La casa de la Troya: una estudiantina recuperada - Conchi Sarmiento

En tierras gallegas, La casa de la Troya (1915) de Alejandro Pérez Lugín (1870-1926) es posiblemente una obra muy conocida y poco menos que perteneciente al grupo de lecturas obligadas para los santiagueses en general y los estudiantes compostelanos en particular. Pese a ello –o precisamente por ello, y ahí es donde radica su mayor encanto- el lector no gallego no la descubre hasta que visita Santiago de Compostela, ya sea como peregrino, viajero o estudiante “de fuera”.

En el momento de su publicación La casa de la Troya tuvo en éxito fulgurante, incluso fue premiada por la Real Academia Española. En la actualidad goza de una popularidad y tradición tan arraigadas que hasta cuenta con página web, de la editorial Camino do Faro, donde puede leerse que “en cierto sentido esta obra se halla al mismo nivel que la Biblia y el Quijote, pues ocupa el tercer lugar entre las obras que más veces se editaron en la lengua española”. Cito textualmente y que el lector discurra en qué puesto quedaría el Lazarillo y la Celestina… Pese a todo ello, aún habiendo sido adaptada al teatro y llevada al cine en varias ocasiones, aún siendo la de la Troya una novela tantas veces reeditada (casi en un siglo, la editorial Gali ya ha llegado a la 99ª edición), no es un éxito de ventas aclamado a nivel nacional. El tiempo parece estar relegándola al olvido, si no es en Galicia y por lo que tiene de tradicional.

El argumento de la obra es muy sencillo: Gerardo Roquer y Paz, madrileño con morriña de copleteras y Paseo del Prado, viaja por orden paterna a Santiago de Compostela para acabar su carrera de derecho sin distracciones. En Santiago, de la mano de sus compañeros de la Casa de la Troya –así llamada por ser pensión sita en dicha calle-, se “estudiantizará” y descubrirá el sentido de la verdadera amistad y del amor. Su estructura interna es bastante clásica: la trama que se plantea implica una situación inicial que provoca una serie de peripecias y complicaciones a través de las que se alcanza el clímax, acmé o punto culminante, y cuya tensión se resuelve en el desenlace, al final del relato.

Lugín
inicia la historia coincidiendo con el curso universitario y la llegada de los estudiantes a Santiago. Entre ellos, el protagonista, Gerardo, quien durante los cinco primeros capítulos entra en contacto con el ambiente de la ciudad
y sus habitantes, de las aulas y sus compañeros, aclimatándose a marchas forzadas y sin poder evitar ocasionales arrebatos de nostalgia por su vida pasada en Madrid. Compostela se plantea a los ojos de Gerardo como un mundo aparte, ajeno a todo lo conocido, trasmitiéndole al lector una impresión indescriptible de algo que se vive, que se siente y que se ha de guardar para uno mismo. El influjo gallego afecta mucho a Gerardo a lo largo de la novela y podemos seguir el proceso de adaptación al clima, a la gastronomía, al carácter de los gallegos e incluso, cómo no, al halo de misterio, de mitología, cruceiros e iglesia de las ánimas que lo impregna todo, como la niebla nocturna y la omnipresente humedad que cala las piedras de sus edificios. No es sino a partir del capítulo VI cuando se inicia el nudo argumental, basado en la historia de amor entre Gerardo y Carmina Castro Retén. Esta es una novela folletinesca, así que, como no podría ser de otro modo, tras una entretenida amalgama de novatadas estudiantiles, barrabasadas, dimes y diretes, ternezas y murgas varias, triunfan el Amor y la Amistad.

Sin menoscabo de la trama, lo que de verdad alcanza cotas de interés en esta obra son, por un lado, la manera en la que Lugín se recrea en los galleguismos, en las notas etnográficas que nos brinda a manos llenas y las alusiones a la lluvia en Santiago de Compostela; y por otro, los personajes y los rasgos anecdóticos de picaresca estudiantil. Ésta incluso hasta tiene nombre propio: Casimiro Barcala, el de “más mundo”, que desde cambiar los letreros de las tiendas hasta en lo de idear la forma –“digna de un canto de Homero”- de conseguir algunas pesetas para ir al teatro a costa de la parroquia compostelana de sobra sirven como muestra de su fértil ingenio. Tampoco Pepe Madeira se queda rezagado con aquella de colgar los libros de texto del brazo del ángel de la fuente de las Platerías, o aquella en la que le roban los “chourisos” y el Ribeiro a la tabernera del Mesón del Viento… , pero, ¿quién osa robarle en “latín paladino” a una tabernera?... O lo de las empanadas del pobre Samoeiro, el “Ostrógodo”… Cómo olvidar los sapientes consejos y atenciones varias de Rafaeliño, el del café del Siglo, y de Augusto Armero, la sacrificada vida de Aldolfo Pulleiro y su juego completo de instrumental médico –¡y uno de los usos que le dieron los troyanos!-, Javierito Flama, Manolito Gómez, Nietiño, Boullosa, Baamonde, Quiroga…, y a Maragota y su señora madre…

Lector, desde aquí te invito a descubrir este libro: te supondrá una distracción placentera, estimulará tu sentido del humor, tu sentido de la fraternidad y del compañerismo y, lo que es más importante: te hará adorar Galicia. ¡Buena lectura!



Alejandro Pérez Lugín (1870 - 1926)

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