Concierto al atardecer - Ildefonso-Manuel Gil (Aben Razín)



A mi tío Ildefonso-Manuel Gil, ejemplo de cordura y honestidad.


En la cerrada noche del insomnio,
todo cuanto ellos al morir callaron 
me lo dicen a mí. Yo he de decirlo, 
con sus mismas palabras a vosotros, 
para hacer imposible que el silencio 
me los vuelva a matar en la memoria. 

No dejaremos que la muerte sigue 
el vuelo de su ensueño y su esperanza, 
ni que ponga el olvido en nuestros labios 
una canción que apague su recuerdo. 

De su poema “La soledad poblada” 
 Poemas de dolor antiguo (Madrid, Adonais, 1945). 


Julio Cortázar afirmaba que el azar hace las cosas mucho mejor que la razón, y pueda ser que tenga sentido esta afirmación. En la vida de Ildefonso-Manuel Gil, en medio de la cruenta batalla de Teruel, toma su razón cuando, por un infortunio de un apellido equivocado, se libra de una saca mortal que le hubiera llevado a su fusilamiento. ¿Qué sentido tiene este acontecimiento en la vida de una persona? ¿Cómo entender, definitivamente, la fragilidad de la existencia ante los avatares de un acontecimiento violento como fue esta batalla en mitad de la nada? ¿Se debe ser testigo vivo de una memoria sangrienta y silenciada? Estas páginas que siguen no dejan de ser un humilde homenaje a este escritor aragonés que ha sido olvidado de las páginas de la buena Literatura.



Es evidente que, a lo largo de la Historia, constatamos estrechas relaciones entre las ciudades y ciertos acontecimientos históricos: Roma y el Imperio; Berlín y el partido nacional socialista de los años 30; Moscú y la Revolución de Octubre, entre otros muchos ejemplos. Por acotar esta visión global histórica, en nuestro país, salta a nuestra memoria el vínculo contemporáneo entre la batalla de Teruel de la Guerra civil española y esta capital de provincia. Tanto es así que, desde distintas ciencias históricas, se ha ido estudiando, a partir de los años 80 del siglo pasado, este acontecimiento bélico de singular crudeza no sólo por la batalla en sí, sino por la climatología y la brusquedad de las venganzas e inquinas que se produjeron. Antes de todo esto, nada hacía presagiar los hechos que narra el autor en la obra Concierto al atardecer, ambientada en una ciudad donde se despliega una violencia que se desboca en el estío de 1936, sólo aumentada durante el invierno de 1937, en el momento en que comienza el asalto de la ciudad de Teruel por las tropas republicanas:


La columna, peana del becerro de bronce que da la grupa a Castilla y apunta con sus cuernos a Europa, tan leja, el famoso becerrico símbolo de la ciudad y contrapeso totémico al sentimentalismo de los no menos célebres “Enamorados”, daba sólo una levísima franja de sombra, rendija abierta en el muro macizo de sol de la plaza en esa hora de la siesta, con los comercios cerrados y los escasos transeúntes deslizándose bajo la sombra protectora de los porches (p. 13).

Es, en esta ciudad de provincias, donde arrancan los hechos que cuenta Ildefonso-Manuel Gil, entonces profesor y militante del partido comunista. Una ciudad pacífica, donde nunca pasaba nada, pero que, tras los hechos de ese 18 de julio de 1936, un montón de cuestiones asaltan al lector valeroso y a nuestro personaje: ¿Cómo tiene que afrontar un profesor, incluso de una manera estoica, los hechos que le sobrevienen? ¿Debería abandonar el lugar donde sabe que la violencia va a transformar la vida de sus habitantes y el futuro de la ciudad o mantenerse firme en sus principios? ¿Es posible afrontar este hecho desde una perspectiva heroica o simplemente como un espectador más? En un primer instante, los personajes que aparecen en las páginas de esta novela no cuestionan de una forma vehemente los hechos impuestos. Están en un estado de guerra contra el cual no pueden hacer nada, sin embargo, en la soledad del presidio, aquellos sobrevienen con una insistencia insultante, de tal manera, que una respuesta se acaba demostrando ética. Todo este discurso, Ildefonso-Manuel Gil lo muestra desde el punto narrativo con un tratamiento propio de la ficción, intentando ser lo más fiel a lo que sucedió y a lo que vio, pero retocando algunos datos e imágenes para dejar impronta del hecho casual que le salvó la vida de una de las sacas mortales que salieron de la prisión en la cual estaba. En esa ciudad de provincias, la habían instalado en lo que entonces era, y ahora es, el Seminario Conciliar de la diócesis católica de Teruel.

Nada más comenzar la sublevación, en esas primeras horas del trance, la ciudad queda en manos del bando sublevado: la venganza y el odio que se venían gestando desde algún tiempo atrás inunda los pueblos de la provincia. Los dos bandos deciden que es el momento de desatar lo más aciago de sus propuestas cívicas. Por otra parte, esos instantes de desinformación de lo que había sucedido en Marruecos y de la posterior respuesta del Gobierno de Azaña en Madrid quedan perfectamente dibujados en los primeros capítulos de esta novela: las noticias son confusas, pero, sobre todo, lo que más se nota en los trazos de esta obra es la situación de angustia de un estado de guerra que se acaba de declarar, una sensación vista desde una de las ciudades con menos habitantes de la España de los 30. En un verano, donde lo más corriente es la siesta y la partida de cartas, la cruda realidad se impone de una manera brutal y muchos de los visitantes casuales de esa capital, hijos del lugar y veraneantes del Levante, se ven encerrados en un ambiente agobiante e irrespirable.

Mucho se ha escrito sobre esos primeros meses de la sublevación en esta ciudad de provincias y también sobre la inmisericorde batalla de Teruel, entre mediados de diciembre de 1937 hasta finales de febrero del año siguiente. Asimismo, se han realizado interesantes estudios de cómo se transformó la ciudad tras la declaración de Regiones Devastadas, promovida por el general Varela, Ministro de Instrucción del primer gobierno de Franco, de la que se aprovechó para reconstruirla, tras la finalización de nuestra contienda fratricida. De los estudios científicos e históricos, se puede colegir que esta batalla albergó unas características especiales que, por un lado, se debieron a la posición geográfica de la ciudad y, por otro, se acrecentó inhumanamente por la climatología tan adversa que sufrieron los contendientes de esta ofensiva con unas temperaturas de – 33ºC y que sirvieron para que la ciudad de Teruel fuera para siempre con el calificativo de ser la capital de provincia más fría de toda España. Aquellos supervivientes de uno u otro bando de esos días dan fe de lo que sucedió, de lo que se padeció y que, irremediablemente, cambió la idiosincrasia de sus futuros habitantes; entre otras razones, porque siempre fue considerada como ciudad abierta.

Pero sigamos, tras este breve excurso histórico que apenas puede intuir lo que acaeció en esos momentos, con las desventuras de nuestro escritor en la ciudad sangrienta en la que se había convertido Teruel. Recordemos, al caos sobrevenido, le llega la barbarie, la bestialidad humana que es un pozo cuyo fondo no se toca nunca y que sirve para expresar los más atávicos y repugnantes sentimientos que los seres humanos solemos albergar. Después de esta incomprensible situación, llega la prisión y la cárcel por una detención inexplicable -la eterna pregunta por la razón de esta dramática elección de los represaliados-: la inoperancia de las fuerzas gubernamentales del gobierno republicano de la ciudad hacen el resto y el Seminario se llena de hombres que, sin entender nada, se van encontrando en un callejón sin salida -aquí es donde se encuentra nuestro Alonso, el alter ego de Ildefonso-Manuel Gil-. Las mentalidades y las psicologías se van transfigurando. Esa primera vergüenza que antes había sentido al tener que admitir un miedo horrendo ante un posible juicio sumarísimo y el certero fusilamiento posterior se va trastocando en una angustiosa vergüenza de existir, de formar parte de una humanidad abyecta y vejada dentro de los muros de esa cárcel. Ya nada es lo que parece: se aparta la esperanza y la libertad, sólo se presenta la perspectiva angustiosa ante la llamada nominal de los que van a ser fusilados. Sin embargo, la necesidad de la supervivencia es superior al oscuro futuro que se vislumbra: se organiza un campeonato de ajedrez, así como unas clases de lectura y de escritura. La cultura vuelve a fortalecer el sentimiento de pertenencia en medio de la desgracia de la prisión y el contacto con la gente del pueblo parece que le ayuda a sobrellevar la cárcel y el presidio.

Llega el callejón sin salida para los habitantes de esa cárcel improvisada, aunque privan el compañerismo y la solidaridad, también acuden el desaliento, el oprobio y el abandono como pinceladas de un cuadro difuso e inacabado. Tras los turnos de las primeras sacas, sólo queda el silencio aterrador de la muerte. Frente a esta catarata de sangre y violencia, la racionalidad se debe imponer mediante la memoria y la necesidad de la resurrección de las víctimas ante el olvido cerril del verdugo. El mismo Alonso nos habla de la importancia de la dignidad en medio de la suciedad y el abandono, de la degradación del hombre y de la persona.


Habría así un testimonio de todo el terrible absurdo que era su prisión, o mejor la situación derivada de su encarcelamiento. Quería contarla sin rencor, pero sin disculpas. Desde su perspectiva personal, pero obligándose a objetividad. Pensaba encontrar, o al menos pretendía buscar, dos tonos. Uno, el más frecuente, de narración impersonal; el otro, dejándose ir más hacia dentro de sí mismo. “Si un poco de dignidad humana sobrevive a esta guerra, contar los crímenes será la única manera de condenar la violencia” (p. 175).

Es la única manera de vencer al olvido: Alonso, nuestro escritor, pasa muchas horas escribiendo en los cuadernos que los compañeros de la cárcel habían comprado para dar clases en la prisión y que ya nadie pensaba dar ni recibir. Es nuevamente la Literatura el mejor lenitivo contra la desidia de los libros de Historia. En una ciudad donde los odios están tomando carta triste de ciudadanía, la escritura debe suplir el tiempo que no alcanza a la memoria. Ésta debe incidir en la revisión, revivir de nuevo el drama, el pasado común y las confidencias de sus compañeros de presidio. Nada debe quedar perdido, porque se lo debemos a las víctimas de la barbarie -algo así, también entienden los filósofos Walter Benjamin y Reyes Mate-. En el fondo, el tiempo que transcurre entre las cuatro paredes del Seminario no se alía con la memoria, sino con la desazón de un momento que nunca va a ser narrado. Los habitantes de la memoria se aplican el imperativo categórico donde caben la honradez y la valentía de los hombres que no se conforman con la humillación en la medianoche de la Historia.

Mientras tanto, la ciudad, esa que resultaba tan entrañable apenas unas semanas, se va tornando testigo obligado de un circo romano, basado en los fusilamientos como espectáculo de una vorágine execrable del lobo que se expresa con saña ante la iniquidad de la represalia. Testimonio evidente es el hecho que relata Ildefonso-Manuel Gil en esta obra:

El cadáver del Director de la Normal estaba encima del montón, sangrando sobre los otros, aumentando el reguero que rebasaba ya la columna del becerrico, donde dos guardias estaban desatando al último preso, al que había visto morir a todos los demás, al que habían tenido tantas horas al sol y a las miradas, para que estuviera bien maduro a la hora de llevarlo a la muerte, cuadro final del cuidadosamente montado espectáculo (…) Los vivas seguían siendo estruendosos y la gente empezaba a poder moverse, aunque de nuevo hubieron de ponerse firmes, porque la banda de música tocaba una vez más el “Cara al sol”, que la muchedumbre coreaba a grito pelado (p. 33)

De nuevo, se presentan las sacas y los traslados injustificados, entre el cuartel de la guardia civil y la cárcel, como expresión de la tragedia, la ansiedad y el silencio ante los compañeros ausentes, de aquellos que suben la escalera del portón para nunca volver. Este pertinaz tránsito que siempre se recorre con el alba, con esas primeras luces del día, queda marcado para siempre en la memoria de los supervivientes. Entre tanto, la visión que tienen los encarcelados de esta ciudad les resulta extraña, pero que es la misma que ellos, unas semanas antes, habían transitado como si ahora tuvieran que actuar una burda interpretación de El proceso o Esperando a Godot. Una ilógica dualidad entre lo que se vive dentro y la realidad bárbara y violenta que se palpa en la ciudad, apenas a veinte minutos de los lugares de apresamiento. Para nuestros presidiarios, lo absurdo se vuelve cotidiano y las preguntas sobre lo que está pasando, fuera de esas paredes, se tornan obsesivas: ¿Acaso ésta es la misma ciudad que ha vivido en paz y concordia durante los últimos años? ¿Es posible que esta villa en el futuro pueda convivir con este desgajamiento moral tan profundo sin mayor problema? ¿Es lógico pensar que, a partir de esos sanguinarios días, la población que sobreviva tenga que revisar su pasado más nefasto? En esas noches insomnes, a nuestro protagonista Alonso le rondaba el siguiente pensamiento que desvelará, como un deseo inconfesable, los entresijos de un alma colectiva que se había embrutecido y que no respondía a la hospitalidad que otrora le había concedido. Por eso, era bueno pensar que: 

Eran gentes que habían vivido en paz, hombres y mujeres con hijos, con padres, con hermanos. Algunos de ellos habían tenido amistad con algunos de los presos, habían ido a los mismos lugares, compañeros de ocios y trabajos. ¿Cómo habían ido a parar a esos barrancos de odio y de barbarie? ¿Hasta dónde se podía llegar en la degradación moral de un pueblo? Le dolía pensar que cosas parecidas, no podía imaginarlas peores, estarían pasando en todo el país, a la derecha y la izquierda físicas y morales. Recordó las palabras de Barea y pensó que en verdad los muertos iban a ser los únicos inocentes (p. 197).

Si entendemos que la vida se iba desarrollando en el presidio de esta manera, igualmente la muerte se había convertido en compañero lúgubre de este postrer camino. La lista de los llamados a las sacas, como un viaje de ida y sin retorno posible, se iba rellenando en esos primeros momentos del día en los que, sin consciencia alguna, se despertaba con la compañía de la mugre y el abandono. Sus imágenes, lo que ellos recordaban que eran y las que ellos tenían, no dejaban de ser más que almas en pena. Aquellas que nos remiten a todos los supervivientes de los campos de la muerte, de todos aquellos que fueron masacraron como víctimas:

En el fondo del pozo no quedan más que unos hombres a los que se les han agotado las esencias vitales. No podría ni aun adivinarse qué piensan de su destino, ni siquiera si les queda una mínima capacidad de pensar en él. Es la muerte que avanza hacia ello, que pueden esperarla sentados, seguros de que no dejará de llegar. Sería hay imposible saber si era serenidad o inconsciencia o sólo un estupor de animalillo depredado, lo que sostiene sus piernas en el esfuerzo de subir la escalera la madrugada que su nombre ha sonado en la lista de los escogidos (p. 212).

Y, más allá, de estas fotografías y experiencias, se presenta la puerta, todavía cerrada, que se vuelve silencio como un león que está al acecho. Cuando se abre, se hace añicos el cristal del aire que envuelve a sus habitantes. Más violencia y odio. Se abren esas compuertas de todos los pantanos y las gargantas secas de todas las madres, de aquellas que nunca más volverán a ver a sus hijos: son dos llaves que giran en sus cerraduras, dos cerrojos que rechinan arrastrados en la madrugada como si fueran unas arenas movedizas en las que el cuerpo inmóvil, apenas despertado, se adentra. Esta sensación de absoluto desasosiego se repite sin descanso durante todos los amaneceres cuando los ojos aún no se han abierto del todo. Sin desearlo, pero consciente de ello, el autor reflexiona:

Una madrugada cualquiera estará mi nombre en la lista y es como si me estuviera viendo ya a mí mismo en el momento de incorporarme, escena involuntariamente ensayada por mí pocas madrugadas antes, pero esta vez sin mirar a nadie, sintiendo vértigo en el estómago, lija y espartos en la boca y en la garganta, un blanco cansancio en los brazos, una torpeza temblorosa en las manos poniéndome como en los pies de otro los calcetines rotos sudados en frío y en caliente (…) porque cualquiera, que es cada uno, era quien podía haber sido nombrado y no lo ha sido, mientras los otros, los que sí han sido ya nombrados están subiendo, llegan ya al rellano, acercándose a la puerta donde concluye el mundo conocido (pp. 238-239).


Seminario de Teruel. ímagen del Blog DelaparTeruel
Tristemente, es así, como se va construyendo el nuevo hombre que sobrevive a la barbarie de la Historia: el autor había creído que la grandeza del hombre no se deriva de la mera razón, sino de la memoria que es la madre de todas las creaciones humanas, pero también madre de la tristeza y la soledad. ¿Cabe el sentimiento del mito de Sísifo como respuesta ética a la perversidad? ¿Es posible llamarlo superviviente a un hombre con sentido, a pesar de tanta depravación? Desde la memoria, desde ese lugar privilegiado y necesario, renace un futuro antropológico que es fruto del recuerdo y de la justicia. Con ese atisbo de esperanza obligada, Alonso, es decir, Ildefonso-Manuel Gil proclama:

A los compañeros asesinados, cuyos rostros estaban enteramente fijos en su memoria y a los rostros indefinidos de los guardias y de los espectadores fue añadiendo personajes imaginados por él, mejor aún escogidos por él con una objetividad paralela a su evocación de los personajes reales: los dos abogados, los hablantes de los corrillos, una muchacha obligada a presencia los asesinatos, algunos tenderos.
Una de las veces que se volvió a contar la historia estructurada ya en una apariencia de ficción, se le ocurrió dar una parte importante al viejo bedel y se sintió feliz al comprobar que les había conferido actitudes, pensamientos y sentimientos que siendo inventados eran perfectamente creíbles en el conjunto de la historia (p. 260).

Es la ficción quien resucita a ese viejo bedel que se encuentra en la inmundicia y en la mugre de los márgenes del camino, porque se le ha puesto en el lugar que los verdugos han elegido para deshumanizarlo completamente. Por eso, al final de la novela, Ildefonso-Manuel Gil confiesa, como si fuera un proyecto ético, que se debe a la voluntad de la verdad, donde la narración del otro y la comunicación con él tienen que durar más que su propia vida física y conseguir que su mensaje sea oído y nunca olvidado. Finalmente, sólo se puede añadir el silencio venerado a una narración que nos repica un período negro de la historia contemporánea de una ciudad española, hoy olvidada de todos los gobiernos de la democracia, y de un escritor, cuyo exilio forzado, le sirvió para ir esculpiendo una personalidad integra y honrada que perdura en el espíritu de aquellos que le conocimos. Esta novela que podemos leer en la actualidad se fue forjando en la miseria de una cárcel improvisada y ampliada durante veinte años en los despachos de una facultad neoyorkina, de la cual fue profesor de Literatura española, esa misma que, hoy por hoy, le tiene arrinconado.

9 comentarios:

  1. Excepcional artículo, como siempre, de Aben.
    Por mi parte, una pequeña reflexión, ¿cómo la gente que convive tranquilamente con los semejantes, en un momento dado se transforma en un monstruo? ¿cómo tu compadre de ciudad pequeña, de provincias, se convierte en tu enemigo mortal? Creo que sobre eso tenemos que reflexionar todos. Es una vergüenza que los ideales políticos que, al fin y al cabo son ideas para hacer la vida más agradable a todo el mundo, se conviertan en excusas para sacar lo más miserable del ser humano. A ver si aprendemos alguna vez y no lo volvemos a repetir.

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    1. Eres demasiado generoso por tu crítica hacia mi artículo. Creo que que es más bien un homenaje a una persona coherente como mi tío Ildefonso.

      En cuanto a lo que afirmas, no puedo estar más de acuerdo con tu afirmación, ahora que, en Europa, empiezan a prodigar estos nacionalismos e ideologías excluyentes que son tan antihumanistas.

      Un abrazo,

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  2. Como siempre un gran artículo, para tratar un tema difícil de entender, al igual como ocurre con otros como el Holocausto. ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo puede ser que ocurra algo así entre personas que el día anterior estaban tomando café y jugando al dominó tan tranquilamente? ¿Puede volver a ocurrir? Gracias Aben por el artículo.

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    1. Gracias por este comentario elogios tan inmerecido, Sebastián.

      En la ciudad que retrata el autor, al ser pequeña, las inquinas y los odios también se concentran, y se acaban justificando de una manera pueril.

      Un abrazo,

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  3. Hola Abén. Soy Babel.
    Me gusta lo que da luz a la oscuridad y creo que este libro lo hace. Mi abuelo pasó una situación similar: estaba encarcelado y todos los días una lista decía si iba o no a seguir viviendo. Esto fue en Extremadura, y en tantos sitios... tu tío da luz y voz a todas las personas que vivieron esa angustia.
    Y tú lo explicas muy bien y, de paso, reivindicas una novela y un autor bastante desconocidos.
    Gracias. Un abrazo.

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    1. Gracias, Lola por tu alabanza hacia mi artículo. Pienso que se lo debía y, de paso, a tanto olvidado de nuestra historia reciente.

      Si te animas, ponte con su poesía.

      Un abrazo enorme,

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  4. ¡Ay Babel!!, Ildefonso Manuel Gil, podrá permanecer desconocido para el gran público, aquí en Aragón, es uno de nuestros grandes y es reconocido como tal. Su prestigio y su integridad esta ampliamente valorado, pero ¡¡hay que leer su obra !, ojalá este artículo de Aben nos sirva de estímulo.

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    1. Aunque valoro tu comentario, creo que sigue siendo un desconocido, incluso en Aragón. No obstante, se ha trabajado en la publicación de sus obras.

      Gracias,

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  5. Perdona, Julia.

    La respuesta anterior era mía.

    Un abrazo,

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