afirma provenir de otro planeta. Los protagonistas entablan conversación y, a lo largo de los días sucesivos, el muchacho le contará al piloto detalles de su planeta y cómo llegó a la Tierra.

El planeta del que procede el principito es apenas más grande que una casa. Es un asteroide, en realidad. El asteroide B612. Mirad al firmamento: está ahí, justo encima de nosotros. Pero... ¡qué lejos está! Allí habitaba el pequeño, llevando una vida solitaria, la única persona sobre la faz del planeta. Cada día arreglaba su reducido espacio minuciosa y diligentemente: cuidaba de una bella y orgullosa rosa, limpiaba los tres volcanes existentes y arrancaba las malas hierbas para combatir la amenaza de los baobabs. 

El Principito, deshollinando los volcanes


Un día, toma la decisión de emprender un viaje por el universo para ver mundo y encontrar respuestas a sus inquietudes. Visita varios asteroides vecinos, cada uno habitado por un personaje. Todos ellos representan distintos caracteres de la sociedad adulta, en una curiosa alegoría de la naturaleza humana, y todos encierran una crítica. El principito continúa su periplo de un asteroide a otro hasta que aterriza en el planeta Tierra.

Es suficiente. Nos detenemos aquí porque corremos el riesgo de extendernos más que el propio texto redactado por Saint-Exupery y arruinar el placer de descubrir poco a poco los entresijos de la historia.

Los guiños e interpelaciones al lector son continuos a lo largo de la novela. De este modo se establece cierta complicidad entre el autor y nosotros. Y es que, aunque el narrador pretenda dirigirse expresamente a los niños, en realidad está lanzando mensajes a todos nosotros, tanto niños como adultos que una vez fuimos niños.

Para quienes aún no conozcáis la historia: sólo nos queda recomendaros que os adentréis en este universo. Acompañad al piloto y al principito en su emocionante y emotivo viaje. Es posible que os domestiquen y que vosotros les domestiquéis a ellos.
Para quienes ya leísteis la novela y la tenéis en un lugar especial: esperamos que este articulito haya removido las sensaciones que albergabais.

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